-Y que querés, si en diez años nunca tocaron el precio de las tarifas. Estaban atrasadísimas.
-¿Y?
-¡Como Y!
- Y si. ¿Cuál era el problemas en que "estuvieran atrasadas? ¿Acaso faltaba energía electrica, agua, gas? En energía eléctrica se incrementó en un 37% en los últimos 6 años la generación. O sea que las tarifas "atrasadas" no impidieron que se incrementara tanto la generación como la distribución.
-¡Pero estaban atrasadas! ¡Eso no puede ser!
-Estaban atrasadas porque el estado que tenía como prioridad la inclusión y el desarrollo, había decidido poner ese dinero para que tanto las industrias como las personas pudieran tener mas recursos en el bolsillo. Entonces las industrias podian producir de manera mas competitiva, y las personas consumir esos productos que se fabricaban en esas empresas.
-Claro... muy fácil...¿Y el défitit fiscal?
-Estaba dentro de los parámetros normales para un pais de las características de Argentina. El gobierno actual incrementó ferozmente el déficit fiscal eliminando las retenciones a los agroexportadores, a las mineras y los impuestos a los consumos suntuarios. Y las regulaciones a los ingresos abusivos de los bancos. Y permite la salida irrestricta de divisas. Entonces, no me jodas...le importa un pomo el déficit fiscal. El aumento criminal de las tarifas tiene dos motivos: transferir recursos hacia los empresarios del sector y quitarselos de los bolsillos de los asalariados. Y quitar competitividad a las PYMES para que se fundan y aumentar el desempleo.
-¿Y por qué haría eso un gobierno que quiere mejorar la vida de la gente y que dice que le interesa el desarrollo?
-Porque miente. Le miente al pueblo, pero le dijo la verdad a los que lo apoyaron cuando era candidato. Y prometieron libertad de mercado absoluta. Eso sí están cumpliendo. Pero el resultado inexorable de esas políticas, es que disminuye el consumo, van a despedir mas gente (si no no habría vetado una ley tan tenue que sólo limitaba los despidos por 6 meses), van a cerrar PYMES (o "reconvertirse" una jodita que significa que si antes laburaban 20 fabricando, quedarán 5 empaquetando los productos importados), se va a desfinanciar al estado, entrando en una espiral recesiva en la que sólo los sectores vinculados al agronegocio exportador y a la financierizacion de la economía, van a estar bien.
-Pero, se va a armar un gran quilombo si pasa lo que vos decis.
-Y si...pero parece que eso no les preocupa. Se llama "daños colaterales" O también "el precio inevitable de insertarnos al mundo"
martes, 12 de julio de 2016
sábado, 2 de julio de 2016
CUENTO: CONFIDENCIA.
Era lindo Los
Puestos. Así se llama donde yo nací. Es lindo. Claro que es puro campo y monte.
Ahora han sembrado mucha soja. Pero cuando yo era chica era todo monte.
Teníamos gallinas, cabritos y algunos chanchos. Éramos muchos de familia. Y
cerca vivían unos hermanos de mi papá que también tenían hijos. O sea que
éramos un montón. Para las fiestas nos juntábamos, venia gente de otros lados y
era chacarerear hasta el amanecer. Y al otro día, al río. A bañarse, a pescar
sábalos. Tengo lindos recuerdos de esa época. El problema era cuando el papá
venía enfermo. Chupado quiero decir. Nos sacaba a todos al campo para subirse a
la mamá. Y había veces que hacía frío, porque en Santiago a la noche hay veces
que hace frío. A las tres o cuatro de la mañana en invierno hace frío. Hasta
alguna vez llueve y todo. Afuera había que salir antes de que se enojara. O se
equivocara y se subiera encima de alguna de nosotras. Y entonces buscábamos en
la casa de alguno de los tíos un lugarcito. O de algún vecino. Nos
arreglábamos. Al otro día, como si nada. Se le pasaba y hasta se podría decir
que era bueno y todo. ¿Por qué nadie intervenía y le decía algo? No se le podía
decir nada. Por respeto viste?. Encima no se acordaba de nada al otro día. ¿Si
extraño mi casa? Y sí, era lindo el monte, nos bañábamos en el rio, salíamos
temprano a cazar vizcachas, antes de que amaneciera. Después la mamá hacia
escabeche. Era buena la mamá, muy trabajadora y sufrida. Claro que no siempre
teníamos todo lo que hace falta. Zapatillas no es tan importante porque uno
casi siempre anda en patas. Y la comida, entre lo que conseguíamos en el monte
y lo que el tio Juan pescaba en el bañado, no faltaba. Aparte para los
festejos, se mataba algún cabrito que el papa o tio Juan asaban. El problema
era ir a la escuela. Uno tiene que estar por lo menos limpito y calzado y
arreglado, no vaya a ser que crean que uno no la pasa bien en casa. Que uno es
pobre. Era linda la vida en esa época, éramos chicos y no nos dábamos cuenta de
muchas cosas. Nos parecía natural eso que el papá hacia. Por lo menos, no
pegaba, como otros. Al menos en esa época, no pegaba. Empezó a pegar tiempo
después, cuando parece que lo echaron de un campo en el que trabajaba desde
chango, como peón. Nunca supimos lo que pasó, porque no contaba, pero él cambió
mucho. Casi todos los días volvía enfermo y eran los gritos y el desparramo de
changuitos en la noche. Y entonces un día, me cansé y me fui. Ya era
grandecita, tenía dieciséis. Y el papa se equivocaba demasiado seguido. Me daba
lástima por la mamá y también vergüenza. Y vine a parar acá, una prima me contó
que acá se gana bastante plata. La señora es buena, nos cuida. Si alguien viene
borracho o es pendenciero, ella lo echa, no lo deja pasar con nosotras. Y con
la plata que gano, les mando para que estén mejor, especialmente para los
changuitos. Cada mes o mes y medio, los visito y les doy plata. Todo sigue mas
o menos igual con el papá. Entonces, me quedo unos días y me vuelvo para acá.
Claro que no saben en qué trabajo yo. Tampoco preguntan. Bueno, ya hable
demasiado hoy no?, ¿vas a pasar?
CUENTO: EL CUMPLE.
Ese
no era un día de laburo más.
¿Te
vas? Me habías dicho que iríamos a elegir las tarjetas…
Y
sí piba, te había dicho, pero tengo que laburar.
Pero
si hoy es sábado, vos no trabajas los sábados.
Justamente,
por eso, porque los sábados pagan más.
Pero
¿las tarjetas?
El
lunes piba, el lunes. Tengo que laburar
porque si no, tu cumple de 15 no va a estar a la altura, no va a brillar.
Quiero que brille… como vos piba.
El
piropo apaciguó un poco su ansiedad, aunque proviniendo de su padre, que
siempre encontraba alguna manera nueva de halagarla, no significaba demasiado.
Se despidieron apenas, como los que están acostumbrados a verse a menudo, en el
pasillo, mientras ella caminaba hacia el baño y él ganaba la puerta de calle.
El viaje a la fábrica era corto y la costumbre de los años transcurridos
haciéndolo, lo hacía más corto aún. Entró en la planta, caminó el largo pasillo
gris hasta la sala de máquinas. Allí lo estaba esperando su pupitre de trabajo,
donde escribía las órdenes para los trabajos de mantenimiento de la gente a su
cargo.
¡Se
paró la mezcladora, venga rápido!
“Rápido”
estaba de más. Todos sabían en la fábrica lo que significaba la mezcladora
parada. En diez minutos la pasta se solidificaba y todas las cañerías se
bloqueaban. Solucionar eso era una semana de laburo de mantenimiento con la
fábrica parada. Corrió hacia el sector de mezclado mientras le gritaba al
operario de sala de control: “cortá la energía que estoy yendo”…
La
pucha con esta basura de máquina, debe haberse cortado otra vez ese puto perno
del sin fin. Para qué pide uno que cambien el repuesto y compren un sinfín
nuevo de una buena vez. Siempre pijoteando, siempre tratando de que todo ande
atado con alambre, con tal de no invertir. Total los boludos de mantenimiento
le solucionamos todo. Menos mal que vine, pobre piba quería que la acompañe a
elegir las tarjetas…
Voy
a bajar, asegurate que el boludo ése no me mande la energía mientras destrabo
el sin fin.
………………………………………………………………………………………………. Por
qué será que a una le cuentan que hay que portarse bien, que hay que ser buena,
que de lo contrario Dios a una la castigaría. ¿Por què no nos dicen cómo se
hace para seguir después del castigo? Porque el castigo viene, y viene seguro.
Hay toda suerte de castigos esperando, acechando, en cualquier esquina de la
vida, hay castigos para elegir (pero nadie puede elegir): enfermedades,
traiciones, injusticias, muerte. Especialmente muerte. Mucha muerte, muerte
terrible, muerte insoportable. ¿Y quien se pone el sayo del castigo esta vez?
¿Quién cree merecer semejante castigo?
Complicados
los festejos de cumple para la piba. La palabra “festejo” resulta insultantemente
inapropiada, no sólo para ese “quince” con fiesta ausente. Todos los que
siguieron en adelante. Y mire que “adelante” es una palabra linda, una palabra
cargada de futuro, incluso a veces eventualmente preñada de optimismo. Pero al
alcance de ella sólo estuvo acceder al mero futuro, luchando ferozmente y con
muy escaso éxito por desterrar la culpa, la implacable y pegajosa culpa, ésa
que le repetía una y otra vez, que ella no tenía que haber cumplido quince, o
no pedir fiesta, ni tarjetas ni nada. Su viejo vivo, era el único regalo que la
vida le había hecho, que realmente valía la pena conservar, desde que llegó a
habitar este mundo. Este mundo ahora regido por quien sabe quien, porque de
Dios, ni hablar. Este mismo mundo mutilado para siempre, destrozado por ese
inexorable cráter por el que se había
escurrido, también para siempre, su adorado viejo.
Los
interminables días por venir, soportando apenas la mera vida, abriéndose un
tenue camino entre el dolor y la culpa, sólo pudieron ofrecerle como máximo
logro construido duramente, el dulce recuerdo y la melancolía. Ésa que fue,
también para siempre, el inexorable telón de fondo de su vida. Y a veces, sólo
algunas veces, una muy módica y pálida alegría.
CUENTO: EL VIEJO.
Miró
la espalda de su padre, de su tan odiado viejo, de ese que acababa de pegarle y
que se estaba yendo, de ése que ya merecía una feroz respuesta desde sus 17
incólumes años en contra de sus definitivos 73. Y percibió la curva que trazaba
la espalda de su padre, curva que sin duda había sido esculpida por los tan
dolorosamente mal vividos años, la curva de esa espalda cuando se alejaba hacia
el comedor dejándole a él en la cocina, enfurecido y todavía con la marca en la
cara de la cachetada recibida.
Y
entonces percibió su indefensión, la de su viejo, su profunda, su definitiva
indefensión, incluso intuyó su tristeza porque él sabía, aunque se negaba a si
mismo ese conocimiento, que su viejo también había sufrido en su propia carne
ese golpe. Por eso, porque se negaba a esa percepción, igual se precipitó
detrás de él, con el puño levantado, lo persiguió, lo alcanzó. Pero la curva
que dibujaba la espalda de su viejo insistió en su mensaje, (es difícil
resistirse al mensaje de desamparo total que emana de un hombre de espaldas,
encorvado y para peor, viejo) y se dio cuenta en ese momento, de que él no era
de los que le pegan a los que no se pueden defender, y entonces lo tomó del
brazo para darlo vuelta, ponerse de frente a él y ahí sí devolver golpe por
golpe, no sólo el último sino todos los de su vida con él. Pero ya era tarde
para su furia, porque también vio sus lágrimas, y se acordó además de que él no
era de los que le pegan al padre, y entonces sintió crecer dentro de él una
oleada de compasión que le abría el alma de par en par, y junto con el alma, el puño se abrió solo, y
los brazos también. Y lloraron los dos.
CUENTO: DON LUCHO.
Tenía
que ir. A pesar de que pocas veces había cambiado palabras con ellos, tenía que
estar allí. Todos los vecinos habían acudido al velorio de Don Lucho, incluso
los que vivían al otro lado de la avenida. Claro que muchos son de esos que no
se pierden un velorio nunca, vaya uno a saber por qué misteriosa razón. Incluso
parecería que andan preguntando por el barrio no vaya a ser que se lleve a cabo
algún evento funerario y ellos se queden afuera. ¿Será por la necesidad de
asumirse aún vivos, por festejar el hecho cierto de que aún no les tocó a
ellos? El no tenía respuesta para esas preguntas y ni siquiera le importaban
demasiado. Detestaba los velorios, le parecían ceremonias inútiles, simulacros
que brindaban la ilusión de seguir en presencia de alguien que sin duda alguna,
ya no estaba allí. Eran, en su opinión una ocasión para el negocio de algunos y
la hipocresía de otros. Pero, tenía que ir. Don Lucho vivía (había vivido) en
el departamento enfrente del suyo, al
otro lado de ese minúsculo pasillo de apenas cuatro metros que mitigaba sólo
algunas veces los gemidos de la Susy cuando se revolcaba con su novio. Y eso
que la Susy vivía más allá del depto de Don Lucho. Pero todos estaban demasiado
cerca en una construcción que disponía diez departamentos en planta baja (la
única), enfrentados cinco y cinco con ese pasillo en medio, que escasamente
dejaba lugares para alguna que otra plantita decorativa de acuerdo con el
particular gusto de cada vecino. Tenía que ir, se repetía una y otra vez
mientras caminaba tratando de dominar el fastidio que le significaba ese
encuentro no deseado, esa pérdida de tiempo, esa cara de circunstancias que,
sabía, no iba a poder evitar poner. Esas palabras también de circunstancias,
“lo lamento mucho”, “mi más sentido pésame”, “Tiene que ser fuerte Doña
Ernestina y mirar para adelante, piense que el ya no sufre más” y otras por el
estilo. Tenía que ir, tenía que estar allí porque ese pasillo era demasiado
estrecho, generaba un vínculo físico de cercanía que contagiaba
innecesariamente la falta de otras cercanías. No recordaba si alguna vez había
cambiado más que un buen día con don Lucho. Aparte eran dos viejos que rara vez
salían de su cubículo y no despertaban demasiadas ganas de que salieran más a
menudo. Vidas inútiles, una muerte inútil, una ceremonia inútil y él yendo para
allí. Pero no era sólo eso lo que lo incomodaba. Su relación con la muerte, su
personal relación con la muerte con la que se vinculaba tan a menudo y a la que
hasta ahora había esquivado, lo ponía en el detestable lugar de las comparaciones.
No podía dejar de pensar en la muerte de Gerardo tiroteándose con la Policía. O
en la del gordo apurándose para gritar Viva Perón antes de que la sangre le
ahogara ese último grito revolucionario. Esas eran muertes. Morir por algo. No
morir al pedo como Don Lucho. Una vida al pedo, una muerte al pedo. Entró al
departamento (en esa época los velorios se llevaban a cabo en la casa donde
había vivido el difunto) que estaba atestado, no porque fueran muchos los que
habían ido, sino porque el lugar era muy chico. Estaba por supuesto la Susy no
con esas minifaldas minúsculas que ella tan bien sabía llevar, sino con lo que
se dice “ropa de circunstancia”. Estaban también los cordobeses de al lado de
su casa y el matrimonio de recién casados del otro lado del pasillo. Estaban en
suma, todos. Y estaba también, Doña Ernestina frente al cajón con Don Lucho (o
lo que quedaba de él) adentro. Y claro, lloraba. Parece que eran sólo dos en el
mundo, al menos él no vio a nadie con
pinta de hijo o hija o hermana o hermano. Sólo ellos dos y los vecinos. Se
acercó a la mujer llorosa y también al cajón (cosa que detestaba aún más). Lo
siento mucho, doña Ernestina, mi más sentido pésame. Y la abrazó y besó. Y
entonces miró sus manos. Manos feas, llenas de arrugas y callosidades. Manos de
vieja y de vieja laburadora. Doña Ernestina las frotaba constantemente,
apretando un pañuelo que le ayudaba a mantener los ojos apenas limpios de esas
lágrimas que todo el tiempo se esforzaban por inundarle toda la cara. No sabe
cómo le gustaba a él la torta de manzanas que yo le hacía, cómo le gustaba. Y
él entonces volvió a mirar las manos de ella. Y se dio cuenta entonces qué
solas habían quedado también esas manos. Porque pudo imaginarlas haciendo esa
torta de manzanas, preparando la masa, cortando las manzanas en rodajas finas,
poniendo todo en el horno y esperando, esperando el resultado final, ese que
desembocaba en la escena que le daba un inesperado (para él) sentido a esas
vidas. Está muy rica la torta, como siempre, muy rica.
CUENTO: LA ULTIMA VEZ.
El
recuerdo de las últimas veces suele ser denso. El último reportaje, la última
vez que nos vimos, el último aniversario, las últimas palabras, el último beso;
el último suspiro, qué duda cabe. El no había estado en ese momento definitivo,
pero sí la víspera. Ésa fue su última vez con el viejo. Vivo claro, que es la
manera de estar con alguien, porque muerto, mucho no cuenta. Al menos no como
“vez”. Claro que ellos (es decir él y su padre) no sabían que ésa era la
última. Y por eso no hubo demasiadas urgencias. Si uno supiera que ya no va a
tener más oportunidades de hablar con alguien, porque ese alguien morirá al día
siguiente, uno tal vez se esforzaría mas, especialmente si ese alguien es el padre de uno, buscaría
con mayor esmero las palabras, dosificaría las pausas, modularía quizás la voz
impregnándola de todas las ternuras disponibles, escatimaría los silencios. O
no diría nada, el conocimiento certero de lo inevitable, tal vez lo paralice a
uno, le robe todas las palabras antes de ser pronunciadas. Y entonces
procuraría escuchar, escuchar mucho. Esa vida a punto de apagarse fue presencia
durante muchos tiempos, fue demasiadas veces, la presencia. Pronunciar las
últimas palabras, no dejar nada en el
tintero, como solía decirse en las épocas de la necesidad de usar tinteros, que
era justamente la época en que el y su viejo empezaron a conocerse, tiene lo
imperioso del momento definitivo, del momento inexorable. Lo que no se diga
ahí, no se dirá nunca más. Y uno seguirá
para siempre con eso: ¿expresó lo que sentía, dijo lo que quería decir? Ellos
no hablaron demasiado esa vez (la última). Tampoco habían hablado tanto otras
veces. Con el padre de uno son muchas mas las palabras nunca pronunciadas que
las otras. Pero las palabras no son lo único importante, en realidad sólo
sirven como modo de transmisión de mensajes,
y son sólo uno entre los posibles. Uno se despide en una estación de
tren. Tal vez sabe o tal vez intuye, que esa despedida es definitiva. Puede
decir muchas cosas, pero también puede acariciar, besar, abrazar
interminablemente; o meramente mirar, mirar mucho. Pero lo que uno deja es el
recuerdo de un sentimiento, del último, del definitivo. Y lo que uno se lleva
de vuelta, también es algo parecido. La
última vez con el padre de uno tiene la enorme carga de poder decir quizás, lo
que nunca se dijo. Uno se lo dice a ese hombre, quizás ya demasiado viejo para
soportar ensañamientos, pero uno debe hacerlo, uno tiene que poder poner en
claro las cosas, tiene que dejar establecido como fueron en realidad las cosas.
Decirle por ejemplo que uno recuerda todavía el primer barrilete (azul era) que
su padre le había construido para volarlo juntos. A sus cuatro años ese asombro
inicial no dejó huellas. No podía recordarlo volando. En su memoria sólo quedó
la imagen de su padre enfurecido rompiéndolo y tirándolo a la basura. Había
cumplido su amenaza ante su negativa de tomar, no recuerda que espantoso
remedio. Y los padres de entonces solían cumplir sus amenazas. Así se educaba
en esos tiempos, había permiso para ejercer la fuerza, o mejor dicho existía la
obligación de ejercer el poder sin demasiados límites. El que mandaba, obedecía
a su vez los viejos mandatos. Pero ahora
era el momento de reclamar, la última oportunidad, decir por ejemplo, sigo
llorando por el barrilete roto, yo tenía sólo cuatro años. Claro que no era
justo recordar sólo eso, sin duda ese barrilete había volado, su imagen
recortada en el cielo debía estar en algún lugar de la memoria, su cola
meneándose al viento. Y él con su viejo de entonces, contemplando eso. Y antes,
ese pibe de cuatro años había estado mirándolo mientras lijaba las cañas, que
antes habían cortado en el cañaveral cercano a la casa, mirándolo también como
las ataba cuidadosamente, bien parejas, igualando los ángulos. Y el papel, elegir los colores, cortarlo
después de medir bien, forrar un barrilete no era fácil, había que pegar con
engrudo los bordes, después mojar el papel para que al secarse quedara tenso.
Todo eso había sucedido, sin duda. Recordarlo roto en la basura, era censurar
el otro recuerdo, el que revivía todos los momentos previos en que habían
volado juntos por el cielo azul de su memoria.
No
le dijo nada. Claro, no sabía que ya no tendría otra oportunidad de hacerlo.
Pero ¿se lo habría dicho? ¿Habría repasado todas las veces en que sufrió el
exceso de poder de ese hombre, ahora próximo a su fin (y ya vencido por la enfermedad y los años)?
Entendió entonces que hay verdades que no deben ser nunca pronunciadas. Porque
siempre existe el riego de que censuren otras desconocidas, debido a que nadie
puede volver a traerlas a la memoria. Y no vale la pena. Su padre se fue de
este mundo con la convicción de que él lo amaba a pesar de todos los barriletes
rotos. Y él se volvió a su casa sabiendo que era portador del orgullo de su
viejo, porque se lo había ido ganando, de a poco, con su vida. Y no hicieron
falta palabras para decir eso.
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