sábado, 2 de julio de 2016

CUENTO: LA ULTIMA VEZ.



El recuerdo de las últimas veces suele ser denso. El último reportaje, la última vez que nos vimos, el último aniversario, las últimas palabras, el último beso; el último suspiro, qué duda cabe. El no había estado en ese momento definitivo, pero sí la víspera. Ésa fue su última vez con el viejo. Vivo claro, que es la manera de estar con alguien, porque muerto, mucho no cuenta. Al menos no como “vez”. Claro que ellos (es decir él y su padre) no sabían que ésa era la última. Y por eso no hubo demasiadas urgencias. Si uno supiera que ya no va a tener más oportunidades de hablar con alguien, porque ese alguien morirá al día siguiente, uno tal vez se esforzaría mas, especialmente  si ese alguien es el padre de uno, buscaría con mayor esmero las palabras, dosificaría las pausas, modularía quizás la voz impregnándola de todas las ternuras disponibles, escatimaría los silencios. O no diría nada, el conocimiento certero de lo inevitable, tal vez lo paralice a uno, le robe todas las palabras antes de ser pronunciadas. Y entonces procuraría escuchar, escuchar mucho. Esa vida a punto de apagarse fue presencia durante muchos tiempos, fue demasiadas veces, la presencia. Pronunciar  las últimas palabras, no dejar nada en el tintero, como solía decirse en las épocas de la necesidad de usar tinteros, que era justamente la época en que el y su viejo empezaron a conocerse, tiene lo imperioso del momento definitivo, del momento inexorable. Lo que no se diga ahí, no se dirá nunca más.  Y uno seguirá para siempre con eso: ¿expresó lo que sentía, dijo lo que quería decir? Ellos no hablaron demasiado esa vez (la última). Tampoco habían hablado tanto otras veces. Con el padre de uno son muchas mas las palabras nunca pronunciadas que las otras. Pero las palabras no son lo único importante, en realidad sólo sirven como modo de transmisión de mensajes,  y son sólo uno entre los posibles. Uno se despide en una estación de tren. Tal vez sabe o tal vez intuye, que esa despedida es definitiva. Puede decir muchas cosas, pero también puede acariciar, besar, abrazar interminablemente; o meramente mirar, mirar mucho. Pero lo que uno deja es el recuerdo de un sentimiento, del último, del definitivo. Y lo que uno se lleva de vuelta, también es algo parecido.  La última vez con el padre de uno tiene la enorme carga de poder decir quizás, lo que nunca se dijo. Uno se lo dice a ese hombre, quizás ya demasiado viejo para soportar ensañamientos, pero uno debe hacerlo, uno tiene que poder poner en claro las cosas, tiene que dejar establecido como fueron en realidad las cosas. Decirle por ejemplo que uno recuerda todavía el primer barrilete (azul era) que su padre le había construido para volarlo juntos. A sus cuatro años ese asombro inicial no dejó huellas. No podía recordarlo volando. En su memoria sólo quedó la imagen de su padre enfurecido rompiéndolo y tirándolo a la basura. Había cumplido su amenaza ante su negativa de tomar, no recuerda que espantoso remedio. Y los padres de entonces solían cumplir sus amenazas. Así se educaba en esos tiempos, había permiso para ejercer la fuerza, o mejor dicho existía la obligación de ejercer el poder sin demasiados límites. El que mandaba, obedecía a su vez los viejos mandatos.  Pero ahora era el momento de reclamar, la última oportunidad, decir por ejemplo, sigo llorando por el barrilete roto, yo tenía sólo cuatro años. Claro que no era justo recordar sólo eso, sin duda ese barrilete había volado, su imagen recortada en el cielo debía estar en algún lugar de la memoria, su cola meneándose al viento. Y él con su viejo de entonces, contemplando eso. Y antes, ese pibe de cuatro años había estado mirándolo mientras lijaba las cañas, que antes habían cortado en el cañaveral cercano a la casa, mirándolo también como las ataba cuidadosamente, bien parejas, igualando los ángulos.  Y el papel, elegir los colores, cortarlo después de medir bien, forrar un barrilete no era fácil, había que pegar con engrudo los bordes, después mojar el papel para que al secarse quedara tenso. Todo eso había sucedido, sin duda. Recordarlo roto en la basura, era censurar el otro recuerdo, el que revivía todos los momentos previos en que habían volado juntos por el cielo azul de su memoria.
No le dijo nada. Claro, no sabía que ya no tendría otra oportunidad de hacerlo. Pero ¿se lo habría dicho? ¿Habría repasado todas las veces en que sufrió el exceso de poder de ese hombre, ahora próximo a su fin (y ya  vencido por la enfermedad y los años)? Entendió entonces que hay verdades que no deben ser nunca pronunciadas. Porque siempre existe el riego de que censuren otras desconocidas, debido a que nadie puede volver a traerlas a la memoria. Y no vale la pena. Su padre se fue de este mundo con la convicción de que él lo amaba a pesar de todos los barriletes rotos. Y él se volvió a su casa sabiendo que era portador del orgullo de su viejo, porque se lo había ido ganando, de a poco, con su vida. Y no hicieron falta palabras para decir eso.

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