El
recuerdo de las últimas veces suele ser denso. El último reportaje, la última
vez que nos vimos, el último aniversario, las últimas palabras, el último beso;
el último suspiro, qué duda cabe. El no había estado en ese momento definitivo,
pero sí la víspera. Ésa fue su última vez con el viejo. Vivo claro, que es la
manera de estar con alguien, porque muerto, mucho no cuenta. Al menos no como
“vez”. Claro que ellos (es decir él y su padre) no sabían que ésa era la
última. Y por eso no hubo demasiadas urgencias. Si uno supiera que ya no va a
tener más oportunidades de hablar con alguien, porque ese alguien morirá al día
siguiente, uno tal vez se esforzaría mas, especialmente si ese alguien es el padre de uno, buscaría
con mayor esmero las palabras, dosificaría las pausas, modularía quizás la voz
impregnándola de todas las ternuras disponibles, escatimaría los silencios. O
no diría nada, el conocimiento certero de lo inevitable, tal vez lo paralice a
uno, le robe todas las palabras antes de ser pronunciadas. Y entonces
procuraría escuchar, escuchar mucho. Esa vida a punto de apagarse fue presencia
durante muchos tiempos, fue demasiadas veces, la presencia. Pronunciar las
últimas palabras, no dejar nada en el
tintero, como solía decirse en las épocas de la necesidad de usar tinteros, que
era justamente la época en que el y su viejo empezaron a conocerse, tiene lo
imperioso del momento definitivo, del momento inexorable. Lo que no se diga
ahí, no se dirá nunca más. Y uno seguirá
para siempre con eso: ¿expresó lo que sentía, dijo lo que quería decir? Ellos
no hablaron demasiado esa vez (la última). Tampoco habían hablado tanto otras
veces. Con el padre de uno son muchas mas las palabras nunca pronunciadas que
las otras. Pero las palabras no son lo único importante, en realidad sólo
sirven como modo de transmisión de mensajes,
y son sólo uno entre los posibles. Uno se despide en una estación de
tren. Tal vez sabe o tal vez intuye, que esa despedida es definitiva. Puede
decir muchas cosas, pero también puede acariciar, besar, abrazar
interminablemente; o meramente mirar, mirar mucho. Pero lo que uno deja es el
recuerdo de un sentimiento, del último, del definitivo. Y lo que uno se lleva
de vuelta, también es algo parecido. La
última vez con el padre de uno tiene la enorme carga de poder decir quizás, lo
que nunca se dijo. Uno se lo dice a ese hombre, quizás ya demasiado viejo para
soportar ensañamientos, pero uno debe hacerlo, uno tiene que poder poner en
claro las cosas, tiene que dejar establecido como fueron en realidad las cosas.
Decirle por ejemplo que uno recuerda todavía el primer barrilete (azul era) que
su padre le había construido para volarlo juntos. A sus cuatro años ese asombro
inicial no dejó huellas. No podía recordarlo volando. En su memoria sólo quedó
la imagen de su padre enfurecido rompiéndolo y tirándolo a la basura. Había
cumplido su amenaza ante su negativa de tomar, no recuerda que espantoso
remedio. Y los padres de entonces solían cumplir sus amenazas. Así se educaba
en esos tiempos, había permiso para ejercer la fuerza, o mejor dicho existía la
obligación de ejercer el poder sin demasiados límites. El que mandaba, obedecía
a su vez los viejos mandatos. Pero ahora
era el momento de reclamar, la última oportunidad, decir por ejemplo, sigo
llorando por el barrilete roto, yo tenía sólo cuatro años. Claro que no era
justo recordar sólo eso, sin duda ese barrilete había volado, su imagen
recortada en el cielo debía estar en algún lugar de la memoria, su cola
meneándose al viento. Y él con su viejo de entonces, contemplando eso. Y antes,
ese pibe de cuatro años había estado mirándolo mientras lijaba las cañas, que
antes habían cortado en el cañaveral cercano a la casa, mirándolo también como
las ataba cuidadosamente, bien parejas, igualando los ángulos. Y el papel, elegir los colores, cortarlo
después de medir bien, forrar un barrilete no era fácil, había que pegar con
engrudo los bordes, después mojar el papel para que al secarse quedara tenso.
Todo eso había sucedido, sin duda. Recordarlo roto en la basura, era censurar
el otro recuerdo, el que revivía todos los momentos previos en que habían
volado juntos por el cielo azul de su memoria.
No
le dijo nada. Claro, no sabía que ya no tendría otra oportunidad de hacerlo.
Pero ¿se lo habría dicho? ¿Habría repasado todas las veces en que sufrió el
exceso de poder de ese hombre, ahora próximo a su fin (y ya vencido por la enfermedad y los años)?
Entendió entonces que hay verdades que no deben ser nunca pronunciadas. Porque
siempre existe el riego de que censuren otras desconocidas, debido a que nadie
puede volver a traerlas a la memoria. Y no vale la pena. Su padre se fue de
este mundo con la convicción de que él lo amaba a pesar de todos los barriletes
rotos. Y él se volvió a su casa sabiendo que era portador del orgullo de su
viejo, porque se lo había ido ganando, de a poco, con su vida. Y no hicieron
falta palabras para decir eso.
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