domingo, 30 de agosto de 2015

PENSANDO LA POLITICA 2015 III. Que pasa cuando la ideología imperante desresponsabiliza.

Cuando se naturaliza un sistema que excluye amparándose en justificaciones del tipo, “es el orden natural de las cosas” o “la ciencia económica  tiene leyes que no pueden ser violadas”, lo que se consigue es diluir la responsabilidad de los actores económicos que se benefician con la injusticia. Y esto funciona a dos puntas: los que se benefician de los procesos, duermen tranquilos en la abundancia de que disfrutan, y los que los padecen, adormecen sus ganas de luchar contra la injusticia. Uno no lucha contra la lluvia, no la considera injusta, simplemente trata de mojarse lo menos posible. Recuerdo en los años felizmente derrumbados de un pasado tenebroso que confiamos en que no vuelva jamás, escuchar a Martinez de Hoz explicando las razones “científicas” por las que era necesario congelar los salarios porque de esa manera se fortalecía la economía (el tristemente famoso slogan, “achicar el estado es agrandar la Nación”). Y yo, que en esas épocas sólo cultivaba ideas vinculadas con el materialismo histórico/dialéctico, me decía: claro, dentro de la economía capitalista no hay ninguna opción, siquiera ínfima para el bienestar del pueblo. Y además, esa opción ni merecía ser buscada, porque de lo que se trataba era de fomentar la indignación para motivar las ganas de participar en la lucha en contra del sistema. Ni se me hubiera ocurrido leer a Keynes, porque seguía siendo, para mi, uno de los teóricos del sistema que trataban de “humanizar” algo por definición, inhumano: el capitalismo. Entonces, todos los esfuerzos que se hicieran en ese sentido, tendrían como resultado retrasar la revolución socialista, que era la única manera de instaurar un sistema realmente humano, en transición hacia la sociedad comunista del “a cada uno según sus necesidades y de cada uno de acuerdo con sus posibilidades”.
        Pero, estamos en 2015. Los sueños de Marx (y los nuestros) quedaron sepultados entre los escombros del muro de Berlín. Y los obscenos ganadores de la disputa nos dijeron que habíamos llegado al “fin de la historia”.   Debíamos quedarnos tranquilos y guardar todos los libros de Marx, Engels y Lenín en el viejo arcón de los trastos inservibles, o sólo útiles para derramar alguna lágrima cargada de la misma nostalgia que puede experimentarse cuando uno se entera de que los Reyes Magos son los padres. La “ciencia” económica había triunfado. Los poderosos tenían derecho a ser poderosos, se lo habían ganado en buena ley, porque estaban avalados por leyes naturales. Y los desposeídos debían aceptar su destino porque eran los que habían llegado al mundo en el momento equivocado y en el lugar también equivocado. Una lástima y estaba bien compadecerlos, pero a nadie podía ocurrírsele que era el sistema el que tenía la culpa de diseñar un mundo con ganadores y perdedores, y que ese sistema podía mejorarse, aun dentro de los estrechos márgenes del sistema capitalista de producción.
        Pero, resulta que se agrandaron. Como ya no había nadie enfrente, nadie que disputara hegemonía, dieron rienda suelta a su codicia y se dedicaron a ordenar el mundo en función de sus apetencias. Todo se desreguló, se redujeron los impuestos a los ricos al compás de la banda Reagan-Tatcher, y con el filósofo Fukuyama (El fin de la Historia se llamó el engendro literario que perpretó) como numen inspirador, llegamos a las feroces crisis de inviabilidad del sistema y con las interminables burbujas que son el resultado inevitable del reinado del capital financiero. Nos habían dicho que la “mano invisible del mercado” solucionaba todos los problemas de las sociedades. Pero lo que no sabíamos era que esa mano, es la de los poderosos, y es invisible porque son ellos los que lo manejan y la esconden para que no sepamos eso, que son ellos los que lo manejan. También nos vendieron el verso de la teoría del derrame, que postula que destinar todos los recursos de un país a fomentar la oferta incrementa los recursos de la porción mas solvente de la sociedad que, cuando llega a la abundancia, cuando sobran recursos, derrama hacia abajo y genera riqueza para todos y todas. Claro que ahora sabemos que nunca “sobra” para ellos. Porque la codicia es eso, nunca tiene bastante.   
        La mala noticia para ellos es que nos dimos cuenta. Y eso pasó porque su codicia infinita está llevando al mundo a un lugar imposible, donde la rentabilidad máxima reina como paradigma indiscutido. El resultado es que aumenta exponencialmente la riqueza de los ricos y la pobreza de los pobres. Y estos últimos cada vez son más. Sucede que fomentar políticas de inclusión no es “negocio”. Si el paradigma dominante ordena buscar siempre el lucro máximo, los excluídos no figuran entre las opciones. Si cada vez son mas y viven peor, es un efecto no buscado (dicen), un “daño colateral”, expresión tan usada por los yanquis que se lo han pasado dañando directa o colateralmente a millones de seres humanos a lo largo y ancho de todo el planeta.
        Entonces, si el mercado cuyas leyes no permiten que los de abajo mejoren su situación, no se va a ocupar, ¿Quién lo hará? Solamente puede cumplir esa tarea el estado cuya misión debe ser ocuparse de todos los habitantes de un país, particularmente si se trata de un estado democrático, que por definición es: “gobierno del pueblo y para el pueblo”. Y debe cumplirla no sólo por razones humanitarias, sino porque si no lo hace, no lo van a votar.
        Entonces, llegamos a la conclusión inevitable de cualquier análisis minimamente objetivo de la realidad político económica de las sociedades: democracia y neoliberalismo, son sistemas antagónicos y excluyentes.
                Entender esto es básico para que el ciudadano a la hora de votar, reflexione quienes son los “economistas” que están detrás de los candidatos que se ofrecen para resolver los problemas que supuestamente padecemos. Y digo “supuestamente” porque cuando dicen que hay que resolver el “problema” del atraso cambiario o del déficit fiscal o varios otros que figuran en los diagnósticos que esos gurúes del neoliberalismo hacen, están hablando de los problemas que tienen ellos, no nosotros. Cuando Broda dice “la macro siempre se toma revancha” es su expresión de deseos lo que está mostrando. No se va a tomar ninguna revancha “la macro” porque el país va seguir siendo gobernado por el mismo equipo que tanto éxito (reconocido por el mismo Broda en el mismo párrafo en su alocución semanas atrás en un foro empresarial, junto al inefable Melconian y al delirante Espert) logró en los últimos doce años. Y los problemas que sí tenemos todavía nosotros, los de abajo, que no son los que dicen tener ellos, sólo se van a encararse adecuadamente en el marco de las líneas económicas de la heterodoxia, no de la economía neoclásica o neoliberal. Por eso, a la hora de votar, mirar los que aparecen atrás. Y recordar dónde estuvieron y haciendo qué cosas en los feroces años en que sufrimos el neoliberalismo: los noventa y la crisis final del 2001.

       

domingo, 2 de agosto de 2015

CUENTOS: LA COLO

 No, a la Colo nunca le gustó coger. Decía que le dolía que le daba vergüenza que apagara la luz. Y yo trataba de adaptarme. Era chica cuando nos casamos. Y si, era virgen claro. Entonces fijate, era natural que yo buscara por otro lado, porque yo, sin coger, ni en pedo. La paja nunca fue lo mío. Lo que pasaba era que la familia de la Colo era muy tradicionalista, muy religiosos eran. Al  matrimonio había que llegar virgen. Y la Colo cumplió. No creo que le costara mucho porque, como te digo, nunca vi una mina que le gustara menos coger que a la Colo. Era buena mina la Colo. Salvo ese detalle, era buena mina. Trabajadora, buena compañera, no rompía las bolas. Incluso cuando se enteraba de algún asunto mío, no jodia. Era tan laburadora que, fijate siempre me acuerdo la vez que le regalaron esos plantines de lapacho. Eran como diez y no vas a creer, la Colo se arremangó y los plantó ella misma. Y mirá que había peones en la finca. Pero no, ella se empecinó en plantarlos personalmente. Decía que a los regalos hay que valorarlos y eso la obligaba a ella a hacer el trabajo.  Hizo los diez pozos, colocó adentro los plantines, regó la tierra y todo sola. Claro que después los lapachos no florecían pero la Colo decía que ella no tenía la culpa. Que ella había hecho bien su trabajo, que debía ser culpa de la tierra, o que quizás había que esperar otro año… La cuestión es que pasaron los años y los lapachos de la Colo eran los únicos que no florecían en todo el campo. Y todos dejamos de darle bola al tema. Llegamos a pensar que serían de alguna variedad que no es de florecer. Ahora ya no vivimos juntos. A mí me ponía muy incomodo que la Colo se enterara de mis asuntos. Por una cuestión de respeto no? Entonces me mudé para el otro pueblo y de paso podía atender mejor la sucursal del negocio que habíamos abierto allí. Y había tantas pendejas en ese pueblo que era cosa de todos los días, con una distinta. Yo no sé si la Colo se enteraba o no. Pero debía suponerlo, porque ella sabe que yo sin coger ni ahí, aunque nunca me dijo nada. Laburaba y laburaba todo el día atendiendo el negocio. Las chicas le ayudaban, es cierto. Habían salido laburadoras, como la madre. Y yo viviendo en otro lado estaba tranquilo porque nadie iba a irle con el cuento. Si yo pensaba en la Colo? Y si a veces pensaba. Pobre Colo durmiendo sola. Pero que podía hacer. Hay personas que nacen para una cosa y otras para otra cosa. La Colo, para laburar sí. Para coger no. Al menos eso pensé durante todos esos años. Encima ya la Colo no era la linda mina que supo ser de joven con ese pelo tan rubio, casi rojo, aunque seguía teniendo lo suyo. Y eso debe ser lo que despertó las ganas de este hijo de puta que empezó primero a charlarla, a regalarle cosas y finalmente se la termino cogiendo ¡a la Colo! ¿Te das cuenta? Decime por favor como mierda hizo si a la Colo nunca le gustó coger, que ¿acaso la violó? Y encima ella después me cuenta que esta vez si le gustó y por eso no fue solo una vez sino muchas y que nunca antes nadie la había tratado de esa manera y nunca nadie tampoco la había escuchado como este tipo la escuchó. Ahora resulta que la Colo necesitaba que alguien la escuchara ¿te das cuenta?. Se encontraban en el bar de la plaza y charlaban y charlaban y el tipo se ve que la escuchaba mucho. Claro, se la terminó cogiendo. Parece que si uno se toma el trabajo de escuchar mucho a una mina uno se la termina cogiendo. ¿Será así? Y ahora lo ando buscando al hijo de puta ese. Porque no sólo se la cogió, no solo no le importó hacerme quedar como un pobre cornudo frente a todo el pueblo. Sino que, ¿sabés de lo que me vengo a enterar? Este año, justo este año, y después de veinte años, fue la primera vez que florecieron los lapachos.