Cuando se naturaliza un sistema que
excluye amparándose en justificaciones del tipo, “es el orden natural de las
cosas” o “la ciencia económica tiene
leyes que no pueden ser violadas”, lo que se consigue es diluir la
responsabilidad de los actores económicos que se benefician con la injusticia.
Y esto funciona a dos puntas: los que se benefician de los procesos, duermen
tranquilos en la abundancia de que disfrutan, y los que los padecen, adormecen
sus ganas de luchar contra la injusticia. Uno no lucha contra la lluvia, no la
considera injusta, simplemente trata de mojarse lo menos posible. Recuerdo en
los años felizmente derrumbados de un pasado tenebroso que confiamos en que no
vuelva jamás, escuchar a Martinez de Hoz explicando las razones “científicas”
por las que era necesario congelar los salarios porque de esa manera se
fortalecía la economía (el tristemente famoso slogan, “achicar el estado es
agrandar la Nación”). Y yo, que en esas épocas sólo cultivaba ideas vinculadas
con el materialismo histórico/dialéctico, me decía: claro, dentro de la
economía capitalista no hay ninguna opción, siquiera ínfima para el bienestar
del pueblo. Y además, esa opción ni merecía ser buscada, porque de lo que se
trataba era de fomentar la indignación para motivar las ganas de participar en
la lucha en contra del sistema. Ni se me hubiera ocurrido leer a Keynes, porque
seguía siendo, para mi, uno de los teóricos del sistema que trataban de
“humanizar” algo por definición, inhumano: el capitalismo. Entonces, todos los
esfuerzos que se hicieran en ese sentido, tendrían como resultado retrasar la
revolución socialista, que era la única manera de instaurar un sistema
realmente humano, en transición hacia la sociedad comunista del “a cada uno
según sus necesidades y de cada uno de acuerdo con sus posibilidades”.
Pero,
estamos en 2015. Los sueños de Marx (y los nuestros) quedaron sepultados entre
los escombros del muro de Berlín. Y los obscenos ganadores de la disputa nos
dijeron que habíamos llegado al “fin de la historia”. Debíamos quedarnos tranquilos y guardar todos
los libros de Marx, Engels y Lenín en el viejo arcón de los trastos
inservibles, o sólo útiles para derramar alguna lágrima cargada de la misma
nostalgia que puede experimentarse cuando uno se entera de que los Reyes Magos
son los padres. La “ciencia” económica había triunfado. Los poderosos tenían
derecho a ser poderosos, se lo habían ganado en buena ley, porque estaban
avalados por leyes naturales. Y los desposeídos debían aceptar su destino
porque eran los que habían llegado al mundo en el momento equivocado y en el
lugar también equivocado. Una lástima y estaba bien compadecerlos, pero a nadie
podía ocurrírsele que era el sistema el
que tenía la culpa de diseñar un mundo con ganadores y perdedores, y que ese
sistema podía mejorarse, aun dentro de los estrechos márgenes del sistema
capitalista de producción.
Pero,
resulta que se agrandaron. Como ya no había nadie enfrente, nadie que disputara
hegemonía, dieron rienda suelta a su codicia y se dedicaron a ordenar el mundo
en función de sus apetencias. Todo se desreguló, se redujeron los impuestos a
los ricos al compás de la banda Reagan-Tatcher, y con el filósofo Fukuyama (El fin de la Historia se llamó el engendro
literario que perpretó) como numen inspirador, llegamos a las feroces crisis de
inviabilidad del sistema y con las interminables burbujas que son el resultado
inevitable del reinado del capital financiero. Nos habían dicho que la “mano
invisible del mercado” solucionaba todos los problemas de las sociedades. Pero
lo que no sabíamos era que esa mano, es la de los poderosos, y es invisible
porque son ellos los que lo manejan y la esconden para que no sepamos eso, que
son ellos los que lo manejan. También nos vendieron el verso de la teoría del
derrame, que postula que destinar todos los recursos de un país a fomentar la
oferta incrementa los recursos de la porción mas solvente de la sociedad que, cuando
llega a la abundancia, cuando sobran recursos, derrama hacia abajo y genera
riqueza para todos y todas. Claro que ahora sabemos que nunca “sobra” para
ellos. Porque la codicia es eso, nunca tiene bastante.
La
mala noticia para ellos es que nos dimos cuenta. Y eso pasó porque su codicia
infinita está llevando al mundo a un lugar imposible, donde la rentabilidad
máxima reina como paradigma indiscutido. El resultado es que aumenta
exponencialmente la riqueza de los ricos y la pobreza de los pobres. Y estos
últimos cada vez son más. Sucede que fomentar políticas de inclusión no es
“negocio”. Si el paradigma dominante ordena buscar siempre el lucro máximo, los
excluídos no figuran entre las opciones. Si cada vez son mas y viven peor, es
un efecto no buscado (dicen), un “daño colateral”, expresión tan usada por los
yanquis que se lo han pasado dañando directa o colateralmente a millones de
seres humanos a lo largo y ancho de todo el planeta.
Entonces,
si el mercado cuyas leyes no permiten que los de abajo mejoren su situación, no
se va a ocupar, ¿Quién lo hará? Solamente puede cumplir esa tarea el estado
cuya misión debe ser ocuparse de todos los habitantes de un país,
particularmente si se trata de un estado democrático, que por definición es:
“gobierno del pueblo y para el pueblo”. Y debe cumplirla no sólo por razones humanitarias, sino porque si no lo hace,
no lo van a votar.
Entonces,
llegamos a la conclusión inevitable de cualquier análisis minimamente objetivo
de la realidad político económica de las sociedades: democracia y neoliberalismo, son sistemas antagónicos y excluyentes.
Entender esto es básico para que el
ciudadano a la hora de votar, reflexione quienes son los “economistas” que están
detrás de los candidatos que se ofrecen para resolver los problemas que
supuestamente padecemos. Y digo “supuestamente” porque cuando dicen que hay que
resolver el “problema” del atraso cambiario o del déficit fiscal o varios otros
que figuran en los diagnósticos que esos gurúes del neoliberalismo hacen, están
hablando de los problemas que tienen ellos, no nosotros. Cuando Broda dice “la
macro siempre se toma revancha” es su expresión de deseos lo que está mostrando.
No se va a tomar ninguna revancha “la macro” porque el país va seguir siendo
gobernado por el mismo equipo que tanto éxito (reconocido por el mismo Broda en
el mismo párrafo en su alocución semanas atrás en un foro empresarial, junto al
inefable Melconian y al delirante Espert) logró en los últimos doce años. Y los
problemas que sí tenemos todavía nosotros, los de abajo, que no son los que
dicen tener ellos, sólo se van a encararse adecuadamente en el marco de las líneas
económicas de la heterodoxia, no de la economía neoclásica o neoliberal. Por
eso, a la hora de votar, mirar los que aparecen atrás. Y recordar dónde
estuvieron y haciendo qué cosas en los feroces años en que sufrimos el
neoliberalismo: los noventa y la crisis final del 2001.