Hay personas que dicen: a mi no me interesa la política, no la entiendo, me aburre. Lo primero que a uno se le ocurre cuando escucha esto es, ¿cómo hace para decidir el voto esta persona? Y también, ¿no se da cuenta de que las políticas que se implementan desde el estado influyen directamente en nuestra vida, incluso cotidiana?
Las empresas de medicina prepaga deciden arbitrariamente aumentar las cuotas o no, depende de si las regula el estado o no. También es el estado el que las obliga a incluir determinadas prestaciones que de no ser por esa intervención, estarían fuera de cobertura. Lo mismo para los colegios privados, cuyas cuotas aumentaban a gusto y piacere de sus dueños (que se ponen de acuerdo fácilmente, son pocos) antes de que el estado les pusiera regulaciones (y recordemos que esos colegios privados reciben subsidios del estado, dicho sea de paso). Hay un plan de 12 cuotas sin interés para comprar cualquier producto de fabricación nacional (para fomentar el consumo y el trabajo argentino) porque es el estado el que pone la diferencia entre el interés de mercado y cero (y de esta medida se benefician todos, también los que viven en los barrios privados y tal vez odian a Cristina). Pero cuando decimos “el estado” tenemos que recordar que hay funcionarios detrás. Y que somos nosotros cuando votamos los que los ponemos allí. Podemos seguir pensando ejemplos. Pero esta brevísima enumeración sólo pretende ser útil para entrar en tema, es decir qué me anima a escribir esto que usted está empezando a leer. Quiero despertar el interés del futuro votante que aún no sabe muy bien qué hacer frente al dilema de la urna. Para que se plantee la posibilidad de que su voto sea consciente, para que use las herramientas de que dispone para orientarse entre la multiplicidad de mensajes que le llegan todo el tiempo.
De eso se trata este pequeño libro, de mi personal mirada sobre la política de hoy, que como se ve claramente desde el título, parte de una adhesión al proyecto kirchnerista. Si usted no comparte esa mirada, entonces quiero decirle que este libro está especialmente dedicado a usted. No sé se lograré convencerlo, pero lo que si espero que le pase después de leerlo, es que a la hora de pensar la política, tenga dentro de su cabeza algunas ideas que antes no tenía.
Los dos primeros apartados apuntan a la necesidad de entender desde que concepción del hombre uno se propone pensar. Son un punto de partida quizás un poco árido antes de entrar en tema, por lo que confío en su paciencia.
El concepto “hombre” admite un considerable número de abordajes, pero, desde el lugar en que nos ponemos para iniciar estas reflexiones, podemos sintetizarlos para quedarnos con dos concepciones de lo humano que resultan bastante antitéticas.
El hombre como esencia
Una, que calificamos como idealista, define al hombre como una esencia, como un ente concebido (o “creado”) desde un remoto origen a partir del cual la historia constituye el relato de las diferentes peripecias de este ente durante las que, ora se aparta de esta “esencia”, desnaturalizando este origen, ora regresa arrepentido a re encontrarse con su “verdadero” lugar en el mundo. Está claro que desde esta concepción, la fuente a recurrir al evaluar los comportamientos está en el pasado. Uno tiene que ser fiel a ese remoto origen desde el que se estableció, de una vez y para siempre, que es “ser hombre”. Para guiarse en la vida, las personas que adhieren a esta postura, tienen a su disposición toda una colección de libros “sagrados” que suelen definir con bastante precisión cuales son los comportamientos aceptados y cuáles no. Claro que la cosa no es tan sencilla como podría pensarse en una mirada superficial. En un mundo globalizado como éste, hay un interactuar permanente con personas (y grupos sociales) que abrevan en diferentes culturas y que se inspiran en también diferentes “libros sagrados”. El deslizamiento hacia posturas fundamentalistas es un riesgo muy grande de esta concepción. Y los resultados suelen ser trágicos porque resulta evidente que, desde que el individuo deposita su valía en una fuente exterior a él (en este caso un texto escrito por otros supuestamente mas sabios y/o conectados con poderes sobrenaturales) todos los conflictos que lo abrumen lo llevaran a recurrir a los que interpretan esos textos con mayor autoridad que él. Que suelen ser los sacerdotes o gurúes de todas las sectas que pululan por el mundo. Cuando digo “gurú”, estoy pensando en un concepto secular, no necesariamente religioso, porque los humanos tenemos una tendencia a sacralizar a los referentes, de la índole que sean, a los que elegimos para seguir, y que muchas veces están relacionados con los detentadores de otro tipo de poder, más terrenal y prosaico, pero por lo mismo, más efectivo y feroz a la hora de defender sus privilegios. Volveremos sobre el tema. Entonces vemos que esta concepción puede llevar a una mirada de derecha sobre el hombre y sobre el mundo. Una mirada que tiende a “dejar las cosas como están”, a “ser fieles a nuestras raíces” a “nuestro estilo de vida” a “lo que nos enseñaron nuestros mayores” etc. etc. etc.
El hombre como existencia
Pero, hay otra concepción de lo humano que parte de un punto de vista existencial. Es decir, a partir de la progresiva humanización de nuestros ancestros homínidos, el sapiens sapiens surge y evoluciona no sólo biológicamente, sino a partir de la invención de la cultura. Esta mirada descubre al hombre construyéndose a sí mismo en el mismo acto de existir y a través del mismo. No está referida a un pasado idílico y fundacional, sino a una construcción evolutiva que plantea la historia como una invitación a protagonizarla desde cada lugar individual, por modesto o incluso insignificante que éste parezca, pero en estrecha relación con los otros que transcurren senderos parecidos y entonces apuntando a un crecimiento del nivel de conciencia colectivo que potencie también los desarrollos individuales. En esta concepción del hombre, ya no se trata de reencontrarse con una imagen primigenia a la que uno debe volver para corregir “desviaciones” o pecados supuestamente cometidos al violar mandatos sociales o incluso divinos, sino de una apelación, de una esperanza, incluso podemos decir, de una utopía: la de que el futuro alumbrará una sociedad mejor que ésta en la que vivimos hoy en día. Pero se trata de eso, de una esperanza. No hay ningún planteo teleológico, en el sentido de una inevitabilidad del progreso humano. Habrá progreso (incluso amerita definir qué se entiende por progreso) o no. Está en las manos de cada uno de nosotros actuar para decidir qué clase de mundo dejaremos a las generaciones por venir y por consiguiente cuál sea la historia que lean los humanos del futuro, así como nosotros leemos el legado de nuestros antepasados y tenemos permiso para opinar acerca de él. Porque sólo a través de una mirada crítica sobre lo ya ocurrido, es posible decidir cómo se sigue en un determinado proceso. Esta filosofía pone en las mismas manos del hombre la evolución y desarrollo de las fuerzas sociales y económicas que construyen el mundo en el que ese mismo hombre deberá habitar. Por si hiciera falta, el que esto escribe adhiere a esta mirada sobre lo humano. Nosotros, los humanos somos los responsables del mundo en que vivimos hoy en día. Y esa responsabilidad significa también que deberemos responder acerca del mundo que dejemos cuando ya no estemos en él.
El poder en la historia
Preguntarse por el poder es también preguntarse por la propiedad. Hay una frase atribuida a Proudhon que decía “el primer hombre que dijo ‘esto es mío’ era un ladrón”. Sin duda que los individuos que comenzaron sus incrementos patrimoniales a través de prácticas ilícitas fueron (y son) legión. Pero el anarquista francés tenía una mirada más profunda: toda propiedad, en la medida que es sustraída al uso común para usufructo individual, constituye por ese sólo hecho, un despojo del derecho del resto de los hombres, y como tal debe ser calificada como un robo. Descubrir quien fue ese primer propietario que inició la infinita cadena de despojos sociales de lo que antes eran bienes comunes, es imposible, además de irrelevante. Todos arribamos a un mundo no sólo ya significado por otros mediante un lenguaje que nos es impuesto, sino a un mundo abrumadoramente ajeno. Normalmente nos lleva una parte considerable de vida apropiarnos de porciones insignificantes de ese patrimonio que pertenece a otros, porciones que, nos enseñaron eran parte imprescindible de ser considerado persona: casa, auto, dinero depositado en algún lugar seguro…Claro que hay muchos otros que, aunque vivieran muchas vidas, nunca llegarían a esas mínimas posesiones. Incluso sobrevivir para ellos es una partida de naipes con las cartas siempre equivocadas.
Pero claro que también hay otros, son muchos menos, que han nacido con más suerte porque ya llegan a este mundo como grandes propietarios y con todas las posibilidades de incrementar infinitamente esos recursos. Y esa desmesura en la acumulación implica una trasformación del dinero en poder social. En el mundo en que vivimos exceso de dinero significa incremento del poder social. Ese enorme poder es manejado por quienes han sido exitosos en incrementar su patrimonio. Normalmente esas actividades construyen millonarios pero no siempre buena gente. Me inclino por creer que si alguien se esfuerza mucho para lograr acumular dinero, sin duda eso lo debe condicionar a la hora de constituirse como persona, porque lo que uno va haciendo, también lo va modificando a uno. Si pensamos en que el mundo está mayoritariamente en manos de esa gente, no nos debería extrañar el hecho de que vivamos en un mundo tan inequitativo, tan salvajemente violento e injusto. Pero esa situación no es nueva. Siempre el gobierno estuvo en manos de los dueños en todos lados y en todos los tiempos. A lo largo de la historia, para que esos gobiernos tuvieran viabilidad (teniendo en cuenta que siempre estaban basados en niveles importantes de injustica) era necesario convencer a las mayorías. O reprimirlas cuando no se dejaban convencer. Aquí aparecen los mitos ya elaborados y adecuados “científicamente” para lograr esos objetivos (convencernos de que los poderosos son además justos y sabios, si no se logran dosis mayores de bienestar para “los de abajo”, se debe a un orden natural que debe ser respetado): reciben el nombre de religiones (o para manejar la vida de los escépticos, teorías económico sociales diseñadas para “naturalizar” la injusticia).
Todas las religiones nacen como respuesta a las preguntas y a los miedos primordiales. Esas respuestas tienden normalmente a condicionar las conductas de modo que la convivencia sea posible y que la angustia ante los misterios de la vida sea al menos, soportable. Sus imperativos se basan en el par amor-odio. El individuo será digno de amor si procede de acuerdo con los mandatos y recibirá su recompensa en este o en el otro mundo, cuya existencia se da por descontada. Si no obedece, merecerá ser castigado con una ferocidad que fue evolucionando a lo largo de la historia. Lapidaciones, quemas, deportaciones, etc. etc. etc. En nuestros días, las religiones han evolucionado mayormente hacia los castigos “espirituales”: la pérdida del amor de Dios es la pena del desobediente. Y es que casi todas ya están basadas en la promoción del amor como valor universal a practicar. Pero algo debe estar fallando en la misma base de la cosa, si pensamos que los que manejan el mundo son en su abrumadora mayoría, “hombres de religión”, y entonces resulta raro que en el nombre de ese amor declamado, se explota miserablemente a la mayoría de la población (o se la mata directamente).
La época en la que la religión dominó de manera directa la vida de gran parte del mundo occidental llega hasta la Revolución Francesa, que marca el comienzo del fin de las monarquías (recuérdese que gobernaban “por la gracia de Dios”) y de lo que se conoce como la Edad Media. Se empieza a hablar de democracia y a luchar por conseguirla. El poder deja de estar legitimado por Dios y se lo piensa partiendo del hombre no sólo como principio, sino fundamentalmente como destinatario de ese poder, para lo cual no puede ser injusto.
Tener en cuenta que la democracia no fue un regalo de los poderosos sino una conquista de los desposeídos, es fundamental a la hora de pensar la política.
Pensemos en la evolución de las prácticas democráticas en los diferentes contextos. Los griegos fueron los inventores de la palabra. “Demos” significa pueblo y “cracia”, gobierno. En la acepción moderna se define como “gobierno del pueblo y para el pueblo”. Es decir, no sólo debe ser ejercido por representantes elegidos por los ciudadanos, sino que ese ejercicio debe legitimarse a partir de sus resultados: produce bienestar creciente para el pueblo o pierde su legitimidad.
En la Atenas de Pericles funcionaba de manera bastante aceptable, salvo por un pequeño detalle: estaba circunscripta sólo a los ciudadanos atenienses varones y la mayoría de la población era esclava y eran ellos, los esclavos los que hacían la vida posible a los “democráticos” ciudadanos atenienses (así cualquiera es democrático). De todas maneras, no debemos ser injustos, comparado con el resto del mundo de esa época, tanto los griegos como los romanos fueron precursores en la búsqueda de formas avanzadas de articulación social. Si buscamos ejemplos más recientes y cercanos, la incipiente democracia de los EEUU que surge después de la revolución de 1776, excluía a las mujeres y por supuesto a los negros. Pensemos que hubo que esperar casi doscientos años para que estos últimos lograran que se le reconocieran, al menos formalmente, todos sus derechos. Y algo parecido ocurrió con el caso de las mujeres que, por ejemplo en Argentina recién (y gracias a Eva Perón) en 1948 conquistaron el derecho a votar.
Y ya que llegamos a nuestra Argentina, pensemos en lo que fue la evolución de las formas de participación ciudadana. El voto secreto y obligatorio recién se logró con la ley Saenz Peña en 1912. Antes de esa ley era práctica común el “voto cantado”, que consistía en proclamar a viva voz las preferencias electorales de cada ciudadano, con lo cual todo el mundo se enteraba de quiénes votaban por quién, de ahí las inevitables presiones para que se asegurara el voto favorable a los poderosos. En cambio con la invención del “cuarto oscuro” que implica que nadie sabe por quién vota uno, la democracia gana. Claro que las prácticas antidemocráticas continuaron por tanto tiempo que incluso dieron lugar a una descripción del tema que habla por sí sola: “fraude patriótico” fue el nombre con que eran conocidas esas prácticas. El adjetivo que califica a la palabra “fraude” muestra el real valor que la democracia tiene para la derecha. La “patria” exige que se implemente un sistema basado en el fraude porque de no ser así, llegarían al gobierno personajes que no respetarían los valores de la patria. Uno pensaría que los tales valores deberían inspirar un generalizado respeto entre todos (o al menos la mayoría) de los habitantes de la patria. Pero entonces ¿por qué es necesario hacer fraude? Sencillamente porque no es posible convencer a las mayorías para que voten a los candidatos (a menos que mientan acerca de lo que van a hacer si asumen) dado que son de sobra conocidas sus políticas en contra de los intereses de las mayorías.
La democracia es cosa de los de abajo.
Todos estos ejemplos deben llevarnos a entender que a los dueños del país (que están acostumbrados a manejarlo a su antojo) no les interesa una democracia real. Porque les resultaría imposible, dado el nivel de conciencia política alcanzada por el pueblo, lograr que los voten. Entonces se implementan diferentes subterfugios para engañar a los votantes. Discursos vacíos de contenido pero muy elocuentemente pronunciados. Asesores de imagen que estudian científicamente qué es lo que la gente quiere escuchar y entonces el candidato dice eso. El ejemplo más acabado de este tipo de prácticas fue Carlos Menem. El tipo incluso tuvo el cinismo de confesar que si hubiera dicho lo que iba a hacer, nadie lo habría votado. Claro que esta clase de experiencias deja enseñanzas, al menos en la porción más esclarecida de la población. Igual que en la mera vida, los fracasos en política enseñan mucho. Pero para que ese proceso virtuoso suceda, debemos estar muy atentos. La derecha tiene pavor de perder sus privilegios. Son demasiados los años en los que gobernó a piacere. Con voto cantado, con fraude o usando a los militares en la época (afortunadamente pasada) en que éstos se creían los últimos guardianes de los valores de la patria (sí, es la misma de los poderosos). Esa época, insistamos, pasó por las luchas de algunos sectores esclarecidos y heroicos (estoy pensando en las Madres de Plaza de Mayo) y porque el último desaguisado que perpetraron llegó tan lejos en masacre y horror (con derrota militar vergonzosa incluida), que parece que escarmentaron. Todos aprendimos de esa experiencia espantosa, incluso los políticos y empresarios embanderados con los valores del establishment ya entendieron (espero) que los golpes militares abren una caja de Pandora que nadie sabe dónde puede terminar.
Entonces, llegamos a nuestra época, primeras décadas del siglo XXI. Los valores de la democracia como sistema de organización social son, al menos formalmente, respetados por todos. No hay político opositor que no nos diga que su militancia es a favor del republicanismo, el respeto por las instituciones y los valores que hacen a la convivencia en paz de todos los habitantes. Claro que si no aparecen en su discurso las palabras “igualdad”, “inclusión”, “justicia social” y en cambio su prédica se basa de manera excluyente en “la inseguridad”, la lucha contra “la corrupción” y “volver a ser un país integrado al mundo”, uno debe ya entender por dónde viene la mano. Especialmente la famosa prédica contra la corrupción es el más claro mensaje de derecha (y lo usan en contra de todos los gobiernos que les molestan). Porque parte de dos supuestos, totalmente inconsistentes: el primero es que el que denuncia lo hace desde un lugar impoluto, tiene al parecer carnet de honesto. Pero que yo sepa todavía no hay ninguna institución que lo otorgue. ¿Por qué deberíamos creerle? Además suele denunciar siempre para el mismo lado, lo que ya resulta sospechoso, y por qué no decirlo, muy poco ético. Y el segundo porque la prédica en contra de la corrupción encubre una falacia: que sólo se trata de hacer las cosas de manera honesta. Que con eso alcanza. Pero en política uno quiere saber qué cosas hay que hacer. Da por sentado que deben hacerse honestamente. Pero eso no es suficiente, porque si la gestión sigue repartiendo los recursos de modo que los ricos sean cada vez más ricos y los pobres desbarranquen hacia la indigencia, la decencia en las formas se la puede meter ya saben dónde. Habrá una corrupción mucho más terrible y feroz: la de la injusticia. Corrupción hubo, hay y habrá siempre aquí y en todas partes, porque tiene que ver con la misma condición humana. Cuando una persona llega a lograr una cuota de poder por insignificante que sea, sólo a partir de cualidades humanas vinculadas a la grandeza de espíritu cabe esperar que no las use en su propio beneficio. Pero esas cualidades no abundan. Debe entonces la misma democracia desarrollar sistemas que permitan controlar el desempeño de los funcionarios. Esos sistemas existen en todos los regímenes de todos los países “democráticos”. Y funcionan en la medida en que no sean también contaminados por la misma corrupción que dicen combatir.
Pero en la esfera privada sucede lo mismo. Con la diferencia muy significativa de que esos sistemas de control no incluyen a los dueños. La corrupción entonces reina sin límites entre los privados y ella es la principal responsable de la corrupción pública. Esto desmonta una falacia que asombra no resulte más evidente: es la que cuestiona la corrupción de los políticos desde el limbo impoluto de los privados.
A esta altura, creo que ya debe haber quedado claro que en la militancia a favor de una democracia cada vez más efectiva, los de abajo estamos bastante solos. Pero, ¿Quiénes son los de abajo?
La injusticia es inherente al capitalismo.
Este es un mundo profundamente injusto. Y nuestro querido país está en ese mundo injusto. En toda situación de injusticia siempre hay algunos que la padecen y otros que se benefician con ella. Si no fuera así, la cosa sería fácil. Los problemas se resolverían con sólo tomar las decisiones adecuadas y todos contentos. Ni falta que haría de que exista la política. Porque la política, desde nuestra concepción humanista, es el arte de distribuir el bienestar de la manera más equitativa posible entre los habitantes de un país o región. Desde la concepción liberal capitalista, sólo merecen vivir los que se han ganado ese derecho a partir de su esfuerzo personal. Eso asegura la supervivencia de los más aptos para proveerse el sustento, con lo cual quedan afuera los poetas, los filósofos, los contempladores, los místicos. ¡Lindo mundo el que proponen! Claro que no lo dicen directamente. Nunca dicen claramente lo que proponen los que nos hablan de las leyes del mercado. Pero ya volveremos sobre este tema. Volvamos al tema de la distribución equitativa de los bienes disponibles la que inevitablemente deberá tocar intereses. Porque la injusticia implica que lo que le falta a Pedro debe habérselo apropiado Juan. Y a éste, ¿cómo lo convenzo de que se le fue la mano a la hora de la acumulación de recursos?
Entonces, ya podemos definir a los de abajo. Son los que padecen la injusticia. Son los que llegaron tarde y mal al ruedo, pelearon contra el hambre desde chicos, fueron a las peores escuelas (si fueron), no califican para puestos bien remunerados, sobreviven apenas en esta sociedad que los excluye día a día. Pero también son de abajo los que están al límite, los que ruegan que no los dejen sin trabajo porque pasarían hambre y entonces no se animan a reclamar por sus derechos ante sus patrones y dicen sí a todo aunque mastiquen una bronca interminable.
El presidente inesperado.
Son de abajo finalmente, los que necesitan que este país siga siendo gobernado con el rumbo elegido en 2003 por Néstor Kirchner y confirmado por Cristina hasta hoy. Porque padecieron la Argentina de los 90 y se hundieron con ella en el 2001. Y cuando ya desesperaban de volver a creer en una improbable resurrección de esa Argentina destrozada, apareció el flaco y cambió todos los paradigmas. Puso la política en el centro de la escena. Y desde la política habló de economía.
Y dijo, primero distribuir, después crecer. ¡Blasfemia! gritaron los economistas neoliberales que nos habían vendido el verso del derrame (que supone crecer y después, cuando sobra, distribuir). Primero distribuir, después (y gracias a esa distribución) creceremos, insistió el flaco. Y también: sólo pagaremos a los acreedores externos cuando resucitemos porque “los muertos no pagan”.
Fuimos muchos los que pensamos viendo cómo se paraba Néstor frente a los poderosos de adentro y de afuera: “este tipo está loco”. Y sí. Debe haber estado loco. Pero esa locura nos puso de pie. Como país y como sociedad. La mera enumeración de los logros de la gestión de Nestor Kirchner y ampliada después por Cristina, haría tan aburrida esta exposición que me la voy a ahorrar. Sólo quiero referirme al regalo póstumo de Néstor: nos dejó en manos de Cristina, probablemente el más importante cuadro político de la Argentina de todos los tiempos.
Qué cosa la política y la historia. En 1973 Perón también quería hacer lo mejor para su pueblo y siempre habló de ahorrar sangre de sus compatriotas. Pero nos dejó en manos de Isabel y López Rega y el terrible desenlace fue el espantoso baño de sangre final. Néstor nos dejó su legado y nos presentó a Cristina, sabiendo quien era verdaderamente ella y cuánto valía.
¿Cómo se descuidaron así? Me refiero a los poderosos. Estoy pensando en los que, cómplices civiles de la dictadura cívico-militar de 1976, están ahora muertos de miedo ante la posibilidad cierta de que ahora les toque ser juzgados ellos. ¿Cómo se les escapó Néstor? El presidente inesperado, lo definió alguien. Y bueno, son las grietas de la historia. Y el flaco se coló por una de esas benditas grietas. Todas estas preguntas también se las deben estar haciendo ellos, los poderosos, los dueños, los beneficiarios de todas las injusticias. Y por eso su feroz reacción que arrancó el mismo día en que Claudio Escribano (CEO del diario La Nación en el 2003) se tuvo que ir con la cola entre las patas después que el flaco lo despachó negándose a aceptar los condicionantes a su gestión que amablemente le habían hecho llegar por medio de Escribano. Condicionantes que pretendían que la economía siguiera mandando sobre la política de modo de no cambiar nada. Pero el flaco había venido a cambiar todo, porque había dicho que no pensaba dejar sus ideales colgados en la puerta de la Casa de Gobierno. Desde esos días hasta hoy, la guerra no declarada (pero implacable) entre el establishment y el gobierno kirchnerista no ha cesado. Y se trata de una batalla por la hegemonía, tomando un concepto de Gramsi. Que se gana cuando se logra transmitir ideología y valores que son aceptados por la mayoría de la población, la misma que después vota.
Aparece doña Rosa
Pensemos en lo que sucedió cuando en la década menemista se produjo el vaciamiento del estado mediante las privatizaciones que nos despojaron de todas las grandes empresas que fueron verdaderos símbolos de la argentinidad: YPF, ferrocarriles, Aerolíneas Argentinas, Gas del Estado, la Flota Mercante, los Astilleros, la industria pesada del acero… ¿cómo se pudo hacer eso sin que los argentinos lo impidiéramos?
Se pudo porque primero se había perdido la batalla por la hegemonía. La prédica de tipos como Bernardo Neustad, Mariano Grondona, Longobardi, Hadad… habían colonizado nuestras mentes con el relato del estado corrupto e ineficiente que nos estaba llevando a la bancarrota día tras día. Claro que si uno pone a las empresas del estado en manos de personajes como María Julia Alsogaray, ¿cómo no va a haber un manejo profundamente corrupto y vaciador?. No se podría haber logrado ese vaciamiento del patrimonio de todos los argentinos (encima vendidos a precio vil, ¡esa sí que fue corrupción!) de no haber culminado el proceso de años de convencernos de que eso era lo mejor para todos.
Y aquí llegamos al meollo de la cuestión. Nuestra realidad de todos los días tiene que ver con la vida familiar, el trabajo, las actividades recreativas, en suma, lo que sucede en nuestro entorno. Sabemos qué cosas pasan en nuestra familia, nuestro trabajo, hasta cierto punto en nuestro barrio y algunas noticias no muy completas sobre nuestra ciudad. Pero, ¿qué sabemos sobre las realidades de la macroeconomía, sobre la gestión de los distintos funcionarios, sobre la política hacia las provincias, sobre política exterior, etc. etc. etc.? Se trata de sucesos que no presenciamos, suceden en otros ámbitos. Nos enteramos a través de lo que leemos en los diarios o nos muestran los canales de televisión. Pero ¿de qué nos enteramos? ¿De los sucesos reales, de lo que pasó verdaderamente? Esos medios, ¿nos cuentan los hechos tal como sucedieron? ¿Nos cuentan todas las cosas que pasaron? Esta última pregunta tiene una respuesta evidente: ningún medio, por honesto y eficiente que sea, puede contarnos todo lo que pasa. Inevitablemente deberá elegir entre todos los sucesos de determinado día, las noticias que considera importantes y descartar el resto, porque todo no entra. A este proceso se lo denomina selección de agenda. Y forma parte ineludible de la práctica periodística de todos los tiempos y lugares. El problema es que ese proceso constituye en sí un poder que se ejerce desde el medio de comunicación hacia el consumidor de ese medio. El resultado es, no sólo que consumimos las noticias que otro decide que son importantes, sino que además son interpretadas con una tonalidad que no siempre es evidente porque rara vez es enunciada con claridad. Esto que describo es así, aunque no hubiera intencionalidad de tergiversación de las noticias. Es así porque la misma mecánica del proceso de construcción del “producto noticia” y su difusión, conlleva esa transferencia de poder desde el receptor hacia el emisor de una noticia.
Se viene Clarín…
Ahora, preguntémonos qué pasaría si, además de lo que acabo de describir, el proceso se viera potenciado porque el dueño del medio de comunicación es además dueño de otro tipo de empresas que nada tienen que ver con la comunicación (y que eso sea normalmente cuidadosamente ocultado). ¿Resultaría extraño que usara ese poder que antes describimos, para influir sobre la opinión pública en beneficio de los intereses de esas empresas de las que también es propietario? Y sigamos preguntando ¿cómo influiría sobre esto, el hecho de que no estamos hablando de un medio sino de una cadena de medios que cubren todo un país con diferentes sistemas de comunicación, gráficos, audiovisuales, radiales; todos transmitiendo el mismo mensaje potenciado por un diseño elaborado minuciosamente para generar la construcción de una hegemonía determinada en el conjunto de la sociedad? Una hegemonía totalmente identificada con los poderosos de adentro y de afuera. Bueno, esto sucede. Se trata, en una enumeración no exhaustiva: en Brasil del Grupo O Globo, en Chile El Mercurio, en Méjico Televisa, en EEUU la CNN y Fox y en Argentina del grupo Clarín y sus múltiples bocas de transmisión que cubren todo el país. Y que, no sólo marca agenda de manera capciosa para decidir qué cosa es importante y cual no debe saberse, sino que ha llegado a un punto tal, que no tiene ningún problema en mentir directamente inventando, tergiversando, ocultando. Y que además ejerce por lo mismo, un enorme poder de condicionar a todo el espectro de actores sociales del país: funcionarios, jueces, fiscales, políticos de la oposición… ¿Quién que ha estado en la función pública no ha transgredido alguna vez alguna norma? ¿Quién no tiene, como suele decirse, algún muerto en el placard? Pero aunque no tenga nada, aunque su vida haya sido un dechado de decencia, Clarín algo va a conseguir, aunque sea inventando o dándole relevancia a sucesos que ni merecen ser tenidos en cuenta. Seguro que después va a conseguir además a un fiscal o un juez obedientes que lleven la cosa por el lado de la “justicia”. El ejemplo de Lorenzeti que era Gardel hasta que se le ocurrió declarar constitucional la Ley de Medios y entonces se acordó Clarín de un supuesto chanchullo cometido en Rafaela con los prestadores del PAMI, habla por sí solo. Bueno a Magneto todo le sirve. Debe tener un archivo que ni la SIDE mire vea. Perdón, debe tener a su disposición no sólo los propios sino todos los archivos de la SIDE, CIA y el MOSAD. Porque por algo es el jefe de operaciones del Imperio, sucursal Argentina. La manera en que esto condiciona a la democracia no puede minimizarse. Todos los hombres públicos de la Argentina saben que si sacan los pies del plato de Magneto, la repulsa mediática caerá sobre ellos inmisericorde. No hay honra pública o privada que se salve. Un ser humano de una decencia intachable como Víctor Hugo Morales, difamado, insultado, perseguido implacablemente por Magneto y sus esbirros, constituye un ejemplo terrible de lo que estamos diciendo. O la Procuradora Gils Carbó cuya independencia la llevó a oponerse a Néstor Kirchner cuando éste propició la fusión de Cablevisión y Multicanal, funcionaria de la que lo menos que se dice es que está “cuestionada”. ¿Cuestionada? ¿Por quienes? ¿Y por qué? ¿Los periodistas no repreguntan nunca? No, claro que no.
A la inversa, la protección mediática sobre los que sirven fielmente a los planes del establishment es total. De modo que la conclusión que cualquier despistado saca de la realidad argentina es que toda la corrupción del país es protagonizada de manera excluyente por el kirchnerismo. ¿No es raro? ¿Qué extraña conspiración universal dejó a todos los corruptos del lado del campo popular? Porque con Dilma en Brasil, Maduro en Venezuela y Correa en Ecuador sucede lo mismo: una denuncia por corrupción no se le niega a nadie. Salvo que usted sea de derecha, porque entonces puede afanar tranquilo. En Argentina, del lado se Macri, todo bien. No importa que haya innumerables casos de clara connivencia no sólo con corrupción, sino incluso con delitos graves como el caso de Iron Mountain que había sido premiada, eximida de impuestos, no inspeccionada adecuadamente e incluso desoyendo advertencias de inspectores que habían tenido el tupé de cumplir son su deber. Y se prendió fuego intencionalmente siendo una empresa que se ocupa de “guardar” papeles confidenciales de empresas muy importantes de aquí (adivine de quienes) y de afuera. Y que ya le pasó en otros lugares del mundo. Comparemos con la tragedia de Cromañón. ¿Cree el lector que a Macri puede pasarle algo parecido a lo que sufrió Aníbal Ibarra? Ni lo sueñe. Las noticias sobre las investigaciones del caso del incendio intencional en que murieron 11 inocentes servidores del orden, brillan por su ausencia en los medios del grupo. O a lo sumo en páginas interiores bien chiquito. Pero Macri no es el único. El senador Romero tiene causas pendientes muy serias con la justicia en su provincia natal, Salta. Y Sáenz en Corrientes. Nadie pregunta sobre si la fortuna de De Narváez es o no bien habida. Duermen tranquilos. Son soldados valientes y abnegados en el ejército de Magneto.
La democracia se nutre de la información
Este cuadro de situación muestra cuál es el grado de peligro que corre en nuestra Argentina la democracia. Porque la materia prima fundamental de la democracia, es la información. Y si ésta es manejada mayoritariamente por grupos inescrupulosos que reinan como amos y señores en la construcción de una hegemonía contraria a los intereses del pueblo, cómo hace el hombre común, ese que labura todos los días y que no tiene tiempo para abrirse paso entre la maraña de mentiras que le ofrecen todos los días para que se informe; digo, cómo hace para que sus opiniones no estén contaminadas de la peor manera: esa que lo va a llevar a confundir al enemigo. A creer tal vez, que debe volver a votar a los que ya nos llevaron una y otra vez al abismo de la casi disolución de la república. Pero eso sí, en nombre de las instituciones y del republicanismo. Que pretenden están atacados por “la dictadura K”, que es convengamos, una dictadura muy rara. Una dictadura que, por ejemplo todavía no consiguió que una ley aprobada por ambas cámaras hace más de cinco años logre su plena vigencia: la Ley de Medios de Comunicación audiovisual. ¿Por qué? Porque limita (sólo un poco) el obsceno poder comunicacional de los medios hegemónicos manejados por Clarín. Y no lo consiguió debido fundamentalmente a la complicidad de un Poder Judicial totalmente sometido a la extorsión del verdadero poder que maneja la Argentina (hasta ahora): el poder de Magneto, como ejecutor de una dominación mucho más importante y siniestra que, este humilde escriba sospecha que llega hasta los mismísimos llamados fondos buitres: Paul Singer y CIA. ¿O acaso no lo tienen agarrado ya sabemos de dónde al mismísimo presidente de los EEUU? ¿Qué entidad pueden atribuirle ellos a estos pequeños paisitos del patio trasero del Imperio?
A los poderosos no les gusta la democracia.
Por todo eso es que hay que insistir en que la democracia es una cuestión casi, diríamos de vida o muerte para los ciudadanos de a pie. Para los poderosos no debería haber problema, cualquiera que asuma no va a modificar demasiado su vivir. Tienen salud privada, educación para sus hijos privada, universidades privadas. Entonces, si no debería haber problema, cabe preguntarse, ¿por qué conspiran todo el tiempo para desestabilizar a los gobiernos “populistas”, como les gusta definir a los que empoderan al pueblo? Y no sólo en Argentina. Brasil, Venezuela, Ecuador, Bolivia. Y con lamentable éxito en el caso de Paraguay y Honduras cuando fueron destituidos vergonzosamente Lugo y Zelaya. Insisto en la pregunta ¿qué les pasa? ¿Les va mal en Argentina? ¿Corren algún peligro sus cuantiosos negocios? La respuesta a la pregunta de por qué son todo el tiempo desestabilizados los gobiernos progresistas de América no admite una lectura sencilla. Quizás sea una cuestión de miedo a que se produzca una profundización de los procesos (¡eso que nosotros deseamos fervientemente!) que termine arrasando con todos sus privilegios. De ahí la constante apelación al miedo al “chavismo” como el gran cuco que se agita constantemente (claro que previamente hubo que construir hegemonía mentirosa sobre la supuesta antidemocracia de Venezuela). Otra razón que podría explicar esos intentos desestabilizadores es que a los sectores vinculados al establishment financiero les preocupa que cunda el “mal ejemplo” de los procesos exitosos que no aplican las recetas neoliberales, con lo que se les acaba el negocio de las comisiones abultadas para tramitar los créditos que nos harían volver a “los mercados”. Gracias muchachos, recién tiramos. Me causó mucha gracia un discurso de una analista española que alertaba contra los peligros del populismo (en España, si la misma de los que perdieron su casa y la siguen pagando). Me causó gracia dije, pero también estupor y vergüenza ajena. ¡¿Tanto miedo le tienen a “Podemos”?!.
Una tercera razón para intentar explicar las acciones desestabilizadoras del establishment tiene que ver con una cuestión de mera codicia: ok, seguimos haciendo negocios, seguimos juntándola en pala, pero podríamos ganar más si no nos cobraran tantos impuestos (las famosas retenciones, el impuesto a las ganancias etc.), que sirven para hacer clientelismo y alimentar vagos. Este es el discurso tradicional de la derecha de todos los tiempos. Exhibe una ignorancia supina sobre la manera cómo funcionan las sociedades. Supone que acumular de manera obscena dejando fuera a millones no tiene ningún costo. Que van a aceptar de buen grado morirse de hambre viendo los Mercedes y BMW circulando alegremente por las calles de la patria (esa sí, claro, la de los poderosos reinando sin límites). Supone que no se van a rebelar. Pero además pasa por alto que con esos impuestos que les quita muy poco de lo mucho que les sobra, se pagan autopistas que ellos usan, redes de fibra óptica que agilizan las comunicaciones de todos, líneas de alta tensión que mejoran la transmisión de energía (subsidiada) que usan en sus fábricas, centrales generadoras de energía que cumplen esos mismos fines, subsidios que reciben muchos colegios privados a los que concurren sus hijos, patrulleros y cámaras y pertrechos para equipar las policías que les cuidan sus posesiones, previsibilidad en la macroeconomía fortaleciendo las reservas del Banco Central etc. etc. etc. Entonces esta codicia sin límites protegida por esa ignorancia que es tan frecuente en la derecha (que suele acumular dinero con mucha facilidad pero cultura de la buena, poco y nada) los lleva a equivocar el lado de la historia a la hora de elegir. Porque los regímenes atrozmente injustos siempre han llevado a alumbrar procesos revolucionarios sangrientos que arrasaron no sólo con posesiones sino también con vidas. Empezando por la Revolución Francesa, siguiendo con la Revolución Bolchevique en Rusia y muchos otros ejemplos que no vale la pena enumerar aquí. Se impone que las clases poseedoras aprendan a practicar una economía de lo suficiente, no cultivar esa adicción por la desmesura que implica en realidad una seria deformación espiritual. Buscan en el lado equivocado. Buscan el infinito, pero lo buscan en las riquezas. Y allí no está. Siempre habrá alguien que tenga más. Y que (piensa el gil con guita) es más feliz que yo. Entonces, tengo que tener más.
La codicia al poder. Y los aliados.
Pero además se trata de un proceso que a nivel planetario, lleva a una acumulación en cada vez menos manos, de más y más riqueza, dejando fuera a cada vez mas seres humanos que, señores economistas del establishment, son consumidores imprescindibles porque en sus planes está seguir viviendo. Si expulsan a los consumidores, ¿a quiénes van a venderles los productos que fabrican en sus fábricas?
Esta manera de pensar (o de no pensar) es común en la derecha. Es una manera imbécil de mirar la realidad y conduce a enfrentamientos permanentes (la famosa “grieta” es promovida desde ese lado). Pero lo que más preocupa es que suele ser compartida por muchas personas que están muy lejos de siquiera arañar la riqueza. Gente que ha “comprado” el discurso hegemónico y que cree que si sigue en el camino de ascenso social en que está, llegará algún día a “pertenecer”. Lástima que se olvida de dos cosas: en primer lugar “el camino en que está” no ha sido trazado por la derecha y sus recetas de ajuste permanente, sino por el “populismo” de Néstor y Cristina. Y en segundo lugar y como una consecuencia natural de lo dicho anteriormente, si vuelven esas recetas, el tipo va a ser expulsado afuera del sistema, y entonces, ¡a llorar a los velorios! Como dijo Cristina en uno de sus últimos discursos: “ojo que no se aceptan devoluciones”…Lo elegiste a Macri…a pelarse y a no chillar cuando aumente los impuestos como hizo en la ciudad de Buenos Aires un promedio del 400 %, cuando endeude el país en dólares como hizo con la ciudad (y peor, porque si les va a pagar a los fondos buitres, ni te cuento), cuando gobierne de manera autoritaria vetando leyes como hizo en la ciudad (110 vetos de leyes, muchas de ellas pedidas por su propio partido), cuando entregue de nuevo YPF, Aerolíneas, los fondos de pensión, cuando los pasajes en tren aumenten como hizo con el subte… etc. etc. etc. En suma, cuando ejecute su política para pocos, tal como está haciendo con la CABA. Que tiene un correlato inevitable: excluye a los muchos.
Aprendamos a pensar.
La conciencia política de un pueblo se construye cuando éste se decide a pensar. Hace pocos meses se produjo el hallazgo del cuerpo sin vida del fiscal Nisman, que, días antes había presentado una grave denuncia contra varios funcionarios del gobierno incluyendo a la presidenta. Al día siguiente, cuando todo lo que constituía la escena llevaba a pensar en un suicidio, centenares de personas salieron a la calle a protestar por lo que suponían un crimen organizado desde el gobierno de Cristina. Y muchos llevaban un cartel que rezaba “Yo soy Nisman”. No importaba que la denuncia del malogrado fiscal fuera un total disparate. Tampoco que si había algún sector al que lo complicaba la muerte de Nisman era al propio gobierno, por lo que era absurdo pensar que éste podía estar detrás de ese hecho (pasando por alto la absurda e infame sospecha de que Cristina sea capaz de cometer asesinato). Muchos de los manifestantes probablemente ni habían oído hablar antes de Nisman. Pero se colgaron el cartelito y salieron a manifestar. ¿Por qué pasó eso?
Eligiendo a los referentes.
Todas las personas tenemos referentes. ¿Qué es un referente? Alguien que, la palabra lo dice, tomamos como “referencia”. Alguien que maneja más información que uno, alguien que además merece confianza en sus juicios, alguien que finalmente, ha conquistado por parte de la sociedad que integra, un prestigio importante. En definitiva, un referente debe exhibir una trayectoria intachable desde el punto de vista ético y profesional. Pongamos un ejemplo bien extremo de esta época: ¿Elisa Carrió puede ser un referente de alguien? Aún desde la mirada de los que coinciden políticamente con ella (gente obviamente de derecha, o más bien gente que se embandera en un antikirchnerismo a ultranza), ¿podrían afirmar que para ellos es un referente? Yo no lo sé a ciencia cierta, pero me inclino a pensar que no. Sus denuncias constantes, delirantes la mayor parte, sus descalificaciones, sus insultos, sus difamaciones, lo llevan a uno incluso a dudar, o de que sea buena persona, o de que esté en su sano juicio o de ambas cosas a la vez.
Busquemos otro ejemplo, bien distante del ya expuesto: Adolfo Pérez Esquivel. Bueno, dije que era un ejemplo bien en las antípodas no? Se trata para empezar de uno de nuestros premios Nobel, el de la Paz de 1978. Si esto a uno no le da chapa de referente, no sé qué otra cosa podrá conseguirlo. Pero además, Pérez Esquivel jamás ha claudicado en su lucha en defensa de los derechos humanos. No sólo en la dictadura genocida, sino siempre. Sin duda el ejemplo está bien buscado. ¿Significa esto que todo lo que dice Pérez Esquivel es cierto? ¿Que todas sus opiniones deben ser tomadas sin beneficio de inventario? Si fuera así, la vida sería mucho más sencilla de lo que es. Bastaría con elegir bien a un referente y seguirlo a rajatabla. Pero no es así porque, aun con su prestigio bien ganado por cierto, es un mero hombre. Y como tal puede equivocarse, puede tener información insuficiente, su buena fe no lo va a proteger siempre de cometer errores de apreciación. ¿Adónde va el tipo este con todo este razonamiento?, se debe estar preguntando el lector. Calma, ya llegamos. Tener referentes en política, en economía, en cuestiones de la mera vida, no sólo es natural, sino que es imposible no tenerlos. Se trata de gente que uno considera que está en otro nivel, gente de la que uno siempre tiene algo que aprender, al menos en la disciplina en la que destacan.
Pero, ¿Qué pasa si uno elige mal a sus referentes? Vayamos a un caso muy interesante del mundo del periodismo de esta época. Un tipo como Jorge Lanata, ¿puede ser referente de alguien? Me parece estar escuchando los gritos de lectores que me dirán que conocen a alguien para quien Lanata es un referente importante. Desde ya que no necesito decir que yo estoy en las antípodas de esa postura. Conozco la trayectoria de Lanata desde la época en que fundó Página 12 y tenía programas televisivos muy bien logrados como Día D con columnistas como Adolfo Castello, Horacio Verbitsky, Reinaldo Sietecase y otros. Era, a no dudarlo, un periodista inteligente, jugado en una postura claramente progresista. Incluso hubo una muy conocida y difundida investigación suya mucho más reciente en la que desnuda como nadie toda la estructura comunicacional del Grupo Clarín. Y sin ahorrar una crítica muy despiadada sobre el grupo. De hecho, la suya fue la más espectacular y completa demostración del enorme poder del multimedio. ¿Puede aceptarse que se haya transformado en el más importante esbirro del mismo grupo que criticaba con ferocidad apenas 6 años atrás? Estoy convencido de que no. Que es inaceptable, y por eso, cuando alguien deja girones de un prestigio ganado en buena ley en otras épocas, deja de ser un referente válido. Porque si algo resulta evidente para todo el mundo es que el multimedio no cambió de bando, sino lo contrario y que sigue siendo el más importante constructor de hegemonía que tiene el establishment en la Argentina. Y no sólo esconde las noticias que no le convienen, no sólo miente inventando lo que se le canta, no sólo ejerce un poder mafioso sobre todos los hombres públicos de la Argentina (no sobre todos, sólo los que le temen), sino que tiene en sus orígenes complicidades feroces con la dictadura cívico-militar más terrible que asoló nuestro país. Entonces, si Clarín no cambió de bando, Lanata sí. ¿Alguien cree que podría reunirse con alguno de sus compañeros de la época de la fundación de Pagina 12? ¿Con Verbitsky, Sietecase, José Pablo Feinmann, Nora Veiras, Sandra Russo, Víctor Hugo Morales? ¡Eso sí que es rifar prestigio!
Entonces, cómo se eligen los referentes, o sea cómo se decide a quienes creerles y a quienes no, es el tema que estoy tratando de compartir en este punto con el lector.
Y el ejemplo de Lanata no fue puesto sobre la mesa por casualidad. Si hay personas que lo consideran como un referente válido (y no deben ser pocos, si no no seguiría en el lugar que el multimedio le otorga) debe ser porque no se toma con la debida seriedad la cuestión. Creer en cierta persona, darle crédito, tener por válidas su afirmaciones, no puede pasar por alto la historia de esa persona, sus desempeños, sus agachadas, sus traiciones. Un pueblo que procede de esa manera está, de alguna manera condenándose a caer en las mismas trampas, una y otra vez. Cuando alguien llega a la adultez, significa que ya sabe hacer las cosas de adulto, se provee de alimento por sí mismo, forma una familia, vota. Para ejercer este último acto, debe tener parecida responsabilidad que para los otros. Perdón, mucha más responsabilidad. Porque son su voto decide también que le va a pasar a los otros, no sólo a él y su familia. Yo quiero un país parecido a éste para mis hijos. Y espero incluso que sea mejor que éste. Y me va a dar mucha, pero mucha bronca que por unos irresponsables que vayan a votar como quien se chupa una cerveza, todo el país se vaya al carajo. No sé si lo digo con suficiente claridad. Seguir creyéndole a Lanata, cuando no es nada difícil enterarse que casi siempre miente con ferocidad, es una decisión estúpida. Que inevitablemente conlleva complicidad. Aunque sea la complicidad de la imbecilidad, hasta en verso te lo digo.
¿Yo soy Nisman?
Volviendo al ejemplo de Nisman y los que salieron con el cartelito colgado, no eran chicos de 10 años. Era gente grande y su presencia en esas manifestaciones implicaba un serio error de perspectiva política. Para empezar, pasaba por alto lo absurdo de una acusación de encubrimiento contra la persona que más había hecho para que, justamente ese crimen, el de la AMIA, se siguiera investigando. Y que además era, qué detalle, la Presidenta de la República. Con lo que se estaba haciendo un inmenso daño a la mismísima República Argentina. Daño que no cesó porque quedó instalado en el mundo. Pero además, Nisman era un fiscal inepto y forrazo de la EEUU Embassy. Y nos estamos enterando de su desempeño en frivolidades y corruptelas varias y bastante graves. La persona que salió con el cartelito colgado evidentemente ignoraba todo eso. Quizás su ignorancia provenía de su odio visceral a lo popular, personificado en la figura de Cristina. Lo mínimo que tengo para decirle a esa persona es: antes de salir a manifestar, por favor informáte, porque vas a quedar muy mal parado. Frente a vos mismo en primer lugar. Y frente al resto de la sociedad. Y vas a cometer el peor de los pecados: sumarte a luchas de otros y del lado equivocado. Y lo tuyo queda muy cerca de complicidad con, nada menos que traición a la Patria.
Gobernar con la gente adentro.
Una patria que ahora nos incluye, que la sentimos nuestra, y por eso es tan atacada, porque los que siempre nos hacían creer que la defendían, usaban su nombre para perseguirnos cuando reclamábamos por ese lugar que todo ciudadano merece tener adentro de su propio país. Gobernar con la gente adentro es lo difícil. Porque si se gobierna para pocos, esos pocos muy poderosos de adentro aliados con los de afuera van a ayudar. No van a poner piedras en el camino todo el tiempo como hacen ahora. Van a ayudar a consolidar a esos gobiernos que hacen “la tarea”. Y entonces se entiende la tranquilidad de Macri ante la perspectiva de ser presidente. Sus aliados de ahora seguirán siendo los que lo ayuden a gobernar. Clarín, la EEUU Embassy, la CIA, todos unidos triunfaremos, mejor dicho triunfarán ellos, pero su triunfo será nuestro fracaso.
Esto debe ser entendido por los ciudadanos de este país, sean del color político que sean. Si son de derecha, probablemente voten a un candidato afín a esa ideología y no es fácil criticar esa decisión. Pero es imprescindible criticarla porque la derecha en este momento de la historia adolece de una insolidaridad y codicia verdaderamente criminal que está llevando al planeta entero al desastre. Y de ese desastre no se va a salvar nadie por mucha sea la guita que haya logrado acumular. Limitar un poco sus obscenas ganancias es hacerles un favor, porque las consecuencias de sus tropelías también se los van a llevar puestos a ellos.
Y si se trata de algunas personas que creen ser de izquierda pero sienten que deben oponerse a este proceso que tantos logros ha conseguido, so pretexto de que sigue siendo capitalista, que sigue habiendo miseria y explotación, que todavía no se hizo la reforma agraria ni se expropiaron los medios de producción, (¡¡y que hay mucha corrupción!!, ¿qué tal esa izquierda copiando el discurso de la derecha?) me gustaría que lean las páginas que siguen donde profundizo un poco más sobre la manera en que se me ocurre que avanzan los procesos de liberación en el siglo XX
¡Quiero la revolución socialista ya!
Las revoluciones las hacen los pueblos, afirmación que no merece calificar en los anales de la originalidad. Pero si ampliamos el concepto y agregamos que no es misión del estado, por democrático que sea en sus métodos y objetivos, hacer la revolución, posiblemente ya tengamos menos consenso. Pero insistamos, cuando pretende eso, hacer la revolución desde arriba hacia abajo, el estado deviene tiranía. Por supuesto que no estamos hablando de cualquier estado. No de un estado cooptado por el neoliberalismo, represor en sus objetivos y en sus métodos, del cual sólo cabe esperar que termine su mandato y sea recuperado por el pueblo. Estamos pensando en un estado democrático, en donde se ha logrado un mínimo grado de progreso en los niveles de inclusión, soberanía, aún dentro de los limitados marcos del sistema capitalista de producción. Un estado gobernado por dirigentes que llegaron al poder político mediante elecciones, con todas las limitaciones que eso conlleva. Pero justamente, la pregunta es si se puede pensar una profundización de la democracia (que inevitablemente significa empoderar al pueblo, que a su vez implicará desempoderar a los dueños) a partir de la sola posesión del poder político en una sociedad en donde el verdadero poder, el de siempre, sigue en las mismas manos de siempre. Es una apuesta extremadamente ardua y por supuesto, de final incierto. La profundización de la democracia es un proceso en si, revolucionario, porque los poderosos no van a conceder graciosamente ese empoderamiento que sólo puede hacerse a costa del poder que ellos han detentado hasta ahora. La revolución puede transitar diferentes caminos, algunos directos, otros sinuosos. Un camino directo es un “lujo” que sólo se pueden permitir los procesos violentos, o sea los que llegan al poder a través de una lucha armada que destruye el poder del estado capitalista derrotando a su ejército. Eso siempre fue utópico y su desenlace, totalmente incierto, aún en caso de victorias militares. Y supone la construcción de un poder militar superior al del establishment, lo cual es aún mas utópico. Entonces deberemos conformarnos con los caminos sinuosos, esos que avanzan lentamente en la medida en que va creciendo la conciencia del pueblo que es el que debe encontrarlos. La misión de ese estado, que llamaremos liberador, es permitirle buscarlos. Para ello debe generar las condiciones para que el pueblo para empezar, aparezca, se visibilice. Porque la derecha invisibiliza a los de abajo, si pudiera los haría desaparecer (cosa que ha intentado muchas veces dicho sea de paso). Hacer aparecer al pueblo, visibilizarlo, empieza por lograr que se alimente bien, que tenga trabajo, que tenga salud y educación gratuitas. El estado popular democrático debe promover la cultura en todas sus formas en absoluta libertad. Debe asegurar un acceso libre a toda la información, para lo cual el enemigo principal suelen ser las corporaciones mediáticas asociadas con los capitales concentrados de la economía. Pero la lucha contra esos enemigos debe buscarse no solo a través de leyes, sino que debe priorizarse el desarrollo de fuentes de información plurales e independientes. Agregar voces. De esa manera se crearán las condiciones para que la consciencia política de un número cada vez mayor de personas crezca y se desarrolle. Ese conjunto de personas con un nivel de consciencia en proceso de construcción permanente, es lo que constituye “el pueblo”. Antes de eso sólo tenemos un grupo de individuos concentrados en procurarse el mayor bienestar individual, lo que suele denominarse como “la gente”. Los que reclaman desde una izquierda declamada, porque los estados llamados progresistas (lo que la derecha denomina populistas) no “hacen la revolución” demuestran que en sus subjetividades políticas hay resabios de estalinismo. Porque eso es lo que termina ocurriendo cuando el estado se arroga funciones que no son las suyas. ¿Y por qué “hacer la revolución” no es función del estado” En primer lugar, porque eso era el estado previsto por el marxismo, la dictadura del proletariado, una transición revolucionaria entre un estado representante de la clase de los dueños del capital y un estado representante de los intereses de la clase obrera. Un sistema que se autodefine como dictadura, aunque sea la del proletariado, inevitablemente seguirá siendo eso, una dictadura. Nunca llegará a abolirse a sí misma para crear el estado sin clases, en libertad y abundancia que Marx pronosticaba: el estado comunista. Porque cuando se dice “el proletariado” se habla de millones de personas. Pero por razones más que obvias, nunca un estado puede constituirse con millones de personas gobernando. Se necesitan “representantes” de esos millones. Si se da que esos representantes son individuos de una calidad humana superior, proclives a ejercer el poder siempre en beneficio de los otros y a empoderarlos a ellos, (sus representados) podría esperarse (con un importante grado de optimismo e ingenuidad) que se desarrollen sociedades con bienestar creciente de sus habitantes y con libertad. La historia es implacable con estas ingenuidades. Muerto Lenín, surge Stalin dentro de cuyas cualidades no figuraba ni el genio ni la grandeza. Ya conocemos lo que sucedió finalmente en la URSS y en que se transformó el proceso supuestamente de construcción de una sociedad comunista. El caso de Mao es, con las obvias particularidades de ambas sociedades, bastante similar en su desenlace final. Ni falta hace que nos pongamos a analizar casos como el de Corea del Norte. El único caso que mantiene viva la esperanza de un proceso revolucionario con valores humanísticos que alimenta aún el optimismo de muchos en el mundo, es el de la Revolución Cubana. Pero su caso es de una excepcionalidad tal, que nos va a ayudar a entender cual es la segunda razón por la que pensamos que los procesos revolucionarios no deben ser liderados por los estados, por buenas que sean las intenciones de sus funcionarios en algún momento inaugural de los procesos.
En el siglo XX, hasta la caída del muro de Berlín, dos modelos disputaban hegemonía en el mundo. El capitalismo con sus loas a la libertad y la democracia (cuyas limitaciones ya conocemos) y el comunismo que sólo podía exhibir procesos de transición desde un capitalismo de estado paternalista hacia, supuestamente esa sociedad sin clases que tan poéticamente auguraba Marx y que se definía como la sociedad comunista. Justamente el gigantesco aporte filosófico y de economía política de Marx junto a Engels y la posterior contribución de Lenín, no sólo a nivel teórico sino fundamentalmente político, revolución bolchevique exitosa mediante, llevó a considerar al “marxismo leninismo” como “el manual de usuario” de todo aquel que se planteara una praxis revolucionaria para reemplazar al capitalismo con su larga historia de explotación de las masas del planeta entero. Pero, la historia se solaza con patear el tablero de los que intentan hacernos creer que hay destinos ya trazados, desenlaces inevitables, vengan estos pensares de donde vinieren. Dios o el devenir de las fuerzas productivas, da lo mismo. No hay un proyecto ya establecido. Depende de nosotros. Y hoy, siglo XXI, el fracaso del bloque socialista en su intento de llegar a la utópica sociedad sin clases, la sociedad en la que demos “a cada cual según sus necesidades y recibamos de cada cual según sus posibilidades” (Marx, Crítica al Programa de Gotha), ese triste fracaso que derrumbó las ilusiones de millones que vieron como los estados totalitarios se liberalizaban con el simbólico derrumbe del Muro de Berlín (lo que era una muy buena noticia) pero que también vieron como se tomaban por asalto las empresas que supuestamente pertenecían al pueblo y pasaban a manos de burócratas devenidos en los mas fastuosos millonarios del mundo; ese fracaso, ese derrumbe del más importante proyecto de toda la historia de construcción de una sociedad basada en el hombre, nos dejó sin “manual de usuario”.
Pensando nuevos caminos.
Entonces, hay que pensar de nuevo señores. Ya no somos “marxistas-leninistas”. Pero tampoco vamos a creer que el dios mercado nos va a llevar a una sociedad en la que valga la pena vivir. Y ese pensar de nuevo debe ser un acto colectivo. Las críticas de los grandes filósofos de la historia como Hegel, Marx, Engels hacia los desmanes de la sociedad basada en el lucro, la sociedad capitalista, para peor en su etapa más salvaje, más irracional, la del neoliberalismo, nos será muy útil. Pero sus soluciones, su manera de plantear la inevitable revolución deberá ser pensada de nuevo. Pensada de nuevo.
Vivimos en un mundo en el que los fundamentalismos han perdido prestigio. Justamente porque es un mundo asolado por los fundamentalismos. Pero cuidado, no estoy pensando solamente en las variaciones extremas y deformadas del Islam. Tampoco en el sionismo y sus tropelías varias perpetradas contra pueblos indefensos en territorios ocupados con la sola legitimidad que surge de las armas. Esos son los visibles. Pero hay otros fundamentalismos que actúan cotidianamente, en la vida de todos los hombres, no sólo en el manejo del poder efectivo sobre las relaciones entre las personas, no sólo en la manera como se distribuyen los recursos, no sólo en la forma en la que se trata al planeta. Se ha incorporado en las subjetividades de los hombres y mujeres que habitan el planeta, de manera que resulta muy difícil siquiera pensar un mundo diferente. Una vez alguien dijo que nada hay más poderoso que una idea a la que le llegó la hora. No sé si eso es tan cierto. De lo que no caben dudas es, que si primero no se logra establecer una hegemonía liberadora, la liberación no es posible. El mercado gobierna el mundo. Pero las leyes del mercado no le convienen a nadie. Ni siquiera a los más acérrimos defensores dentro y fuera del país. Cualquier actor económico se establece en un determinado campo y lo que va a intentar es eliminar competidores. Por eso las actividades en todo el mundo están manejadas por oligopolios. Y por eso existen en casi todos los países leyes que regulan, con un escaso éxito reconozcámoslo, las actividades monopólicas. O sea que estamos manejados por valores que a nadie le conviene que se cumplan. A los de abajo, porque la economía de mercado los excluye dada su falta de solvencia. Pero tampoco le conviene a los de arriba (aunque se guarden de decirlo), porque la libre competencia va a complicarles la vida a la hora de ganar desmesuras en sus negocios. Entonces, señores, hablemos claro: el mercado conduce el mundo. Pero no a través de leyes igualitarias o que tienden al bien común, sino de manera de que los ricos y poderosos (que son los que lo manejan) sean cada vez mas ricos y poderosos. Ya lo decía el General Perón, no hay mercado libre, o lo maneja el estado o lo manejan los monopolios. Volveremos sobre el tema.
¿Cómo se lucha contra esto? Trabajando para construir una hegemonía liberadora. Y aquí aparece el rol del estado como agente de cambio. Deberá abrir canales, ventanas de comunicación absolutamente libres de toda tutela. Permitir que se expresen con absoluta libertad todas las corrientes de opinión. No hay una verdad única y establecida de una vez y para siempre. Esa es la postura de la derecha. Recordemos lo dicho al empezar estas páginas. El hombre de izquierda sabe que sólo hay verdades situadas en el tiempo y en cada contexto regional. Y como no hay verdades absolutas, debe trabajarse constante y denodadamente para encontrar las nuevas verdades de hoy que reemplazarán a las de ayer. Debe trabajarse la historia mientras se está construyendo. Hay pocos momentos en que esto sucede, en que uno es testigo de la historia liberadora que ocurre en paz y libertad delante de nuestros ojos. Este es uno de ellos. Porque disfrutar de un estado que es agente de cambio, de un estado liberador, de un estado popular democrático que abre de par en par las ventanas de la comunicación, de la cultura, es un privilegio de que gozan algunos pueblos de América en estos días. Entre ellos, nuestra Argentina gobernada desde hace doce años por un proyecto político que no sólo dio de comer, no sólo invirtió en salud y educación como nunca antes, no sólo puso de pie a la Argentina frente al mundo aliada con sus naciones hermanas de la Patria Grande. También promovió la cultura como nunca antes. Canales de televisión como Encuentro, Tecnópolis TV, Paka Paka, la TV Pública, Incaa TV, Arpegio (canal de música clásica las 24 hs.) todos de difusión universal y gratuita han sido vanguardia y son elogiados en el mundo entero. La promoción del cine argentino como nunca antes. Los escritores que pueden obtener una jubilación de tres veces la mínima, cuando antes dependían de que sus libros siguieran en el mercado para no morirse de hambre al llegar a la vejez.
La cultura desarrollándose en libertad absoluta. La historia repensándose y despojándosela de los estereotipos que los vencedores nos impusieron desde hace más de un siglo. Alumbra un nuevo mundo. Pero deberá lucharse denodadamente para que se puedan oír todas las voces. La manera infame en que el grupo Clarín ha logrado hasta ahora frenar la plena vigencia de la ley de Medios de Comunicación Audiovisuales con la complicidad manifiesta de un Poder Judicial cooptado por la derecha, demuestra claramente la importancia que los grupos de poder le dan a la lucha por la hegemonía. Por eso resulta incomprensible que haya tantos que no entiendan cuál es la lucha hoy. No es la corrupción de algunos funcionarios el problema, lo que no quiere decir que debemos ser cómplices de esos hechos, si se comprueban. Pero la contradicción principal es lograr que los de a pie tengan acceso a la información. Que “saber lo que pasa” no sea tarea de exégetas que deban bucear entre los vericuetos de las páginas interiores de los pasquines salteando los títulos porque ya se sabe que son mentirosos. Que un payaso que se dice periodista (porque alguna vez lo fue y de los buenos) no largue un infundio el domingo a la noche, lo tome la radio del mismo grupo a las siete de la mañana siguiente, siga otro por cable transmitido por más de doscientos canales del mismo grupo a todo el país y machaque todo el día con exactamente el mismo tema y hasta usando las mismas palabras. De nada servirá enterarnos dos días después que eran todas mentiras. Ya será tarde porque ya se sembró desánimo, amargura, cinismo, anti política…
Llama mucho la atención que gente que se dice de izquierda ponga en la misma bolsa a Clarín y su banda, con 678 y los pocos programas que tratan denodadamente de desenmascarar la basura mediática. Como si fueran dos campanas a las que vale respetar por igual. Señores, 678 nace porque Clarín miente ¿les suena? Pero no es que miente porque a veces se le escapa alguna información equivocada. No, sucede que cuando se trata de informaciones que tienen que ver con el gobierno nacional, la alternativa no es “verdad o mentira”, sino “funciona o no funciona” para horadar, destruir, minar, desalentar, ocultar, difamar…Entonces, ¿Qué sería de nosotros (todos, no sólo los kirchneristas) si no existiera 678 o los otros que cumplen un función parecida? Entonces cuando alguien que milita en el PO me habla mal de 678 me pregunto ¿pero entonces éste como se entera de las mentiras de los medios hegemónicos si no ve 678? Porque si lo critica ferozmente haciéndose eco de la campaña infame de los Lanatas varios que pululan por la mugre mediática, es imposible que se entere de lo que se dice allí, de lo que se discute allí. Señores, 678 es un programa de desenmascaramiento de las mentiras de los medios del sistema comunicacional del establishment. Constituye una ínfima trinchera en la batalla por la hegemonía. Sólo eso. Nada más. Pero nada menos. Y juega limpio. Son periodistas que siempre estuvieron del mismo lado y lo dicen. Son kirchneristas desde hace 20, 30 años, cuando Néstor ni siquiera era gobernador. Porque las ideas que Néstor y Cristina transformaron en gestión ya estaban en las cabezas de Sandra Russo, Orlando Barone, Edgardo Mocca, Nora Veiras… desde antes de 2003. Estaban en nuestros sueños que ya desesperábamos que pudieran hacerse realidad cuando en 2001 el país se cayó a pedazos entre la sangre de los militantes masacrados en diciembre. Y por eso no podemos de dejar de ser kirchneristas. Porque ya lo éramos desde antes de 2003. Porque Néstor y Cristina aparecieron y se dieron a la tarea de cumplir nuestros sueños, de ponerle nombre a nuestros sueños. ¿Qué, alguien puede decirnos que teníamos sueños chiquitos? No señores, teníamos sueños grandes, supimos tener sueños imposibles en la época en que luchábamos por cambiar el mundo. Pero fuimos derrotados. Fuimos derrotados. Perdimos una guerra que nunca debimos declarar porque era una guerra con final anunciado. Un grupo de loquitos soñadores enfrentando a un ejército poderoso y teniendo detrás y a la espera al ejército más poderoso del planeta. Pero peor aún. En nombre de un pueblo, que ni siquiera sabía que se luchaba por él. El Pepe Mujica lo dijo clarito “queríamos cambiar el mundo y ahora nos conformamos con limpiar la vereda”.
Pero si empezamos limpiando la vereda, tal vez cuando seamos muchos haciendo algo parecido y crezcamos en conciencia… tal vez, no sé si el mundo pero nuestro país, Argentina, y también América, eso si que lo vamos a cambiar. Y entonces ya no se podrá decir que soñamos chiquito.
Pensar en libertad.
Hoy la lucha es por la libertad. No la de mercado. De ésa ya volvimos. De ese verso ya volvimos, al menos algunos. Mariano Grondona entrevistaba a Espert en su programa de televisión, ese que todavía sigue, ese con el que se lavó el cerebro de millones durante la época en la que compartía espacio con el inefable Neustad. Y Espert con el mayor desparpajo se despachaba con su ortodoxia económica intacta ridiculizando las políticas de inclusión y preguntándose cómo puede ser que la gente sea tan ignorante al seguir apoyando a estos gobiernos populistas. Y Grondona asintiendo con ese entusiasmo módico que le permiten sus innumerables años. Es curioso que esta gente plantee que el pueblo es inteligente cuando vota a los que los joden y tonto cuando apoya a los que lo favorecen. Pero su argumentación no pasa de eso. Descalifican, insultan, ironizan. No va a encontrar una mísera idea amigo lector. ¿Sabe por qué? No porque Espert no las tenga, sino porque si las dice en lenguaje llano, ese que todos entienden, ese que ellos nunca usan, todos salen corriendo espantados: libertad de mercado, derrame, volver a integrarnos al mundo (como en la época de las relaciones carnales, donde no se decía, pero todos sabíamos cuál era la parte del cuerpo que poníamos nosotros).
Y por todo eso, porque todavía hay Grondonas y Espert y Melconianes varios, por eso es que la lucha es por la libertad. La libertad de pensar como se nos antoja, de hacerle al televisor las preguntas que los periodistas obedientes nunca hacen, de putear al televisor ante tanta mentira, tanto sesgo, tanta infamia a veces.
Pero ¿porque hay que luchar para pensar?, dirá alguno. ¿Acaso no tenemos ya esa libertad? ¿Acaso no somos libres en ese espacio íntimo que nuestro cerebro limita y protege? Ocurre que el proceso de pensar, cuyos productos son nuestras ideas, es como una fábrica. Entra materia prima y sale un producto elaborado. ¿Y cual es la materia prima? La información querido lector, la información. Usted va a laburar, desde hace años va a laburar, llega a su casa y ve su programa favorito, con su periodista favorito, digamos Nelson Castro. A usted siempre le cayó bien el tipo. Serio, inteligente, pinta de honesto a más no poder. Y convincente. Desde la época de Menem usted lo viene siguiendo. Y usted en esa época, sentía una total coincidencia con lo que ese periodista expresaba. Le parecía que ese periodista ponía en palabras muy bien dichas, lo mismo que usted pensaba y sentía. Lástima que el tipo hace ya rato que volcó. Se ha transformado en un orador de tribuna opositora feroz. Y sin preocuparse demasiado por la veracidad de sus infundios. Pero usted, que labura todo el día, no tiene tiempo de enterarse del vuelco del tipo. Usted no ve 678 porque no le interesa o porque sospecha, a partir de la prédica justamente de Nelson y otros, que ese programa no es serio. Y entonces no tiene manera de saber que Nelson Castro no es el mismo de antes, que dejó de ser serlo hace rato, que ahora es un escribiente mas de Magneto, junto con Leuco y el resto de la banda. Entonces usted, querido lector está preso, no es libre, está preso de su confianza, de su fidelidad, hace tanto tiempo que escucha Radio Mitre, desde la época en que a la mañana estaba Guinsburg y una de las panelistas era Sandra Russo, se acuerda? Pero ahora están Longobardi y Lanata y por Continental temprano está Nelson Castro, el doctor, ¿Cómo no va a creerle al doctor?
Preso, de su necesidad de ocuparse de su vivir cotidiano, de no tener tiempo para desenmascarar a los que hace rato que traicionaron su confianza y redoblan la apuesta cada día, a ver quién miente mejor, quien difama mejor, fíjese señor Magneto mi mentira es mejor que la de Jorgito, hace más daño, me tiré nada menos que con el hijo de la presidenta…
Por todo esto, hace falta luchar por la libertad de pensar. Ya no son los estados como en las afortunadamente pasadas épocas del fascismo o del estalinismo los que controlan nuestros pensamientos. Al menos no en nuestra América. Somos sí cautivos de nuestros propios prejuicios, nos cuesta creer que un político pueda creer en lo que dice, que su épica no sea una impostura, desde los medios hegemónicos nos refuerzan esos prejuicios sembrados durante décadas por ellos mismos, nos enseñan con el ejemplo que todo el mundo tiene precio, que el mundo fue y será una porquería…
Discépolo escribió el tango Cambalache en 1934. Vaya si ese mundo era una porquería. Y los pensadores de esos años reflejaban un desesperado pesimismo sobre el devenir humano. No me imagino hoy en día un pensador de Yemen o Tunez o Libia o Palestina…que tenga una mirada demasiado optimista sobre su realidad o incluso sobre la condición humana. Quizás lo haya, pero lo suyo debe ser rayano en el heroísmo. Pero señores, nosotros estamos en Argentina, que está en América, la patria de Evo, Chávez, Correa, la América que ha sacudido los restos de sus legendarios yugos, donde el día de la Raza ya no se festeja, se conmemora y tiene otro nombre y sobre todo otro significado, dónde los monumentos a Roca tienden a desaparecer (como antes los dinosaurios ¿eh Charly?).
Pero falta. Todavía hay trabajo esclavo en Argentina. Todavía hay hambre evitable. Todavía hay hospitales públicos que no funcionan como debieran ni se han eliminado las innecesarias gerencias del PAMI. Todavía hay demasiadas calles en todas las ciudades argentinas que se llaman Rivadavia, Mitre, Roca, ¡Rondeau! Y muy pocas, poquísimas Artigas, Facundo Quiroga, Felipe Varela…Todavía no se festeja la declaración de la independencia del 29 de junio de 1815 porque eso implicaría reivindicar a Artigas, invisibilizado como tantos otros en la historia oficial de Mitre. Todavía hay miles de casas deshabitadas compradas para especulación y miles de humanos hacinados pagando alquileres absurdos en las villas sin urbanizar de la ciudad más opulenta de Argentina, en la que el trabajo esclavo de los talleres clandestinos (pero conocidos y fomentados oscuramente por el neoliberalismo gobernante en la CABA) que igualan a Buenos Aires con Bangladesh, Buenos Aires, la ciudad gringa que cantaba don Ata, mi Buenos Aires queridoooo…
Todo lo que falta sólo se puede pensar posible de resolver si para empezar, aseguramos que no se retroceda en lo ya logrado. Si seguimos estando adentro los que ya fuimos incluidos y esperando a los que faltan, porque todavía faltan muchos para incluir. Pero si volvemos atrás, si nos descuidamos, si en nuestro trayecto del trabajo a casa y de casa al trabajo no nos hacemos un lugarcito para pensar, sólo para pensar con libertad, para cuestionar el mensaje único repetido hasta el cansancio por las usinas de la desinformación mediática, podemos ser artífices del retroceso y no de la continuidad del camino ya recorrido. Los humanos tenemos la costumbre de naturalizar los logros. El tipo se hizo su casa con el Plan Procrear, su madre cobra la jubilación de ama de casa y su hijo estudia en la universidad pública y gratuita y cobra una beca que le permite, en lugar de pagar por estudiar, como en tantos otros países, recibir dinero del estado además del servicio educativo. Pero por extrañas razones el individuo es opositor. Compró el relato mafioso de la “corrupción insoportable K”. De “los permanentes ataques a las instituciones de la República” de Carrió. Y quiere “un cambio”. Un cambio. Claro que ni se le ocurre pensar que en el menú de ese cambio que le prometen figure despojarlo de todos los beneficios de que disfrutan él y el resto de su familia. Está tranquilo, son sus derechos y el estado tiene obligación de asegurárselos. No tiene nada que agradecer. Pero lo que no está teniendo en cuenta es, primero, que no ha sido en nuestra historia un hecho habitual que el estado cumpliera con su obligación de garantizar los derechos de todos los ciudadanos, y segundo, que no fue nada fácil lograr que esos derechos se cumplieran, porque en toda situación injusta, normalmente hay alguien que saca provecho de eso. Y que fue feroz la oposición a las medidas que hubo que tomar para hacer posibles esos derechos, porque fue necesario cambiar el statu quo de muchas áreas en las que había grupos muy poderosos que se beneficiaban con la situación anterior. Y esos grupos hoy están acechando, esperando su oportunidad de regresar. No le van a decir que quieren eso, le van a hablar de republicanismo, de libertad…pero lo que realmente quieren es que retornen sus privilegios.
Pongamos un ejemplo muy sencillo y fácil de entender. Macri ya dijo que al otro día de asumir eliminaría la restricción de comprar dólares para atesoramiento (lo que estúpidamente llaman “cepo”). Después se desdijo porque lo deben haber retado desde los reductos desde donde controlan sus torpes decires habituales, pero no importa porque ya lo había dicho (y porque piensa eso) y entonces vale para el ejemplo. Supongamos que hace eso. Nada más que eso. Permitir la compra irrestricta de divisas a quien sea. Inmediatamente se produce una corrida para comprar esos dólares que, entonces sin ninguna limitación, el Banco Central deberá vender a todo aquel que los solicite. Dicho sea de paso, Macri, su familia y amigos serán los primeros de la fila. ¿Cuánto durará la corrida? No lo sabemos, dependerá de las reservas y de cuál sea el punto de equilibrio que finalmente se alcance. Pero de algo podemos estar seguros: será un valor muy superior al actual, porque todo incremento de la demanda de algún bien produce un aumento de su precio. Y va a permitir una enorme fuga de capitales, como ya la hubo antes de la regulación (80 mil millones de dólares se fugaron hasta noviembre de 2011, que fue la fecha en que se pusieron las restricciones a la compra de divisas. ¡Y le llaman “cepo” a esa imprescindible regulación!) La devaluación del peso va a producir un inmediato brote inflacionario y una importante merma de las reservas del BC. Los ingresos de los asalariados sufrirán una inevitable reducción de su poder adquisitivo. Esa baja en la demanda agregada generará una recesión y un descenso de la recaudación impositiva. El conjunto de efectos implicará un desfinanciamiento del estado. Menos recursos, menos reservas en el BC, una economía en recesión creciente va a requerir una solución “heroica”: buscar financiamiento externo (volver a los mercados), cosa que se logrará con unas condiciones muy sencillas y muy conocidas por todos: achicar el gasto social, metas de inflación…las viejas fórmulas del FMI que ya nos fundieron en los 90 y que siguen arruinándole la vida a los países que siguen sus recetas: España, Portugal, Irlanda, Grecia…
Observe el lector con qué facilidad se destruye todo lo conseguido en estos años, con sólo una simple medida: levantar las restricciones a la compra de divisas. ¿Desea el lector completar el menú? ¿Tal vez pagarle a los buitres lo que el juez Griesa les concedió (Macri ya dijo que lo va a hacer)? Todo el proceso de debacle se acentuará, porque pasaremos a deber decenas de miles de millones de dólares más. ¿Algún postrecito, tipo eliminar retenciones a los pobres muchachos que se esfuerzan levantándola en pala en los campos de soja de la patria? Mejor aún, solo falta llamarlo a Cavallo y ponemos los fideos.
Lo que acabo de describir no es una desmesura imaginativa de algún delirante. Todas son medidas que Macri dijo que implementaría si llegara a la presidencia de la república. Y los efectos que describo son absolutamente inexorables. Que por otra parte no son algo raro en el menú habitual del neoliberalismo. Pero el hombre común, ese que labura y cree que su vida ya está encarrilada porque tiene trabajo y paritarias anuales y sólo se plantea que le suban el mínimo no imponible de ganancias (porque cree que es un robo que le cobren “impuesto al trabajo”) no sabe eso. Ni se le ocurre pensar que todo eso que funciona como a él le sirve (aunque se queje) puede venirse abajo tan, pero tan fácilmente.
Dos proyectos.
En este momento en Argentina hay una disputa de dos modelos: uno responde a la manera tradicional de manejar la economía, lo que se conoce como el enfoque ortodoxo, que es el que se promociona en la mayoría de las cátedras de economía del mundo, incluyendo las de Argentina. Sus postulados fueron establecidos por Adam Smith en 1776, fecha en la que se publica su libro más importante, “La riqueza de las naciones”, completados por David Ricardo cuando en 1817 se publica su obra “Principios de economía política y tributación”. Sin ánimo de minimizar los aportes al pensamiento económico universal de estos máximos exponentes del fundamento filosófico del capitalismo, no debe de pasarse por alto el hecho de que han pasado ¡doscientos años! desde que esos principios fueron establecidos. Pretender que se pueda seguir aplicando una teoría económico-social pergeñada en una época tan lejana y en el contexto del naciente capitalismo británico, sólo puede explicarse porque sus resultados favorecieron siempre a los dueños del dinero. “Competencia perfecta” “la mano invisible del mercado”, “valor de salario natural” “pleno conocimiento de todas las variables económicas por parte de todos los agentes” y su consecuencia natural: “la previsión perfecta”, son sólo unos pocos presupuestos que no resisten el menor análisis, incluso desde la más elemental lógica. Y la estrella máxima del firmamento ideológico de la ortodoxia: “la teoría del derrame”, dislate que establece que hay que permitir que los capitalistas se enriquezcan sin regulación ni límite alguno, porque cuando les sobre la guita (nunca sienten que les sobra), van a derramar esos excedentes “hacia abajo”, generando bienestar colectivo para todos y todas (nunca pasó). Todas estas ideas (en cuyo desarrollo no me extiendo pero que están al alcance de cualquier interesado en profundizar su conocimiento, más allá de que se explican por sí solas) se han exacerbado en la transición del liberalismo hacia el neoliberalismo. El liberalismo surge a partir de la necesidad de desvincular al estado de la economía. El poder político debe dejar de inmiscuirse en las cuestiones económicas para permitir que las leyes del libremercado influyan virtuosamente sobre toda la sociedad.
Pero el neoliberalismo va más alla: se produce un desplazamiento de la soberanía desde el poder político hacia el económico, la soberanía reside en la economía. Cuando durante el menemismo el ministro Cavallo tenía una clara preeminencia sobre el presidente Menem (que por otra parte nunca supo un pomo de economía), porque aquel era el que tomaba todas las decisiones, y el que era todo el tiempo reporteado mientras que el rol de Menem era jugar al golf y bailar con odaliscas y solo darse una interrupción en su vida frívola para firmar lo que Cavallo le ponía delante, eso era la extrema expresión del neoliberalismo. Era la sumisión total del poder soberano ante los que manejan la economía. Y con el presidente De la Rua sucedió lo mismo. Para decirlo en una sola afirmación: para el neoliberalismo la soberanía reside en la economía. O en otras palabras: el neoliberalismo es el fundamentalismo del liberalismo.
Decir que la soberanía reside en la economía implica casi una postura teológica sobre el mercado. Éste regula todas las actividades, incluso se autoregula. Si un señor tiene una fortuna de, digamos 1000 millones de dólares, debe buscar la manera más efectiva de multiplicar ese capital. Ante la disyuntiva de invertirlos en un emprendimiento productivo (o prestárselos a alguien que haga eso) o comprar deuda en default de un pequeño país y esperar los años que sean necesarios para litigar y lograr de esa manera una multiplicación de su capital diez o veinte veces mayor que de la otra manera, debería, de acuerdo con la lógica del fundamentalismo de mercado elegir la segunda opción. Y hacerlo con la conciencia tranquila, porque está respetando las leyes del mercado, que pertenecen al orden natural de las cosas, más aun, que son sacrosantas. Si existe más de un negocio posible, debe ejecutarse el más rentable. El señor Paul Singer tiene esa lógica. Ni se le ocurre pensar que lo suyo es una infamia que destruye sociedades y hambrea pueblos. O en todo caso dirá que son daños colaterales, expresión que los yankees usan muy a menudo, para justificar las muchas tropelías que perpetran en el planeta.
Claro que si ese tipo de conductas se generaliza, si todos los millonarios del mundo hacen eso, no sólo el hambre y la exclusión van a crecer de manera exponencial, sino que nadie va a invertir en emprendimientos productivos, porque las ganancias que se pueden lograr en la especulación siempre van a ser superiores.
¿Qué va a pasar con el mundo? ¿Cómo se va a generar la riqueza? ¿Quién va a arriesgar su capital para fabricar algo si la demanda de productos disminuye dada la desaparición de la solvencia de la mayoría de la población? La respuesta del neoliberalismo es que cuando se llegue a ese nivel, será el mercado el que suministre la solución través de la desaparición de una gran masa de personas (sería una variante de la solución final) que no tienen viabilidad económica y el mercado encontrará un nuevo punto de equilibrio mucho más racional en un planeta con menos personas pero mucho más realizados y felices. Claro que esto no se lo va a reconocer nadie, amigo lector y por suerte falta todavía para que este escenario se concrete. Pero vamos en camino. Y poner obstáculos en ese camino, desmontar ese mecanismo perverso que la codicia planetaria está ejecutando en el mundo, es la tarea más importante que se plantea en este momento en el planeta. Se trata de hacer inviable el mecanismo de la especulación financiera. Se trata de romper esa lógica que parece racional de que todas las deudas deben pagarse cueste lo que cueste. Aún aquellas que fueron contraídas como consecuencia de políticas destinadas justamente a generar endeudamiento y no desarrollo. Pero romper esa lógica, no se va a lograr sin lucha. Y la vanguardia de esa lucha es la que se está llevando a cabo en Argentina en este momento. Los fondos buitres van en camino de manejar el mundo (si es que no lo manejan ya). Y tienen aliados en todas partes. La American Task Force Argentina, fue creada para quebrar la voluntad de Argentina de cumplir con sus compromisos de pagar a los hold in en el marco del acuerdo logrado con el 93% de los tenedores de bonos. Se trata para la ATFA de lograr que los que habían quedado afuera del acuerdo, cobren la totalidad de la deuda nominal más los intereses. Si el país hace eso, si Argentina accede a cumplir el fallo del juez Griesa, se cae toda la reestructuración con quita que se consiguió gracias a la gestión de Néstor en 2005 y Cristina en 2010. Argentina, de la mano de Cristina y Kicillof resiste esos embates.
Uno esperaría que en esta gesta, todo el arco político debería estar alineado detrás del gobierno nacional, valorando como se merece esta postura, y además porque no se entiende a quien podría convenir que el país quiebre, salvo a los fondos buitres que, en primer lugar cerrarían su negocio vil y en segundo lugar darían un ejemplo aleccionador para futuros intentos de reestructuración de deuda soberana de otros países, verbigracia Grecia, España, etc. Entonces, como no se entiende esa subordinación a los intereses de los buitres, uno no le queda otra que pensar que esa funcionalidad no debe ser casual, sino que debe constituir una real cooptación de la dirigencia política argentina por parte de Paul Singer y demás plumíferos personajes. Que la diputada del Pro Laura Alonso esté vinculada con la ONG Vital Voices que a su ver recibe dineros de Paul Singer aclara bastante alguna duda que alguien pueda abrigar al respecto. Y la yunta que formaron con Patricia Bulrich, no sólo en el escándalo Nisman, sino en toda su gestión a favor del cumplimiento del fallo Griesa, confirma todas las sospechas. Y si uno se toma el trabajo de leer la denuncia que Nisman presentó en contra de la presidenta y compara con los considerandos de la campaña de la ATFA en EEUU (anterior a la denuncia de Nisman), las coincidencias son evidentes. Entonces todo cierra, especialmente si uno hace memoria y recuerda que el fiscal pedía permiso a EEUU para redactar sus escritos en la causa AMIA, según quedó establecido en los cables que se conocieron a través del libro “Argenleaks” de Santiago O’Donnell. Y que las autoridades de AMIA, una semana después de aprobar el memorándum de entendimiento con Irán, se dieron vuelta como un panqueque después de recibir instrucciones ya nos imaginamos de quien.
Pero la feroz reacción del establishment en contra de Argentina no sólo responde a su actitud valiente frente al poder financiero internacional en su variante más despiadada. No sólo es una cuestión de recuperar el dinero invertido más todos los gastos que les está insumiendo litigar contra Argentina. Como dijimos en el comienzo de este apartado, el neoliberal no es el único modelo existente en el mundo.
Hay un enfoque heterodoxo de la economía política que, en primer lugar rescata la preeminencia de la política sobre el mercado. De esa manera el acento está puesto en el hombre y no en el dinero. Se deberá gestionar el estado buscando la felicidad del pueblo y la grandeza de la Nación que así, redondita era la definición que el General Perón daba a la síntesis de la doctrina justicialista. Entonces, volvemos a la decisión de Néstor Kirchner cuando dijo primero distribuir y después crecer que, en lenguaje económico se traduce en privilegiar el fomento de la demanda y de esa manera surgirá la oferta para satisfacer a esa demanda. La ortodoxia en cambio pone el acento en la inversión para mejorar la oferta. Pero ocurre que si no hay demanda porque el pueblo no tiene trabajo y el que tiene está muy mal remunerado, la inversión no se conseguirá para abastecer un mercado inexistente. ¿Alguien invertiría hoy en día para instalar un moderno establecimiento para fabricar sombreros de fieltro? ¿Por qué no? Sencillamente porque nadie usa ya ese tipo de adminículos. Sin mercado, no hay inversión en oferta. Entonces las tan promocionadas “inversiones” deberán orientarse a abastecer el mercado externo, o sea a la exportación de materias primas porque para los productos manufacturados se necesita industria y competitiva internacionalmente (flexibilización laboral mediante), que sólo se puede desarrollar cuando hace sus primeros intentos abasteciendo un creciente mercado interno. Pero que nos dediquemos a exportar bienes primarios es justamente el proyecto del establishment internacional. Y si obedecemos, entramos en el círculo vicioso del neoliberalismo con restricción de la demanda agregada y consecuente desocupación, a diferencia del modelo que se está impulsando con las lógicas particularidades en Argentina y algunos otros países de América como Ecuador, Bolivia, Venezuela y cuyos resultados en crecimiento e inclusión social son inéditos. Y ése es el tema que les preocupa a los que manejan el mundo desde el más crudo neoliberalismo: que está resultando exitoso. Mientras no hay un solo ejemplo en el mundo de país que haya remontado una crisis terminal aplicando las recetas de ajuste del FMI (crisis provocada por esas mismas recetas) Argentina es el más contundente ejemplo de que las cosas se pueden hacer de otra manera y exitosamente. Claro que el camino elegido no está exento de dificultades. En primer lugar, no hay una receta única como si la hay en la ortodoxia. Hay que usar la cabeza, hay que crear mientras se gestiona, hay que estar dispuesto a desandar caminos que se descubren erróneos sobre la marcha, especialmente porque la oposición de los esbirros del establishment es despiadada y todo el tiempo van a trabajar sobre los cerebritos colonizados durante décadas, sembrando desánimo, mintiendo, pronosticando catástrofes. Es una lucha muy dura y uno no deja de asombrarse de la entereza de Cristina y Kicillof para seguir y seguir y teniendo que desmontar campañas de difamación de adentro y de afuera que no cejan en su empeño de horadar la confianza que el pueblo tiene en sus líderes.
El odio.
Hay cuestiones que en la política de hoy en día a uno lo llenan de perplejidad. El rechazo casi visceral a la figura de Cristina que tienen muchas personas es uno de ellos. Y suele notarse cuando en mitad de una discusión que uno plantea en términos lo mas ecuánimes posibles tratando le llevar la cosa por el lado de los hechos y evitando las descalificaciones, el interlocutor corta todo diálogo con algo por el estilo de “no la soporto a Cristina”. Y entonces todo se termina. No hay argumentación posible después de una confesión de ese calibre. Frente al odio, los argumentos son estériles. Uno comprende que hay un sector duro que tiene motivos para alimentar ese tipo de sentimientos: son los que perciben la política de derechos humanos del gobierno como un ataque personal. Probablemente en muchos de estos casos hay un involucramiento personal con la dictadura cívico militar que asoló Argentina en los años terribles de 1976 a 1983. Involucramiento o complicidad. Es una pérdida de tiempo tratar de convencer a esas personas para que cambien su mirada sobre el kirchnerismo.
Pero hay un sector mucho más numeroso que ese núcleo duro, que comparte parecidos sentimientos. Y uno no deja de preguntarse ¿por qué? Personas cuya cotidianidad ha mejorado muchísimo gracias a la gestión del gobierno, pero odian a Cristina con una intensidad que a uno lo llevan a preguntarse ¿habrán tenido una experiencia personal desagradable, tipo una estafa, o un accidente de tránsito vinculado con alguno de la familia Kirchner? Es obvio que eso no puede haber pasado. ¿Entonces?
Una gestión gubernamental se lleva a cabo mediante un equipo de funcionarios que, justamente, cumplen sus tareas para solucionar los problemas que tiene un país. Si el balance de esa gestión es favorable, porque ese país está mejor que antes de la llegada de ese equipo al gobierno, uno debería acordar con ese equipo, porque hizo bien las cosas. Criticar por las que no se hicieron bien y también por las que faltan hacer, pero apoyar el resto. Eso es un balance racional que, sería esperable que todo ciudadano haga. Los aspectos estrictamente personales verbigracia como habla determinada persona desde lo gestual, o cómo se viste etc. etc. etc., deberían quedar afuera del enfoque, deberían quedar para la anécdota. Un médico prestigioso lo es por su aporte a la medicina. Un puente bien construido consigue el reconocimiento y el aplauso para el ingeniero que lo diseñó y construyó. Lo mismo sucede para cualquier otro ejemplo que pongamos. Pero a Cristina parece que se le exige otra cosa. Los que se oponen sólo se detienen en esos detalles, cómo habla, qué carteras usa, en qué hotel se alojó. ¿Se imagina el lector que algún diario de EEUU objetaría el lugar de alojamiento del presidente Obama cuando sale de gira? Pero, más cerca: ¿alguna vez algún periodista nos contó en que hotel se hospedó Macri en alguna de sus innumerables giras? ¿O cuanto gastó en sus tours por el Mediterráneo? Entonces, ¿Por qué esa tan, pero tan distinta vara para medir uno y otro personaje político? ¿Por qué, si estamos en presencia de un funcionario, de la máxima autoridad de la República, no se limita la cosa a la crítica a su gestión, a lo que ha hecho o dejado de hacer? ¿Será porque se trata de apelar a lo emocional, a la construcción de una imagen que pueda alimentar sentimientos de desagrado, de repulsa, de odio incluso? ¿O será porque por el lado de la gestión el saldo es tan, pero tan abrumadoramente favorable, que mejor miremos para otro lado, busquemos en otro lado para criticar, busquemos en la descalificación, en el supuesto flanco éticamente débil, en la teoría de la impostura?
Es una impostora
Creo que el primero que sacó de la galera la teoría de la impostura fue Pino Solanas. Y fue en los momentos iniciales del gobierno de Néstor, ante esas primeras medidas que nos sorprendieron primero y admiraron después. Pero, a todos no les pasó lo mismo. ¿Habrá pensado Pino que el flaco le quitaba las banderas? ¿Tendremos que atribuir esa singular interpretación de la política a alguna forma de la envidia? No me interesa bucear dentro los vericuetos del alma humana para descubrir las razones por las que los actores políticos actúan como lo hacen. Justamente porque sería como hacer lo mismo que les critico. La teoría de la impostura consiste en reconocer algunos logros de la gestión pero no valorarlos porque no responden a lo que realmente piensa y siente el que los produce. Por ejemplo, el “curro de los derechos humanos” es un ejemplo de la teoría de la impostura. Plantea que ni Néstor ni Cristina creyeron de verdad en la necesidad de implementar políticas de búsqueda de verdad y justicia. Lo hicieron para obtener rédito político. De ahí, el curro.
Hay dos claros disparates en esta postura. El primero es atribuirse un conocimiento sobre la interioridad de las personas al que ni siquiera se animan los profesionales serios de las ciencias de la conducta, fuera de un contexto terapéutico. Y el segundo disparate es dar por supuesto que esa decisión, la de llegar hasta las última consecuencias en el tema de los juicios a los genocidas, era bien vista por la mayoría de la población. Personalmente creo que la cosa estaba, al menos en sus comienzos, más bien dividida. Pero hay algo más en afirmar que Cristina hace cosas en las que no cree por razones “demagógicas”. Están las ganas de meterla en la misma bolsa de todos los políticos que actúan en función de lo que creen que es rentable electoralmente hablando. Y voy a recordar un hecho que a mi me hizo reflexionar y que quiero compartir.
Escucho y veo la noticia de que Cristina va a ser madrina de una beba hija de dos mamás. ¿ARGENTINA AÑO VERDE? No. Porque ésa era una frase que se usaba hace mucho tiempo, creo que en un programa de televisión y que refería a un país soñado, en el que todo funcionaba idealmente, por caso, Noruega o Dinamarca o Suecia. Pero nadie, en esos años en los que la frase era un lugar común, nadie, insisto, habría imaginado que alguna vez una Presidenta de la República fuera a ser madrina de una niña hija de un matrimonio igualitario. En esas épocas, la homosexualidad todavía, por ejemplo, era considerada una enfermedad por la OMS. ¿Mi primera reacción? Emoción, del tipo de las que surgen frente a algo vinculado con la grandeza de espíritu. ¿Mi segunda reacción? Preguntarme cómo llegará a los oídos derechosos esta noticia. ¡Escándalo, vergüenza, como va a apadrinar a una hija de una junta de lesbianas! Y seguirme preguntando ¿Y si nos corremos un poco de esa extrema y prejuiciosa mirada? Digamos, mas hacia el centro. Y, no sé. En todo caso, es una noticia que es más probable que reste y no que sume, si estamos hablando de la imagen pública de Cristina. Y aquí llegamos al punto al que quería llegar. Frente a esperpentos que se venden como políticos que hacen (muy poco o nada) y dicen (mucho, todo el tiempo) inspirados o directamente dirigidos por asesores de imagen que les dicen qué creen que la gilada espera que le digan, no importa que haciendo o diciendo determinadas cosas, se activen las zonas mas oscuras de la condición humana; frente a esos impresentables, aparece alguien que hace lo que cree que debe hacer. Que da una señal que interpela a los prejuiciosos y emociona a los que trabajamos con nuestros prejuicios para superarlos y crecer a través de ello. Que, detalle no menor, es la Presidenta de la República.
Señores, ésa es la diferencia entre un POLÍTICO DE VERDAD, y un aventurero que se pregunta todo el tiempo cuál es la mejor herramienta para manipular a la gilada (que somos nosotros). A Cristina no le interesa sumar apoyos a como de lugar. Da señales claras. Dice por ejemplo "no podés pedirle a alguien que le han inculcado y demostrado que su vida no vale dos pesos, que crea que la vida de los otros vale más de dos pesos". Y dice eso porque se puso en el lugar del pibe chorro que equivocó el camino porque no tenía manera de descubrir otro. Y la Presidenta le está diciendo a ese pibe: "pienso en vos, te comprendo, no apruebo tu elección de vida, pero me doy cuenta de que quizás no tuviste otras opciones". Y probablemente sea la primera vez que alguien desde ese eminente lugar mande un mensaje así. Y sigue diciendo una y otra vez: LA PATRIA ES EL OTRO, LA PATRIA ES EL OTRO. LA PATRIA ES EL OTRO. Esa es la respuesta a los desaforados del odio que lo que quieren es hacer desaparecer al otro. Y que ponen manos a la obra cuando se les presenta la oportunidad de matar al diferente, presuntamente culpable de la comisión de un delito, pero seguramente culpable de portación de aspecto. Nuestra presidenta apela con sus actitudes a que cultivemos los mejores suelos internos, para que germinen y florezcan las mejores semillas. Esas que hacen que seamos un poquito mejores. O al menos, que tengamos ganas de intentarlo. Y por todas estas cosas y muchas otras, es que yo la respeto y admiro.
Pero la teoría de la impostura tiene otro costado más perverso aun. Porque si alguien es un impostor, tengo derecho a cuestionarlo muy duramente, tengo casi el deber moral de oponerme a él. No es casual que Pino Solanas haya terminado aliándose con Carrió, porque en todos los planteos de esta delirante está ausente la política, todos tienen que ver con la ética. Por supuesto que ella no tiene ningún límite moral para afirmar cualquier cosa, y sin el menor asomo de prueba, desde comparar a los chicos de La Cámpora con las juventudes hitlerianas banalizando de manera infame al nazismo, hasta decir que Cristina es una asesina capaz de matar a Nisman, nada le queda chico a la hora de ensuciar honras ajenas. Así le va. A ella y también a Pino. Pero han hecho mucho daño. Porque apelan a resortes oscuros del alma humana que todos tenemos y que en algunos resultan más fáciles de activar que en otros. Y que no tienen nada que ver con la discusión política, más bien la eluden, la dejan de lado. Y conducen a otra conducta típica de los opositores emocionales. La de los que te dicen de pronto:
“No le creo a Cristina”.
¿Qué significa "no le creo"? ¿Cuándo uno le cree a un gobierno? ¿Cómo venimos en nuestra historia reciente, antes del kirchnerismo, en cuanto a credibilidad gubernamental? Me vienen a la memoria varios slogans: "Síganme, no los voy a defraudar", "vamos a hacer un salariazo y una revolución productiva", "la lucha contra la corrupción va a ser una política de estado" (Menem); "Vamos bien, todo está bajo control" (De la Rúa); "el que depositó dólares, recibirá dólares" (Duhalde) y podría seguir con muchos ejemplos más. Son todos los que justifican ese consenso tan generalizado de que los políticos son todos corruptos, ineficientes y mentirosos. Más allá de que hay toda una manija mediática para desprestigiar la política en general y los que integran el gobierno nacional en particular, es cierto que el desempeño histórico de los funcionarios gubernamentales en décadas pasadas no ha sido para despertar demasiados entusiasmos. Pero aquí hay dos cuestiones que me interesa señalar. Muchas de las desilusiones ciudadanas se han originado no tanto en la voluntad de no hacer determinadas cosas, sino en las imposibilidades fácticas de hacerlas, sea por usar herramientas metodológicas erróneas o por ceder ante las presiones invencibles del poder real. Un ejemplo claro de esto fue la gestión Alfonsín. Y por otra parte, está el hecho cierto de que todo el aparato del estado estuvo siempre contaminado por todas las corruptelas mayores o menores que han asolado la gestión pública. Alentadas, y esto hay que remarcarlo especialmente, por los grandes corruptores de siempre: los grupos económicos y mediáticos que siempre se van a empeñar en conservar sus privilegios comprando a quien quiera venderse o derrocando (llegado el caso) a los que no se dejen comprar. Claro que de estos corruptores nadie habla. ¿Será porque pertenecen a la sacrosanta e impoluta parte de la sociedad englobada en el difuso colectivo “iniciativa privada”? ¿Será porque los mismos que atacan ferozmente, pertenecen a ese colectivo y tienen las manos demasiado sucias, no sólo de guita sino incluso de sangre? Pero volvamos a la parte medular de este apartado, la que se pregunta por la credibilidad, y hagámonos la pegunta central: ¿Donde ponemos en este escenario al proceso kirchnerista? ¿Podemos meterlo en la misma bolsa junto al estado delaruista ineficaz y genuflexo con los poderes o al menemista corrupto hasta la médula e igualmente genuflexo? Y aquí es donde deberíamos darnos cuenta de que es la primera vez en la historia en que nos encontramos con una gestión excepcional, especialmente en lo que a credibilidad respecta, afirmación que voy a fundamentar con un par de ejemplos.
Sale un día la noticia de que las personas que no habían completado sus aportes jubilatorios (condenadas a no cobrar nada por el resto de sus vidas) iban a entrar en un régimen especial con la posibilidad de lograr la jubilación con una financiación de sus deudas previsionales. ¿Qué pensaba uno? Esto es un verso más o una fuente de corrupción para los intermediarios de siempre. ¿Qué pasó realmente? Que antes del año del anuncio, ya se estaban cobrando las jubilaciones anunciadas, sin intermediación ni corruptela alguna. ¿Otro ejemplo? Nos anuncia Cristina que se va a implementar un sistema de televisión digital terrestre a lo largo y ancho del país y que se iban a distribuir ¡gratuitamente! para los jubilados de la mínima los decodificadores para que todos pudieran ver los principales programas de TV con la máxima calidad. ¿Que pensábamos que iba a pasar? ¡Ja!, que van a instalar, puro verso electoralista. ¿Qué pasó? antes del año ya estaba todo funcionando. Avisa que se van a distribuir netbooks para los estudiantes secundarios. No me jodan, pensamos todos: Y ya sabemos lo que pasó: llevan algo así como tres millones y medio entregadas. ¿Sigo poniendo ejemplos? Ahórrenme el trabajo. Adonde quiero llegar es a que nos demos cuenta de que estamos frente a funcionarios que “funcionan” diferente a lo que estábamos acostumbrados a ver (y a sufrir). Y eso, en mi modesta opinión, tiene que ver con “los Kirchner”: Néstor primero y después Cristina. Sin duda no vinieron a dejar “sus convicciones en la puerta de la Casa Rosada” tal como anunció en su discurso inaugural Néstor allá por 2003. Y vaya si lo demostró frente a todos los que creímos en ese momento (me incluyo) que era un verso más de los tantos que habíamos venido escuchando. Sólo que esta vez no fue verso.
Pero, “no le creo a Cristina” es, en mi modesto análisis el resultado exitoso de todo un proceso destinado a desviar la mirada de “la gente”. Si todo el tiempo te machacan con bóvedas llenas de guita de la corrupción (que después mágicamente se transforman en bodegas), bolsos de guita que van y vienen, “extrañas” escalas en Seychelles, cuentas fantasmas en paraísos fiscales a nombre de Máximo (tan fantasmas son que no hay manera de verlas) y no sigo para no aburrirte… estás tan enojado que cuando aparece la imagen de Cristina, lo menos que decís es “sacame a esa ladrona, no la soporto”.
Entonces, en ese instante, en ese preciso instante, toda la tribuna grita emocionada ¡¡gool!! , ¡¡gooool de Magneto!! Pero en esa tribuna no estás vos, o al menos no deberías estar. Porque es la de los poderosos y vos no sos uno de ellos, si no, no estarías leyendo esto. Y si relatáramos el gol, ese tan festejado por la tribuna del oprobio, si desmenuzáramos toda la jugada previa y nos preguntáramos ¿por qué fue gol? La respuesta es: porque lograron que vos no miraras ni escucharas a Cristina. Y tu mirada (tu no mirada en realidad) está tan cargada de bronca y desprecio que no la tolerás. Pero eso es lo que ellos quieren. Porque son los que sembraron ese odio visceral irrefrenable que tiene algunos. ¿Nunca te llamó la atención el entusiasmo que anima a los seguidores de este proyecto que lidera en este momento Cristina? ¿Esa emoción, ese amor que profesan (profesamos) por ella?
Cristina, como todos los grandes líderes de la historia, protagoniza esa tan particular relación intelectual y emocional que es imprescindible para transmitir la épica de todos los movimientos transformadores de la historia. ¿Para qué se necesita la épica? Para sumar voluntades con capacidad de modificar la realidad. La contraparte de esta afirmación es entender que si no hay voluntad de transformación, no hace falta épica. ¿Por qué? Porque desaparece el conflicto. Cuando los opositores de toda laya hablan de crispación (cosa que ni ellos se la creen, dicho sea de paso) y claman por consenso y armonía (que por otra parte sabotean todo el tiempo con sus insultos, descalificaciones e infamias varias propagadas cotidianamente por los que ya sabemos), lo que en realidad están haciendo es un reclamo claramente de derecha: no quieren que cambie nada en las relaciones que desde siempre benefician a los de siempre. Si de lo que se trata es de hacer la plancha, no hay ninguna confrontación. Pero claro, al final te lleva la corriente como le paso al bolú de De la Rúa. Y tal como dijo Cristina en ese descomunal y apabullante discurso del 1° de marzo, ella no vino a la política a hacer la plancha (y vaya si lo viene demostrando). Entonces, como no vino a hacer la plancha sino a mover todo el avispero, no es de extrañarse que las avispas se molesten. Pero lo que me interesa compartir aquí no es el problema que tienen con Cristina los que tienen reales motivos para estar en contra, o sea los verdaderos detentadores del poder real de la Argentina. Para ponerlo de manera sencilla: tal como ya dijimos, no cabe esperar que los parientes o amigos de los genocidas estén dispuestos a escuchar a Cristina, como no sea para putearla. Tampoco sería lógico confiar en que Clarín o La Nación vayan a dejar de luchar ferozmente para defender sus privilegios. Lo que me intriga, lo que me preocupa, es el resto de la gente. Los que, por su ubicación social están entre los beneficiarios directos de las políticas de este gobierno, pero en lugar de apoyar, de manera inexplicable, suman su coro a la oposición feroz y acrítica (y digo acrítica porque no surge de ningún análisis de la realidad que merezca el calificativo de “crítico”).
Entonces, a los que siguen diciendo (cada vez son menos) “no le creo a Cristina” les pido que se pregunten por qué. Si se han molestado aunque sea por un rato en mirarla, en escucharla, rompiendo aunque sea por un instante esa profunda desconfianza que les inspira. En base a qué datos de la realidad se enganchan con esa desconfianza. A menos que la única “realidad” en la que creen es en la que transmiten todo el tiempo TN y demás malas yerbas “periodísticas”. Bueno, si han elegido creer eso, nada se puede hacer. Pero cabe la última pregunta ¿no se han dado cuenta de que ellos sí mienten? No me digan que nunca descubrieron una mentira de Clarín. Bueno, si te mintió una vez, (y además ya sabés qué motivos tiene para mentir) no le creas más o al menos desconfiá, chequeá la información antes de repetirla o de permitir que se transforme en “tu opinión”. No es la tuya, es la opinión de Clarín y difunde eso porque defiende intereses, no le interesa la verdad. Pero no es tu caso chabón, no es tu caso, vos no sos Clarín ni te paga Magneto. Y una última reflexión: el país te necesita informado, con las ideas que tengas, que pueden o no coincidir con las que defendemos los que apoyamos al proyecto de Cristina. No importa tanto si coincidís o no con nosotros. Pero sí importa y mucho que tus opiniones sobre lo que sucede en tu país, no estén basadas en mentiras, porque si es así, a la hora de votar otros van a votar por vos. Aunque seas vos el ponga el voto en la urna.
Epílogo.
La idea de compartir estas reflexiones surge de la necesidad de romper esas barreras que separan las posturas de muchas personas, que en la humilde opinión de este escriba, deberían pensar parecido, si no fuera porque la materia prima de esas ideas, tal como intenté establecer, no es la misma. Si partimos de “hechos” no coincidentes, no hay manera de llegar a miradas ni siquiera parecidas. Pensar diferente no es el problema. Muy por el contrario eso enriquece. Pero si miramos países distintos porque, por ejemplo algunos nos acordamos de que se construyeron más de 1800 escuelas nuevas durante estos 12 años, (y en los 12 anteriores, 7) pero otros no saben eso, porque no se lo muestran o porque no quieren enterarse, ¿cómo se hace para, al menos intercambiar ideas? Y el ejemplo de las escuelas es sólo una ínfima muestra. Podríamos poner diez, veinte, cincuenta ejemplos. No hay un solo aspecto de la realidad de nuestro país que no haya sido modificado por la gestión kirchnerista. Y en el mejor sentido del concepto “modificar”.
Recuerdo una conversación con un conocido que, en cierto momento muy suelto de cuerpo me dice “lo que pasa es que no hay inversiones”. Cuando le enumero al toque cinco casos recientes de algunas muy importantes (en este momento no recuerdo, creo que le hable de una planta de biodiesel y otras del campo automotriz), me mira perplejo y me espeta: “con vos no se puede hablar”. Y se fue. Claro el tipo se informa con TN y allí nunca te muestran nada que sume para el lado “K” aunque sea algo tan espectacular como el lanzamiento de un satélite fabricado integramente en Argentina o una inversión de Toyota de 500 millones de dólares. Y después se quejan de la cadena nacional.
Los argentinos estamos en problemas. Es estos días un periodista a quien mucho admiro, Víctor Hugo Morales publicó un libro que lleva por título “Mentíme que me gusta” y cuya lectura me permito recomendar. Recopila 50 mentiras de los medios hegemónicos hasta enero de 2015, que fue la fecha en que tuvo que entregar el archivo para su impresión. Quedaron afuera obviamente todas las mentiras de los siguientes meses de 2015. Creo que ya está preparando el segundo tomo. Pero hay un detalle en el título que me hizo reflexionar y esa reflexión me sumió en una gran tristeza. Mentíme que me gusta habla de una cierta complicidad. El “Mentíme” refiere a un cierto permiso, a una aceptación del poder del otro a usar la mentira para comunicarse conmigo. Y que además me gusta. Que el grupo Clarín, que La Nación, que Perfil, mienten en sus noticias no es un hecho que se notó en estos días. Hace años que lo vienen haciendo de manera sistemática. Cuesta creer que los que siguen consumiendo esos medios no se hayan dado cuenta de eso. Entonces, la tristeza, porque la segunda parte del título del libro, la parte de “me gusta”, implica no sólo la sumisión al poder mediático de un sistema que se siente con el poder de recrear toda una versión de la realidad a su gusto y piacere, a la manera de la película “The Truman show”, sino que además de eso, me gusta que pase, me gusta creer que eso es así, que este es un país de mierda, que los argentinos no tenemos arreglo y que otros tienen que venir a manejarnos desde afuera.
Este pequeño libro, este humilde intento, no está escrito para gente a la que le gusta que le mientan. Que, quiero pensar, son minoría. Prefiero entonces preguntarle al resto, a los que todavía miran con perplejidad nuestra alegría, nuestra emoción, nuestra felicidad. La noche del día en que se inauguró el Centro Cultural Kirchner, Teresa Parodi, la Ministra de Cultura de la Nación, fue panelista visitante en el programa 678. En cierto momento del programa, habló sin ser interrumpida durante varios minutos. Habló de su tierra, Corrientes, de su pueblo. Habló de la cultura y del momento único que vive en este país, que también vive su momento único de la mano de Cristina. Su emoción humedeció sus ojos en algunos momentos. Eso también les pasó a los panelistas de 678. Y también me pasó a mi. Pensé: que cosa, un ministro se emociona frente a las cámaras de un programa de televisión. Y te transmite esa emoción a vos a muchos kilómetros de distancia a través de los medios públicos de comunicación que llegan a todos y todas de manera gratuita. Teresa Parodi, que gestionó la donación de 80 pianos a escuelas rurales por parte de China, como seguramente todos pudimos enterarnos a través de TN. ¿O no? Teresa Parodi que fue señalada por el incansable Lanata como alguien que aceptó el cargo por la guita. Claro, a Lanata no le cabe en su colonizada cabeza que haya otra motivación para las conductas humanas que el dinero, porque es su manera de reconciliarse con lo que le pasa a él. No sólo Teresa Parodi. También León Gieco, Víctor Heredia, Fito Paez, Horacio Fontova…Todos los que transmiten su alegría y emoción contando su adhesión entusiasta al proyecto nacional, popular y democrático de Cristina, lo hacen por la guita. También Hebe de Bonafini y Estela Carlotto. Por la guita. La verdad que debemos felicitarnos por la cantidad de actores aficionados que están para el Oscar mire vea. Porque transmiten una épica y una emoción que ni Alfredo Alcón en sus mejores actuaciones.
Pero, ¿y si no fingiéramos? ¿Si nuestras emociones, nuestra alegría, nuestro entusiasmo fueran genuinos? ¿Si realmente estuviéramos convencidos de que éste es un momento único en la historia?
Voy a terminar estas reflexiones contando una anécdota personal. Mi padre era un hombre profundamente antiperonista. Gallego de nacimiento, su adhesión a la República española y al socialismo de Alfredo Palacios no lo podían llevar por otros caminos. Y me contagió ese antiperonismo a mí, que en 1955 tenía 14 años. Pasaron muchos años y tuve que remontar todos esos prejuicios que, primero habían anidado en su subjetividad, para poder descubrir toda la riqueza de inclusión social, de desarrollo de un país autónomo y soberano y de construcción de un movimiento de liberación que perduraría por decenas de años, en el corazón y las mentes de millones de argentinos, que están presentes en el peronismo. Que resultó algo mucho mas grande que la figura personal de Perón. Y cuyo legado ha sido rescatado por Nestor primero y Cristina después. “El año dos mil nos encontrará unidos o dominados” dijo el General alguna vez. Hoy sabemos porque lo hemos experimentado en carne propia, cuanta verdad había en esa afirmación. Y también sabemos que Cristina encarna como nadie en la Argentina de hoy, esa lucha por estar cada vez mas unidos y menos dominados.
Los hijos o los nietos de algunos de los lectores de este pequeño trabajo, quizás interpelen en el futuro a los que no hayan podido interpretar el maravilloso momento historico que estamos viviendo. A los que se lo están perdiendo. Tal como yo tuve que hacerlo con mi querido viejo, que murió en 1972. Nosotros creemos que “la Patria es el otro” como dice siempre nuestra presidenta. Entonces nuestra alegría también tiene que ser la del otro. A nuestra alegría, todavía le falta la tuya.