miércoles, 3 de junio de 2015

Hoy agregué un comentario extraido de "Cercanías" al documento "Pensando la política 2015". Pero claro, quedó en primer lugar porque en los blogs funciona de esa manera. Entonces, aclaro que debe ser leído después de leer el documento principal. Gracias.

 Agrego vinculado al tema y a modo de bonus track, un  texto extraído de mi libro Cercanías (pag. 334-340). El contexto es que planteo una crítica al sistema capitalista y que concientizar al hombre común, ese que camina por el mundo sometido a los avatares de los que lo manejan a su arbitrio, es el camino. Ahí va:

"Y este proceso de crecimiento y profundización de la consciencia, tiene que desembocar en la convicción de que este sistema, profunda y esencialmente injusto, basado en el despilfarro de los recursos y la destrucción acelerada del planeta y que tiene como paradigma fundamental el individualismo más feroz, debe cambiarse. Debe reemplazarse el mirar al mundo como mercado a verlo como la posibilidad real de una vida plena para todos los que en él habitan. Una vida con oportunidades. Y un Estado que represente verdaderamente el bien común, que no se construye si no se limita el poder económico y social de los poderosos. Mirar el mundo como mercado ya no genera progreso, salvo para el patrimonio y el poder de los que ya lo disfrutan. Durante la época del auge de las ideas del neoliberalismo, se nos vendió la fábula de que el estado debía ser reducido a un mero papel administrativo. Y al frente poner a un hombre “de empresa” (o alguien del campo de la política dispuesto a ejecutar fielmente la tarea, el ejemplo más acabado en Argentina fue Carlos Menem), dado que los políticos son “todos corruptos”. Esto daba por sentado que una persona proveniente del mundo de los negocios privados iba a ser capaz de administrar con eficiencia y honestidad los negocios públicos. Que alguien acostumbrado a buscar siempre el mayor lucro iba a ser capaz de empezar a pensar en el mayor bien para todos. A esta altura ese dislate, si no hubiera sido tan trágico, da risa. Y digo que fue trágico porque convenció a la suficiente cantidad de gente como para que se pudiera implementar. La prédica de los Neustad y compañía, caló en los adormecidos cerebros de la clase media que aplaudió la debacle menemista que vendió todo y sólo nos suministró la ilusión de una falsa pertenencia a un primer mundo que nos miraba con el mismo desprecio de siempre.
Y los empresarios devenidos hombres de estado siguieron haciendo lo que siempre habían hecho: llenarse los bolsillos ya ahítos y generando la más terrible transferencia de recursos públicos hacia las mismas manos de siempre. Se habían propuesto como benefactores. Terminaron siendo lo que siempre habían sido: promotores de exclusión, hambre y miseria. Y también corruptos. El vaciamiento de las empresas del estado fue un proceso deliberado. Tenía un fin doble: desvalorizar sus activos para comprarlas más baratas y reforzar la idea de que el estado es muy mal administrador de los bienes públicos. Claro, si ponemos al frente gente corrupta e ineficiente como va a administrar bien. Y eso caló tan hondo gracias a los constructores de sentido común que la sociedad tiene siempre (los medios de comunicación), que resulta inimaginable para muchos pensar una empresa estatal eficiente y no contaminada de ineficiencia y corrupción. Y para colmo, como estos funcionarios habían sido elegidos democráticamente, terminamos siendo cómplices de sus tropelías. Sucede  que en lo que llamamos democracia, la posibilidad de elegir es meramente formal, porque el elector solo tiene la posibilidad de optar entre lo que se le ofrece. O sea los candidatos de los diferentes partidos políticos.
¿Cómo se llega a ser candidato? ¿Cómo se gana una elección? A través de un sistema de promoción de las personalidades que casi no se diferencia del que se usa para la promoción de los jabones o desodorantes o cualquier otro producto comercial. Es curioso que a nadie se le ocurra cuestionar tan disparatado método que garantiza varios dislates, uno de los cuales es que sólo tiene posibilidades de ser elegido el que tiene mucho dinero para pagar costosísimas campañas a través de las cuales todo está organizado para engañar al elector diciéndole lo que él quiere oír, (y esto ha sido cuidadosamente estudiado por expertos en comunicación) aunque nadie piensa seriamente en el cumplimiento de esas promesas. Por otra parte el dinero para las campañas suele provenir de empresas que obviamente esperan que su candidato ejecute políticas que las beneficien. ¿Alguien puede extrañarse de que a través de este sistema democrático se perpetúen las desigualdades sociales y económicas que padecemos? ¿Merece este sistema que se lo defienda con tanto entusiasmo? ¿Merece que se lo siga llamando “democracia”, cuya definición es: gobierno del pueblo y para el pueblo?

Nota: De la  crítica que antecede no debe inferirse que descalifico absolutamente al sistema democrático que disfrutamos, porque eso sería favorecer el pensamiento de los fascistas de siempre, agazapados para dar algún golpe salvaje similar o aún peor a los que ya sufrimos. Al menos en Argentina desde donde escribo, la democracia, con todas sus limitaciones, es el mejor sistema que tenemos. Sucede que, desde siempre, los poderosos buscan la manera de desvirtuar todo lo que tienda a democratizar la vida de los pueblos. Y por supuesto sus acciones pretenden estar inspiradas en la libertad y el progreso. Si no estamos atentos a sus manejos, la democracia va a funcionar cada vez peor. Antes directamente derrocaban a los gobiernos surgidos de las urnas. Ahora se tienen que conformar con intentar debilitarla. En un programa de televisión se daban a conocer investigaciones recientes sobre la manera cómo funciona la mente humana cuando tiene que tomar decisiones ante diferentes posibilidades de elección, sea de productos comerciales o sea de candidatos para cargos públicos. El comentarista llamaba la atención sobre el hecho de que, el aspecto físico o la presentación de un determinado producto disparaba reacciones emocionales de aceptación o rechazo, que originaban decisiones que pasaban por alto la real conveniencia de la elección. Estas decisiones quizás habrian sido diferentes, si se hubieran ponderado otros aspectos que quedaban relegados por la distorsión emocional. Esto en realidad no es nuevo y no fue lo que me llamó la atención. El hecho para mí escandaloso, fue la reacción del periodista que comentó que los candidatos deberían tener en cuenta estas investigaciones para el mejor éxito de sus campañas. No se le ocurrió que disfrazar con un buen envase un producto malo (sea una mercancía o un candidato) es una inmoralidad. Y que en este último caso, se trata de un atentado contra la democracia. Tan internalizado tenía ese periodista los valores del mercado, que le parecía natural que se indujeran intenciones de voto a contrapelo de las verdaderas necesidades políticas de toda la población. Si el candidato lograba el éxito y accedía al puesto ¿significaba también un éxito para el pueblo? No vale la pena  abundar en ejemplos no sólo de nuestro país sino de todo el mundo que dan respuesta inequívoca a esta pregunta. Y hay más aún. Está de moda promover candidatos de fuera de la política. Son los famosos mediáticos. Gente que logró fama a través de participar en programas de entretenimiento (la calidad no importa demasiado) y que “miden bien”. Entonces como ya está instalado el concepto de que los políticos no sirven para nada como no sea para llenarse los bolsillos, la gilada se prende entusiasmada en esas aventuras que muchas veces rondan el ridículo. Pensemos, usted tiene que arreglar su auto. Como se sabe que los mecánicos son todos chorros que le van a hacer comprar repuestos innecesarios y que encima puede ser que su auto siga andando mal, usted decide no llamar a un mecánico. En su lugar recurrirá a un conocido muy simpático y dicharachero que tiene fama de honesto para que le arregle su auto. Suena ridículo ¿no? Pero además de ridículo, implica la percepción generalizada de que la gestión pública no requiere de ninguna aptitud especial, sólo se trata de honestidad, que parece que todo el mundo la tiene, menos los políticos profesionales. Detrás de todo este sentido común tan manipulado, obviamente están los difusores de la ideología imperante, que son perfectamente funcionales al sistema que padecemos y que en realidad, no quiere que la democracia funcione porque en la medida en que el poder se democratice, va a ser en desmedro de los que hoy lo detentan. Poner a un inútil a gobernar, sentar en un sillón a un ignaro total, va a permitir que se sienta muy aliviado cuando se le suministre un equipo completo de técnicos de primer nivel, con todos los pergaminos académicos necesarios obtenidos en las mejores universidades (del Imperio, por supuesto). ¿Cuál va a ser el modelo que se va a implementar? El de siempre. El que hemos venido padeciendo desde siempre. Pero pretenderán que estemos tranquilos porque estamos gobernados por el mejor  equipo de profesionales. ¿Cuál es el paradigma implícito? Que no hay discusión acerca del modelo, acerca de la distribución. Sólo importa la eficiencia. Hacer  lo mismo que se hizo siempre, pero con eficiencia. Lástima que necesitamos que se hagan otras cosas, porque esperamos resultados diferentes.


          Para sintetizar lo dicho en esta nota, la democracia tal como la conocemos,  es el menos malo de los  sistemas, porque al menos admite la posibilidad de que el pueblo aprenda a partir de sus errores. Pero para eso es necesario que se la piense como un sistema perfectible. Un primer paso que no debería ser tan difícil de implementar es depurar las campañas de todos los mensajes que claramente buscan la motivación a partir de resortes emocionales. A un candidato se le debería pedir lo que siempre se pide cuando alguien se postula para un puesto: su curriculum, lo que pretende hacer durante su gestión y cómo va a hacerlo. Y que este mensaje sea exactamente igual en formato y duración para todos los postulantes, tengan muchos o pocos recursos. Entonces cuando usted vaya a votar, sabrá quién es ese señor, de qué lado estaba cuando pasaban ciertas cosas en nuestro país, cuáles recetas económicas impulsaba y podrá recordar qué resultados tuvieron esas recetas. Eso no impedirá que usted igual se equivoque, porque el futuro siempre tendrá un grado de imprevisibilidad, pero al menos reducirá mucho el margen de error. Y la democracia empezará a dejar de ser la palabra desprovista de realidad y sentido que es hoy en día para muchas personas"