Tenía
que ir. A pesar de que pocas veces había cambiado palabras con ellos, tenía que
estar allí. Todos los vecinos habían acudido al velorio de Don Lucho, incluso
los que vivían al otro lado de la avenida. Claro que muchos son de esos que no
se pierden un velorio nunca, vaya uno a saber por qué misteriosa razón. Incluso
parecería que andan preguntando por el barrio no vaya a ser que se lleve a cabo
algún evento funerario y ellos se queden afuera. ¿Será por la necesidad de
asumirse aún vivos, por festejar el hecho cierto de que aún no les tocó a
ellos? El no tenía respuesta para esas preguntas y ni siquiera le importaban
demasiado. Detestaba los velorios, le parecían ceremonias inútiles, simulacros
que brindaban la ilusión de seguir en presencia de alguien que sin duda alguna,
ya no estaba allí. Eran, en su opinión una ocasión para el negocio de algunos y
la hipocresía de otros. Pero, tenía que ir. Don Lucho vivía (había vivido) en
el departamento enfrente del suyo, al
otro lado de ese minúsculo pasillo de apenas cuatro metros que mitigaba sólo
algunas veces los gemidos de la Susy cuando se revolcaba con su novio. Y eso
que la Susy vivía más allá del depto de Don Lucho. Pero todos estaban demasiado
cerca en una construcción que disponía diez departamentos en planta baja (la
única), enfrentados cinco y cinco con ese pasillo en medio, que escasamente
dejaba lugares para alguna que otra plantita decorativa de acuerdo con el
particular gusto de cada vecino. Tenía que ir, se repetía una y otra vez
mientras caminaba tratando de dominar el fastidio que le significaba ese
encuentro no deseado, esa pérdida de tiempo, esa cara de circunstancias que,
sabía, no iba a poder evitar poner. Esas palabras también de circunstancias,
“lo lamento mucho”, “mi más sentido pésame”, “Tiene que ser fuerte Doña
Ernestina y mirar para adelante, piense que el ya no sufre más” y otras por el
estilo. Tenía que ir, tenía que estar allí porque ese pasillo era demasiado
estrecho, generaba un vínculo físico de cercanía que contagiaba
innecesariamente la falta de otras cercanías. No recordaba si alguna vez había
cambiado más que un buen día con don Lucho. Aparte eran dos viejos que rara vez
salían de su cubículo y no despertaban demasiadas ganas de que salieran más a
menudo. Vidas inútiles, una muerte inútil, una ceremonia inútil y él yendo para
allí. Pero no era sólo eso lo que lo incomodaba. Su relación con la muerte, su
personal relación con la muerte con la que se vinculaba tan a menudo y a la que
hasta ahora había esquivado, lo ponía en el detestable lugar de las comparaciones.
No podía dejar de pensar en la muerte de Gerardo tiroteándose con la Policía. O
en la del gordo apurándose para gritar Viva Perón antes de que la sangre le
ahogara ese último grito revolucionario. Esas eran muertes. Morir por algo. No
morir al pedo como Don Lucho. Una vida al pedo, una muerte al pedo. Entró al
departamento (en esa época los velorios se llevaban a cabo en la casa donde
había vivido el difunto) que estaba atestado, no porque fueran muchos los que
habían ido, sino porque el lugar era muy chico. Estaba por supuesto la Susy no
con esas minifaldas minúsculas que ella tan bien sabía llevar, sino con lo que
se dice “ropa de circunstancia”. Estaban también los cordobeses de al lado de
su casa y el matrimonio de recién casados del otro lado del pasillo. Estaban en
suma, todos. Y estaba también, Doña Ernestina frente al cajón con Don Lucho (o
lo que quedaba de él) adentro. Y claro, lloraba. Parece que eran sólo dos en el
mundo, al menos él no vio a nadie con
pinta de hijo o hija o hermana o hermano. Sólo ellos dos y los vecinos. Se
acercó a la mujer llorosa y también al cajón (cosa que detestaba aún más). Lo
siento mucho, doña Ernestina, mi más sentido pésame. Y la abrazó y besó. Y
entonces miró sus manos. Manos feas, llenas de arrugas y callosidades. Manos de
vieja y de vieja laburadora. Doña Ernestina las frotaba constantemente,
apretando un pañuelo que le ayudaba a mantener los ojos apenas limpios de esas
lágrimas que todo el tiempo se esforzaban por inundarle toda la cara. No sabe
cómo le gustaba a él la torta de manzanas que yo le hacía, cómo le gustaba. Y
él entonces volvió a mirar las manos de ella. Y se dio cuenta entonces qué
solas habían quedado también esas manos. Porque pudo imaginarlas haciendo esa
torta de manzanas, preparando la masa, cortando las manzanas en rodajas finas,
poniendo todo en el horno y esperando, esperando el resultado final, ese que
desembocaba en la escena que le daba un inesperado (para él) sentido a esas
vidas. Está muy rica la torta, como siempre, muy rica.
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