sábado, 2 de julio de 2016

CUENTO: EL VIEJO.



Miró la espalda de su padre, de su tan odiado viejo, de ese que acababa de pegarle y que se estaba yendo, de ése que ya merecía una feroz respuesta desde sus 17 incólumes años en contra de sus definitivos 73. Y percibió la curva que trazaba la espalda de su padre, curva que sin duda había sido esculpida por los tan dolorosamente mal vividos años, la curva de esa espalda cuando se alejaba hacia el comedor dejándole a él en la cocina, enfurecido y todavía con la marca en la cara de la cachetada recibida.
Y entonces percibió su indefensión, la de su viejo, su profunda, su definitiva indefensión, incluso intuyó su tristeza porque él sabía, aunque se negaba a si mismo ese conocimiento, que su viejo también había sufrido en su propia carne ese golpe. Por eso, porque se negaba a esa percepción, igual se precipitó detrás de él, con el puño levantado, lo persiguió, lo alcanzó. Pero la curva que dibujaba la espalda de su viejo insistió en su mensaje, (es difícil resistirse al mensaje de desamparo total que emana de un hombre de espaldas, encorvado y para peor, viejo) y se dio cuenta en ese momento, de que él no era de los que le pegan a los que no se pueden defender, y entonces lo tomó del brazo para darlo vuelta, ponerse de frente a él y ahí sí devolver golpe por golpe, no sólo el último sino todos los de su vida con él. Pero ya era tarde para su furia, porque también vio sus lágrimas, y se acordó además de que él no era de los que le pegan al padre, y entonces sintió crecer dentro de él una oleada de compasión que le abría el alma de par en par, y  junto con el alma, el puño se abrió solo, y los brazos también. Y lloraron los dos.

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