sábado, 2 de julio de 2016

CUENTO: CONFIDENCIA.



Era lindo Los Puestos. Así se llama donde yo nací. Es lindo. Claro que es puro campo y monte. Ahora han sembrado mucha soja. Pero cuando yo era chica era todo monte. Teníamos gallinas, cabritos y algunos chanchos. Éramos muchos de familia. Y cerca vivían unos hermanos de mi papá que también tenían hijos. O sea que éramos un montón. Para las fiestas nos juntábamos, venia gente de otros lados y era chacarerear hasta el amanecer. Y al otro día, al río. A bañarse, a pescar sábalos. Tengo lindos recuerdos de esa época. El problema era cuando el papá venía enfermo. Chupado quiero decir. Nos sacaba a todos al campo para subirse a la mamá. Y había veces que hacía frío, porque en Santiago a la noche hay veces que hace frío. A las tres o cuatro de la mañana en invierno hace frío. Hasta alguna vez llueve y todo. Afuera había que salir antes de que se enojara. O se equivocara y se subiera encima de alguna de nosotras. Y entonces buscábamos en la casa de alguno de los tíos un lugarcito. O de algún vecino. Nos arreglábamos. Al otro día, como si nada. Se le pasaba y hasta se podría decir que era bueno y todo. ¿Por qué nadie intervenía y le decía algo? No se le podía decir nada. Por respeto viste?. Encima no se acordaba de nada al otro día. ¿Si extraño mi casa? Y sí, era lindo el monte, nos bañábamos en el rio, salíamos temprano a cazar vizcachas, antes de que amaneciera. Después la mamá hacia escabeche. Era buena la mamá, muy trabajadora y sufrida. Claro que no siempre teníamos todo lo que hace falta. Zapatillas no es tan importante porque uno casi siempre anda en patas. Y la comida, entre lo que conseguíamos en el monte y lo que el tio Juan pescaba en el bañado, no faltaba. Aparte para los festejos, se mataba algún cabrito que el papa o tio Juan asaban. El problema era ir a la escuela. Uno tiene que estar por lo menos limpito y calzado y arreglado, no vaya a ser que crean que uno no la pasa bien en casa. Que uno es pobre. Era linda la vida en esa época, éramos chicos y no nos dábamos cuenta de muchas cosas. Nos parecía natural eso que el papá hacia. Por lo menos, no pegaba, como otros. Al menos en esa época, no pegaba. Empezó a pegar tiempo después, cuando parece que lo echaron de un campo en el que trabajaba desde chango, como peón. Nunca supimos lo que pasó, porque no contaba, pero él cambió mucho. Casi todos los días volvía enfermo y eran los gritos y el desparramo de changuitos en la noche. Y entonces un día, me cansé y me fui. Ya era grandecita, tenía dieciséis. Y el papa se equivocaba demasiado seguido. Me daba lástima por la mamá y también vergüenza. Y vine a parar acá, una prima me contó que acá se gana bastante plata. La señora es buena, nos cuida. Si alguien viene borracho o es pendenciero, ella lo echa, no lo deja pasar con nosotras. Y con la plata que gano, les mando para que estén mejor, especialmente para los changuitos. Cada mes o mes y medio, los visito y les doy plata. Todo sigue mas o menos igual con el papá. Entonces, me quedo unos días y me vuelvo para acá. Claro que no saben en qué trabajo yo. Tampoco preguntan. Bueno, ya hable demasiado hoy no?, ¿vas a pasar?

No hay comentarios:

Publicar un comentario