lunes, 7 de diciembre de 2015

LA PREGUNTA: UNA REFLEXIÓN CASI FILOSOFICA

I.-La vida como respuesta.
      Uno siempre es una respuesta. Vivir es responder. La pregunta viene ya formulada desde que uno está vivo y empieza a preguntar. Porque todo es pregunta. ¿Qué voy a comer?, ¿Con quién decido estar? ¿A qué hora me voy de este lugar en donde ya no estoy cómodo? ¿A qué hora me levanto? ¿Le doy un beso o sólo le tomo la mano? ¿Le contesto al imbécil que repite ideas de otros con esa seguridad de los que nunca se preguntaron nada? ¿O me callo la boca porque percibo que no vale la pena? Podemos seguir, indefinidamente. Porque la pregunta la puede formular cualquiera (o viene ya formulada tácitamente), por otro cercano, amado, indiferente, lejano, desconocido pero presente a través de la circunstancia, del recuerdo, del anhelo, de la nostalgia. Uno mismo formula todo el tiempo la pregunta. Y esa pregunta, a veces, es de respuesta ineludible, imperiosa. Otras preguntas se continúan en el tiempo, transitan con uno la vida, son preguntas pacientes, uno sospecha que ya estaban instaladas desde mucho antes de que uno llegara. El problema aparece cuando uno trata de responder las preguntas. Porque suele ocurrir que las respuestas son engañosas, uno cree que encontró la respuesta a cierta pregunta y descubre que esa respuesta es, en realidad, sólo la antesala de nuevas preguntas. Casi podría decirse que uno responde a las preguntas de hoy, con las preguntas de mañana. Claro que eso se descubre después, cuando ya uno se familiarizó con cada respuesta (provisoria, es cierto, pero uno se olvida), le tomo cariño, la incorporó. Las respuestas dan seguridad, tranquilidad. No es importante para eso que sea “la respuesta adecuada”, la que verdaderamente contesta la pregunta; quizás descubramos algún día, que no era ésa la respuesta adecuada, probablemente demasiado tarde. Pero ahora, sólo interesa que la respuesta calme la ansiedad, la angustia de la pregunta que permanece abierta, desafiante. Entonces buscamos todo el tiempo las respuestas rápidas, urgentes. Y se van transformando en nosotros, nos constituyen. Por eso digo que uno es siempre una respuesta. Somos el resultado de todas las respuestas que dimos a todo lo que nos pasó. Las cicatrices que habitan nuestra alma son los residuos de las respuestas que dimos a las viejas preguntas que se formularon, alguna vez, en  nuestra presencia. Somos esas cicatrices.
II. Preguntas mas livianas, pero no menos importantes.
Claro que también hay preguntas que piden permiso, son modestas, tímidas. No tienen la pretensión de instalarse como constitutivas ontológicas. No quieren ser-yo. A lo sumo buscan un módico lugar en nuestro cerebro, para lo cual necesitan una respuesta que les permita transformarse en ideas. Porque eso es una idea, la elaboración de una suma de conceptos que surgieron tal vez, como respuestas.  Nuestras ideas son la consecuencia de haber organizado coherentemente las respuestas a preguntas que alguien formuló alguna vez. Solemos repetir esas respuestas durante mucho tiempo (a veces durante toda una vida), incluso cuando ya olvidamos las preguntas que originaron esas respuestas. Y eso tiene un problema adicional (una pregunta más) ¿esas respuestas, son realmente nuestras respuestas? Y todavía, las preguntas que dispararon la necesidad de responder, ¿son nuestras preguntas? A ver si resulta que deambulamos por la vida, con ideas que se constituyeron articulando respuestas de otros, a preguntas que también formularon otros, y que no tienen nada que ver con lo que nos pasa a nosotros. ¿Podría haber una mejor definición de una vida inauténtica? Porque implica una renuncia. La renuncia a hacerse uno las preguntas. A elegir primero cuáles son las preguntas a las que vale la pena considerar. Y sólo después buscar las respuestas.
Y esto no es una cuestión banal. No vivimos solos. Estamos rodeados de semejantes que interactúan con nosotros todo el tiempo. Nuestra vida transcurre relacionándonos no sólo con los demás seres humanos, sino con cosas. Cosas que disfrutamos, o padecemos. Una casa bella con un jardín cuidado es para disfrutar. Una tapera derruida sin agua corriente ni cloacas junto a un basural, es para padecer. Trabajar en una oficina con aire acondicionado para diseñar un nuevo software y recibiendo una buena remuneración, es para disfrutar. De sol sol cosechando aceitunas en el desierto riojano por una paga miserable, es para padecer. No tener ningún trabajo y no poder llevar dinero para alimentar a nuestra familia es para padecer, y mucho. Llegamos a un mundo no sólo ya significado por otros a través de un lenguaje que no elegimos, sino abrumadoramente ajeno y, profundamente injusto, mas allá de cual sea el lado en el que la vida eligió para ponernos, si del lado de los que la padecen a la injusticia, o del lado de los que la disfrutan. Seguramente que si nos puso del lado de los que la disfrutan, eso no va a ser un problema para nosotros, o sea que difícilmente dispare la necesidad de buscar una respuesta. Diferente será la situación del que padece la injusticia. Para él eso constituye un problema, algo dramático, requiere una respuesta, incluso urgente; le va la misma vida en ello. Entonces para él, hacerse las preguntas pertinentes es imprescindible, sería un error buscar responder preguntas que no tienen nada que ver con lo que le pasa, o peor aún, conformarse con respuestas a preguntas que son irrelevantes para resolver su situación.
Cuando decimos que este es un mundo injusto y vemos que hay quienes padecen la injusticia, no tardamos en entender que los que disfrutan de las consecuencias de esa injusticia  suelen tener alguna responsabilidad (por acción u omisión) en la instalación de esas situaciones injustas. Especialmente esto resulta cierto para los que están en la cúspide de la pirámide social. Esos que acumularon tantos recursos que ya manejan ciudades, países, el planeta entero. A esos tales no les conviene que nos hagamos las preguntas pertinentes. No vaya a ser que encontremos respuestas que nos lleven a tratar de modificar el mundo en el que todos vivimos, pero que fue diseñado para que unos disfruten y otros padezcan.

Entonces nos van a inducir a que nos hagamos preguntas tontas, irrelevantes, e incluso nos suministrarán las respuestas, no vaya a ser que en el proceso de buscar esas respuestas, nos suceda que aprendamos a pensar. Y terminemos haciéndonos las preguntas peligrosas, las preguntas subversivas, esas que ponen en peligro el orden establecido, ese que en inglés se dice establishment.

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