I.-La
vida como respuesta.
Uno
siempre es una respuesta. Vivir es responder. La pregunta viene ya formulada
desde que uno está vivo y empieza a preguntar. Porque todo es pregunta. ¿Qué
voy a comer?, ¿Con quién decido estar? ¿A qué hora me voy de este lugar en
donde ya no estoy cómodo? ¿A qué hora me levanto? ¿Le doy un beso o sólo le
tomo la mano? ¿Le contesto al imbécil que repite ideas de otros con esa
seguridad de los que nunca se preguntaron nada? ¿O me callo la boca porque
percibo que no vale la pena? Podemos seguir, indefinidamente. Porque la pregunta
la puede formular cualquiera (o viene ya formulada tácitamente), por otro
cercano, amado, indiferente, lejano, desconocido pero presente a través de la
circunstancia, del recuerdo, del anhelo, de la nostalgia. Uno mismo formula
todo el tiempo la pregunta. Y esa pregunta, a veces, es de respuesta
ineludible, imperiosa. Otras preguntas se continúan en el tiempo, transitan con
uno la vida, son preguntas pacientes, uno sospecha que ya estaban instaladas
desde mucho antes de que uno llegara. El problema aparece cuando uno trata de
responder las preguntas. Porque suele ocurrir que las respuestas son engañosas,
uno cree que encontró la respuesta a cierta pregunta y descubre que esa
respuesta es, en realidad, sólo la antesala de nuevas preguntas. Casi podría
decirse que uno responde a las preguntas de hoy, con las preguntas de mañana.
Claro que eso se descubre después, cuando ya uno se familiarizó con cada
respuesta (provisoria, es cierto, pero uno se olvida), le tomo cariño, la
incorporó. Las respuestas dan seguridad, tranquilidad. No es importante para
eso que sea “la respuesta adecuada”, la que verdaderamente contesta la pregunta;
quizás descubramos algún día, que no era ésa la respuesta adecuada,
probablemente demasiado tarde. Pero ahora, sólo interesa que la respuesta calme
la ansiedad, la angustia de la pregunta que permanece abierta, desafiante.
Entonces buscamos todo el tiempo las respuestas rápidas, urgentes. Y se van
transformando en nosotros, nos constituyen. Por eso digo que uno es siempre una
respuesta. Somos el resultado de todas las respuestas que dimos a todo lo que
nos pasó. Las cicatrices que habitan nuestra alma son los residuos de las
respuestas que dimos a las viejas preguntas que se formularon, alguna vez, en nuestra presencia. Somos esas cicatrices.
II. Preguntas mas livianas, pero no menos importantes.
Claro
que también hay preguntas que piden permiso, son modestas, tímidas. No tienen
la pretensión de instalarse como constitutivas ontológicas. No quieren ser-yo. A
lo sumo buscan un módico lugar en nuestro cerebro, para lo cual necesitan una
respuesta que les permita transformarse en ideas. Porque eso es una idea, la
elaboración de una suma de conceptos que surgieron tal vez, como
respuestas. Nuestras ideas son la
consecuencia de haber organizado coherentemente las respuestas a preguntas que
alguien formuló alguna vez. Solemos repetir esas respuestas durante mucho
tiempo (a veces durante toda una vida), incluso cuando ya olvidamos las
preguntas que originaron esas respuestas. Y eso tiene un problema adicional
(una pregunta más) ¿esas respuestas, son realmente
nuestras respuestas? Y todavía, las
preguntas que dispararon la necesidad de responder, ¿son nuestras preguntas? A
ver si resulta que deambulamos por la vida, con ideas que se constituyeron
articulando respuestas de otros, a preguntas que también formularon otros, y
que no tienen nada que ver con lo que nos pasa a nosotros. ¿Podría haber una
mejor definición de una vida inauténtica? Porque implica una renuncia. La
renuncia a hacerse uno las preguntas. A elegir primero cuáles son las preguntas
a las que vale la pena considerar. Y sólo después buscar las respuestas.
Y
esto no es una cuestión banal. No vivimos solos. Estamos rodeados de semejantes
que interactúan con nosotros todo el tiempo. Nuestra vida transcurre
relacionándonos no sólo con los demás seres humanos, sino con cosas. Cosas que
disfrutamos, o padecemos. Una casa bella con un jardín cuidado es para
disfrutar. Una tapera derruida sin agua corriente ni cloacas junto a un basural,
es para padecer. Trabajar en una oficina con aire acondicionado para diseñar un
nuevo software y recibiendo una buena remuneración, es para disfrutar. De sol
sol cosechando aceitunas en el desierto riojano por una paga miserable, es para
padecer. No tener ningún trabajo y no poder llevar dinero para alimentar a
nuestra familia es para padecer, y mucho. Llegamos a un mundo no sólo ya
significado por otros a través de un lenguaje que no elegimos, sino
abrumadoramente ajeno y, profundamente injusto, mas allá de cual sea el lado en
el que la vida eligió para ponernos, si del lado de los que la padecen a la
injusticia, o del lado de los que la disfrutan. Seguramente que si nos puso del
lado de los que la disfrutan, eso no va a ser un problema para nosotros, o sea
que difícilmente dispare la necesidad de buscar una respuesta. Diferente será
la situación del que padece la injusticia. Para él eso constituye un problema,
algo dramático, requiere una respuesta, incluso urgente; le va la misma vida en
ello. Entonces para él, hacerse las preguntas pertinentes es imprescindible, sería
un error buscar responder preguntas que no tienen nada que ver con lo que le
pasa, o peor aún, conformarse con respuestas a preguntas que son irrelevantes
para resolver su situación.
Cuando
decimos que este es un mundo injusto y vemos que hay quienes padecen la
injusticia, no tardamos en entender que los que disfrutan de las consecuencias
de esa injusticia suelen tener alguna
responsabilidad (por acción u omisión) en la instalación de esas situaciones
injustas. Especialmente esto resulta cierto para los que están en la cúspide de
la pirámide social. Esos que acumularon tantos recursos que ya manejan
ciudades, países, el planeta entero. A esos tales no les conviene que nos
hagamos las preguntas pertinentes. No vaya a ser que encontremos respuestas que
nos lleven a tratar de modificar el mundo en el que todos vivimos, pero que fue
diseñado para que unos disfruten y otros padezcan.
Entonces
nos van a inducir a que nos hagamos preguntas tontas, irrelevantes, e incluso
nos suministrarán las respuestas, no vaya a ser que en el proceso de buscar
esas respuestas, nos suceda que aprendamos a pensar. Y terminemos haciéndonos
las preguntas peligrosas, las preguntas subversivas, esas que ponen en peligro
el orden establecido, ese que en inglés se dice establishment.
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