sábado, 2 de julio de 2016

CUENTO: NOCHE Y MUSICA


         Estaba terminando su cerveza, disfrutando de los últimos temas que se ejecutaban desde el pequeño estrado que siempre se armaba frente a las mesas del comedero que frecuentaban muchos turistas, justamente por la aceptable calidad de la música que se podía escuchar allí.
Ya no quedaba casi nadie. Algunos mozos levantaban las sillas y las ponían, dadas vuelta, sobre las mesas. El se había ido quedando porque aún había cerveza en la botella y dentro de sus códigos figuraba el no dejar nunca ni siquiera una gota abandonada en el fondo del vaso. Además, disfrutaba del acordeón y del violín y de la guitarra que eran pulsadas en su presencia con no poca pericia y bastante entusiasmo.
Cuando se fueron todos los comensales pensó: bueno, a dormir se ha dicho. Los músicos habían ejecutado ya la última pieza (lo que se notó por la pasada de la gorra y los correspondientes agradecimientos) y se disponían a guardar sus instrumentos. Eran pasadas las cuatro de la mañana y más que merecían un descanso. Además, ya no había para quien tocar. Claro, estaba él, todavía con su saldo de cerveza esperando pero sólo en su vaso (la botella ya estaba vacía), pero no creía ser merecedor de un concierto privado y exclusivo, por lo que se dispuso a levantarse luego de apurar el último sorbo.
Mientras esperaba la llegada del mozo para pagar la cuenta observó a los músicos. Eran hombres de una edad indescifrable, más cerca de la vejez que de la juventud, pero con esa vitalidad propia de los que todavía esperan algo de la vida. En sus caras era evidente el resultado de muchas noches de música, alcohol y desvelo. Siempre le habían intrigado los músicos. Su total (la de él) impericia a la hora de ejecutar cualquier elemento sonoro, convivía con su capacidad de disfrute intenso cuando de música se trataba, y eso le llevaba a admirar profundamente a los causantes de ese disfrute y a la vez, a preguntarse qué sentirían los músicos mientras ejecutaban. Para lograr tocar aceptablemente bien cualquier pieza musical, debe uno estar dispuesto a dedicarle muchas horas de ensayo al asunto. La pericia técnica ¿no conspira contra el disfrute estético? Pregunta que para él, no tenia respuesta. Estos hombres tocaban bien y transmitían emoción aún mejor. Era evidente que disfrutaban de su propia ejecución, aunque dado lo avanzada de la hora, un dejo de aburrimiento que sobrevolaba por sus rostros era comprensible. El mozo acudió muy rápido (él también debía querer irse), pagó y cuando se disponía a levantarse observó que los músicos aún no habían guardado sus instrumentos. Se levantó, se puso el saco, revisó sobre la mesa para asegurarse no haber olvidado nada suyo allí y entonces escuchó la música.  Habían empezado a tocar otra vez. Miro a su alrededor buscando al público para quien esa música era ejecutada. No había nadie. Ni los mozos estaban porque se los necesitaba para ayudar en las tareas de limpieza de la cocina. Dado que él ya estaba de pie con su saco puesto y listo para irse, su presencia no podía ser considerada como público. Entonces quedaba una sola respuesta para la pregunta acerca de, para quien tocaban los músicos: tocaban para ellos. A las cuatro y media de la mañana y ya terminada su tarea, ahora tocaban gratis y para escucharse ellos mismos. Tocaban por mero disfrute, tocaban (literalmente) por amor al arte. Se quedó parado sin atinar a abandonar el local para no quedar como descortés, dado que él era el único y estaba a escasos metros, enfrente del estrado. Pero la música era de lo mejor que se había oído esa noche. Tocaban sin público (evidentemente él no contaba porque empezaron a tocar de nuevo cuando él, ostensiblemente se estaba yendo) y, sin presión, sin la búsqueda del aplauso de nadie, las melodías surgían con una belleza desconocida hasta entonces. Había desaparecido el cansancio y el aburrimiento de los rostros de los músicos y la música fluía y fluía inundando todo el local. Todavía parado, se preguntaba qué hacer. Irse implicaba una descortesía y además no tenía ganas de perderse esa música. Quedarse por otra parte le producía cierta incomodidad, porque no estaban tocando para él, su presencia no había sido tenida en cuenta para iniciar esa parte del concierto. Era en realidad un intruso, si se quedaba era como entrar a una fiesta sin invitación.
La segunda pieza disipó sus dudas. Era “Luna Cautiva”, una zamba que siempre le había parecido particularmente bella, especialmente desde la vez en que su difunto amigo El Coco Bazán la había tocado y relatado  las circunstancias en las que había sido compuesta esa canción. Una canción de amor a la luna a través de las rejas de la ventana de una cárcel. Nada menos que eso. Desde esa vez, el recuerdo del Coco y de su voz se hermanaba con la melodía y con el verso. Y el disfrute se potenciaba. Como cuando vio la película  “Sonata Otoñal” y la música de Beethoven se enriqueció con Liv Ulman y ambos Bergman, Ingrid e Igmar. Qué cosa el arte, como entra dentro de uno y se queda y anida y florece y la vida adquiere significados hasta entonces desconocidos y hasta a uno le parece que vale la pena y todo. Entonces, no sin cierta timidez, decidió sentarse, medio en el borde de la silla, mirando como de reojo a los músicos, como pidiendo permiso. Ni lo miraron. Estaban dedicados a su música y por eso salía tan bien. Tocaron y tocaron como si el cansancio no existiera y en su recuerdo esa música quedó grabada para siempre. Y también quedó grabado el lugar y la noche y las luces y la siguiente cerveza que consiguió gracias a la amabilidad de un mozo fuera de servicio, pero solidario.
Pero lo que más recordó fue cuando finalmente logró ser aceptado por ellos a través de su mirada, cuando ya incluido en el momento, en la circunstancia, se sintió como perteneciendo a ese selecto círculo de los iniciados, esos que disfrutan la música desde adentro. Desde la ejecución misma, aunque en su caso, sin haber pasado por los avatares del esfuerzo del ensayo. El fue uno más de ellos esa noche. Público exclusivo, único, no invitado, pero finalmente aceptado. No pudo irse hasta que ellos, dueños ahora de su disfrute y de su tiempo, decidieron guardar todo e irse a dormir.

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