Estaba terminando su cerveza, disfrutando de los últimos temas que se ejecutaban desde el pequeño estrado que siempre se armaba frente a las mesas del comedero que frecuentaban muchos turistas, justamente por la aceptable calidad de la música que se podía escuchar allí.
Ya
no quedaba casi nadie. Algunos mozos levantaban las sillas y las ponían, dadas
vuelta, sobre las mesas. El se había ido quedando porque aún había cerveza en
la botella y dentro de sus códigos figuraba el no dejar nunca ni siquiera una
gota abandonada en el fondo del vaso. Además, disfrutaba del acordeón y del
violín y de la guitarra que eran pulsadas en su presencia con no poca pericia y
bastante entusiasmo.
Cuando
se fueron todos los comensales pensó: bueno, a dormir se ha dicho. Los músicos
habían ejecutado ya la última pieza (lo que se notó por la pasada de la gorra y
los correspondientes agradecimientos) y se disponían a guardar sus
instrumentos. Eran pasadas las cuatro de la mañana y más que merecían un
descanso. Además, ya no había para quien tocar. Claro, estaba él, todavía con
su saldo de cerveza esperando pero sólo en su vaso (la botella ya estaba
vacía), pero no creía ser merecedor de un concierto privado y exclusivo, por lo
que se dispuso a levantarse luego de apurar el último sorbo.
Mientras
esperaba la llegada del mozo para pagar la cuenta observó a los músicos. Eran
hombres de una edad indescifrable, más cerca de la vejez que de la juventud,
pero con esa vitalidad propia de los que todavía esperan algo de la vida. En
sus caras era evidente el resultado de muchas noches de música, alcohol y
desvelo. Siempre le habían intrigado los músicos. Su total (la de él) impericia
a la hora de ejecutar cualquier elemento sonoro, convivía con su capacidad de
disfrute intenso cuando de música se trataba, y eso le llevaba a admirar
profundamente a los causantes de ese disfrute y a la vez, a preguntarse qué
sentirían los músicos mientras ejecutaban. Para lograr tocar aceptablemente
bien cualquier pieza musical, debe uno estar dispuesto a dedicarle muchas horas
de ensayo al asunto. La pericia técnica ¿no conspira contra el disfrute
estético? Pregunta que para él, no tenia respuesta. Estos hombres tocaban bien
y transmitían emoción aún mejor. Era evidente que disfrutaban de su propia
ejecución, aunque dado lo avanzada de la hora, un dejo de aburrimiento que
sobrevolaba por sus rostros era comprensible. El mozo acudió muy rápido (él
también debía querer irse), pagó y cuando se disponía a levantarse observó que
los músicos aún no habían guardado sus instrumentos. Se levantó, se puso el
saco, revisó sobre la mesa para asegurarse no haber olvidado nada suyo allí y
entonces escuchó la música. Habían
empezado a tocar otra vez. Miro a su alrededor buscando al público para quien
esa música era ejecutada. No había nadie. Ni los mozos estaban porque se los
necesitaba para ayudar en las tareas de limpieza de la cocina. Dado que él ya
estaba de pie con su saco puesto y listo para irse, su presencia no podía ser
considerada como público. Entonces quedaba una sola respuesta para la pregunta
acerca de, para quien tocaban los músicos: tocaban para ellos. A las cuatro y
media de la mañana y ya terminada su tarea, ahora tocaban gratis y para
escucharse ellos mismos. Tocaban por mero disfrute, tocaban (literalmente) por
amor al arte. Se quedó parado sin atinar a abandonar el local para no quedar
como descortés, dado que él era el único y estaba a escasos metros, enfrente
del estrado. Pero la música era de lo mejor que se había oído esa noche.
Tocaban sin público (evidentemente él no contaba porque empezaron a tocar de
nuevo cuando él, ostensiblemente se estaba yendo) y, sin presión, sin la
búsqueda del aplauso de nadie, las melodías surgían con una belleza desconocida
hasta entonces. Había desaparecido el cansancio y el aburrimiento de los
rostros de los músicos y la música fluía y fluía inundando todo el local.
Todavía parado, se preguntaba qué hacer. Irse implicaba una descortesía y
además no tenía ganas de perderse esa música. Quedarse por otra parte le
producía cierta incomodidad, porque no estaban tocando para él, su presencia no
había sido tenida en cuenta para iniciar esa parte del concierto. Era en
realidad un intruso, si se quedaba era como entrar a una fiesta sin invitación.
La
segunda pieza disipó sus dudas. Era “Luna Cautiva”, una zamba que siempre le
había parecido particularmente bella, especialmente desde la vez en que su
difunto amigo El Coco Bazán la había tocado y relatado las circunstancias en las que había sido
compuesta esa canción. Una canción de amor a la luna a través de las rejas de
la ventana de una cárcel. Nada menos que eso. Desde esa vez, el recuerdo del
Coco y de su voz se hermanaba con la melodía y con el verso. Y el disfrute se
potenciaba. Como cuando vio la película
“Sonata Otoñal” y la música de Beethoven se enriqueció con Liv Ulman y
ambos Bergman, Ingrid e Igmar. Qué cosa el arte, como entra dentro de uno y se
queda y anida y florece y la vida adquiere significados hasta entonces
desconocidos y hasta a uno le parece que vale la pena y todo. Entonces, no sin
cierta timidez, decidió sentarse, medio en el borde de la silla, mirando como
de reojo a los músicos, como pidiendo permiso. Ni lo miraron. Estaban dedicados
a su música y por eso salía tan bien. Tocaron y tocaron como si el cansancio no
existiera y en su recuerdo esa música quedó grabada para siempre. Y también
quedó grabado el lugar y la noche y las luces y la siguiente cerveza que
consiguió gracias a la amabilidad de un mozo fuera de servicio, pero solidario.
Pero
lo que más recordó fue cuando finalmente logró ser aceptado por ellos a través
de su mirada, cuando ya incluido en el momento, en la circunstancia, se sintió
como perteneciendo a ese selecto círculo de los iniciados, esos que disfrutan
la música desde adentro. Desde la ejecución misma, aunque en su caso, sin haber
pasado por los avatares del esfuerzo del ensayo. El fue uno más de ellos esa
noche. Público exclusivo, único, no invitado, pero finalmente aceptado. No pudo
irse hasta que ellos, dueños ahora de su disfrute y de su tiempo, decidieron
guardar todo e irse a dormir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario