Amigos, va el primero de una serie de cuentos que pienso editar en un próximo futuro.
Bifurcaciones.
Cuando los golpes en la puerta de la
pieza del hotel lo despertaron no supo discernir bien su procedencia ni su
motivo ni siquiera ubicarse a si mismo en lugar y circunstancia, como suele
ocurrirle a uno que se durmió tarde y cansado.
¡Oiga, escúcheme, no le diga nada al patrón que yo estaba dormido cuando
usted vino!
Su perplejidad no le permitió articular palabra alguna, lo que ocasionó la
insistencia del tipo:
¡Soy el sereno, discúlpeme que lo despierte a esta hora pero si el
patrón se entera de que me dormí me va a
echar!
Ah, bueno, no se preocupe, no diré nada.
Gracias y disculpe eh!
Recién allí logró conectarse. Estaba en la cama de una habitación de un
hotel de Frias. Su vida de viajante lo había depositado en esa cama, luego de
haber estado vendiendo en la ciudad de Recreo hasta tarde, y encima pizza y
cerveza con amigos. Manejar esos 75 km aún para él, acostumbrado, costó. Cuando
llegó a las 2 de la mañana, el sereno no aparecía por ninguna parte y el hotel
estaba abierto, a merced de cualquier circunstancia delictiva. Sin saber muy
bien que hacer decidió ir a la cama porque estaba demasiado cansado y esa era
la decisión más cómoda, aunque sin duda no la más adecuada. Claro que eso él no
lo sabía en ese momento (uno nunca sabe con certeza que es lo más adecuado en
cada momento). En realidad él era amigo del dueño del hotel y por eso dudó si
llamarlo por teléfono a su casa para que viera que hacer ante la irregularidad.
Pero el cansancio ganó y se fue a la cama. El ruido que lo despertó se instaló
dentro de sus pensamientos. ¿Cómo un tipo que había faltado a su obligación de
no dormirse (¿acaso “sereno” no define justamente eso, alguien al que se le
paga para no dormirse?) se atrevía a despertarlo para pedirle que no dijera
nada, que lo cubriera, que fuera en definitiva, cómplice de su falta? ¿Y él,
que debía hacer? ¿Obedecer ese pedido, esa casi orden? Las opciones que se le plantearon no tuvieron
otro resultado que desvelarlo totalmente con lo que su furia contra el tipo que
lo había despertado se acrecentó aun más, principalmente por eso, porque estaba
obligado a elegir. Un acontecimiento totalmente fuera de su voluntad lo ponía
en la incómoda posición de decidir. Era el otro el que se había quedado
dormido, el que le había hecho perder tiempo buscándolo, el que le había incluso llevado a temer por
su propia seguridad. Y ahora además lo ponía en el brete de decidir, de elegir.
Y ninguna de las dos elecciones era grata. El otro lo había puesto en ese
lugar, había condicionado su circunstancia, lo había sacado de su plan (dormir
plácidamente). Su furia contra el tipo se acrecentó aun más. Y esa fue la razón
por la que al otro día le explicó detalladamente todas las circunstancias del
caso al dueño del hotel. Y también debe haber tenido que ver con ese auto que lo
encerró en la ruta días después y que terminó con él en el fondo de una cuneta
con su cuerpo magullado (pero aún vivo) esperando que alguien se entere de su
peripecia y lo saque de allí.
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